Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Salvar el catalán una y otra vez

El modelo lingüístico escolar que hasta hace poco se tenía como un éxito político de gran trascendencia cultural y social, se tambalea.

Manifestación en defensa de la escuela en catalán, en diciembre pasado.
Manifestación en defensa de la escuela en catalán, en diciembre pasado.Albert Garcia

El anticatalanismo saborea estos días como un éxito la reformulación legal de la inmersión lingüística en la escuela pública catalana sentenciada por la justicia española. En automática simetría, resurge al mismo tiempo entre una parte significativa de los catalanistas la angustia por la supervivencia del idioma catalán. Lo que, dígase o no, interpretan como una amenaza letal para la continuidad de la propia Cataluña como entidad nacional.

La escolarización en catalán del alumnado en la enseñanza pública fue uno de los grandes objetivos del movimiento democrático desde el final del franquismo. Esta aspiración surgía de dos factores. El primero e inmediato, las cuatro décadas de prohibición del uso público del catalán durante la dictadura. El segundo, la existencia en el seno de Cataluña de grandes bolsas de población inmigrada originaria de regiones españolas de lengua castellana, cuyos hijos se pretendía incorporar a la cultura catalana.

Para dar una idea de la magnitud de este empeño baste con recordar que en 1970 el 40% de la población de Cataluña había nacido fuera de ella. La inmersión lingüística en la enseñanza pública fue el método adoptado en 1983 por la Generalitat para lograr que todos los escolares terminaran sus estudios dominando tanto el catalán como el castellano.

Las estadísticas aportan, 38 años después, datos ambivalentes sobre el resultado obtenido. Las encuestas oficiales indicaban en julio de 2019 que de cada 10 ciudadanos de entre 15 años y 24 años, 8,5 entendían el idioma catalán; 7,3 sabían hablarlo, 7,2 sabían leerlo y 5,9 escribirlo. Sin embargo, los más recientes estudios sobre usos lingüísticos han provocado la alarma en el Gobierno catalán: el uso social del catalán ha caído cerca de un 10% en los últimos 15 años y ha pasado de representar el 46% en 2005 a un 36% en 2020, en un periodo en el que la población ha crecido cerca de un millón de personas. El castellano es, pues, la lengua de uso social ampliamente mayoritario. El catalán sigue estando en minoría. Otro porcentaje lo ilustra: ocho de cada 10 catalanohablantes cambian de idioma cuando se les responde en castellano.

El modelo lingüístico escolar que hasta hace poco se tenía como un éxito político de gran trascendencia cultural y social, se tambalea. La historia del catalanismo desde finales del siglo XIX hasta hoy puede ser resumida también como un constante esfuerzo para incorporar a la sociedad y la cultura catalanas a las sucesivas oleadas de población llegadas de otras partes de España y, en las últimas décadas, también del resto del mundo. Cataluña ha más que triplicado su número de habitantes desde principios del siglo XX hasta ahora. Pero siempre a base de importar población. Estaba en torno a los dos millones de habitantes en 1900 y ahora alcanza los 7,7, según datos del Idescat.

Cada arribada masiva de población foránea, a caballo de las fases de crecimiento económico, ha obligado a renovar el esfuerzo del catalanismo para incorporarla a la cultura y la lengua del país. Ahora también. La diferencia radica, si acaso, en que antaño los obstáculos fueron las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco y el centralismo político. La actual batalla por la inmersión escolar pretende volver al consenso lingüístico de 1983, el momento en que el españolismo aceptó que el catalán recuperara parte del espacio público perdido en 1939. Pero el Tribunal Constitucional, el TSJC, el PP, Ciudadanos y Vox ya no están en esas coordenadas. Sísifo tiene que volver a subir la piedra.

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