Andalucía ensayó sin éxito los ‘botellódromos’ que propone el defensor del pueblo de Barcelona

El espacio para botellones de Granada cerró tras casi una década por las molestias que causaba. En Málaga duró pocos años. Sevilla no ha resuelto el problema

Botellón en la playa de la Mar Bella de Barcelona, en la tercera noche de La Mercè, en septiembre de 2021.
Botellón en la playa de la Mar Bella de Barcelona, en la tercera noche de La Mercè, en septiembre de 2021.Joan Sanchez

La idea lanzada el pasado miércoles por el Síndic de Greuges (defensor del pueblo) de Barcelona, David Bondia, de habilitar espacios para hacer botellón en la ciudad, fracasó en las ciudades de Andalucía donde se ensayaron botellódromos a partir de 2007. Granada construyó uno que rozaba los 10.000 metros cuadrados que durante casi una década provocó un gran descontento vecinal. Málaga también cerró parte del centro, pero la experiencia fue más breve. Y Sevilla no ha logrado atajar el fenómeno de los botellones.

En Barcelona, donde los botellones derivaron en graves incidentes en verano pasado, la idea de Bondia fue rechazada el jueves por el numero dos en el gobierno municipal, Jaume Collboni. La tachó de “ocurrencia” y recordó las experiencias fallidas de otras ciudades. La patronal de los locales nocturnos, Fecalon, también se mostró en contra de la idea. “Debe haber control del consumo de alcohol en menores. Será un nido de conflicto y creará problemas de convivencia”, apuntó Fernando Martínez al tiempo que pidió facilitar la apertura de locales legales para canalizar el ocio.

En Andalucía, en noviembre de 2006 entró en vigor la ley de la Junta que prohibía comer y beber en la calle. Se conoció como ley antibotellón. Apenas 24 horas después, el Ayuntamiento de Granada anunció la construcción de un botellódromo. Una obra que, al contrario de lo que ocurre con infraestructuras más relevantes, no se demoró lo más mínimo. Cinco meses después, en primavera de 2007, José Torres Hurtado (PP) inauguró el botellódromo.

La instalación granadina era –y es porque, aunque sin uso, sigue donde estaba– un espacio de 9.500 metros cuadrados pensado inicialmente como un lugar multidiversión. Ahí se podría patinar, hacer piruetas con el skate, y asistir eventualmente a conciertos o a la proyección de películas. También beber que, de hecho, fue lo único que se hizo durante años. En realidad, nunca fue un intento de acabar con la bebida en la calle sino de acotarlo a un recinto concreto. Un espacio que, por cierto, no estaba en el centro de la ciudad, pero tampoco rabiosamente en la periferia y al que se podía llegar andando desde el centro en 15 o 20 minutos.

El botellódromo granadino se confirmó como un espacio de uso cada fin de semana, lo que provocó una molestia creciente y permanente en el vecindario. El espacio alcanzaba relieve nacional cada marzo, con la llegada de las fiestas de la primavera, en la que miles de jóvenes se reunían a beber allí rompiendo las costuras de la instalación. Este diario ofrecía una información en la que se hablaba de 15.000 jóvenes en la fiesta de la primavera de 2008 y, al año siguiente, un periódico local titulaba el 20 de marzo de 2009: Más de 20.000 jóvenes desbordan el botellódromo de Granada en la Fiesta de la Primavera.

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Las cifras de asistencia llegaron a las 25.000 personas en años sucesivos, incremento que era paralelo al descontento y la vergüenza nacional que se vivía cada año en la ciudad y que fue haciendo mella en el equipo de gobierno. Esas cifras, sin embargo, eran menores en comparación con algunas de las vividas en la ciudad en los años previos a la ley antibotellón. En 2005, la policía local llegó a cuantificar en 100.000 las personas reunidas en la ciudad con motivo de la fiesta de la primavera.

Finalmente, el primer día de septiembre de 2016 el botellódromo cerró sus puertas. Se las cerró el que entonces era alcalde de la ciudad, Francisco Cuenca (PSOE), que quiso convertir el espacio en una zona deportiva, intentando sacar rendimiento a las pistas de baloncesto que se habían preparado unos años antes. El recinto se valló y ahora, seis años después, apenas tiene uso.

Otra ciudad andaluza, Málaga, no cuenta con un espacio dedicado al botellón desde hace más de una década. Los jóvenes se reunían tradicionalmente en la céntrica plaza de la Merced, hasta que en 2006 la ley autonómica obligó al Ayuntamiento a expulsarlos de allí. Como alternativa, y al igual que Granada, la ciudad abrió un botellódromo en el paseo de los Curas, una avenida cercana al centro histórico y al puerto malagueño. El tráfico se cerraba cada noche de fin de semana y allí se reunían más de 2.000 personas, hasta que el espacio fue eliminado definitivamente tres años después, en 2009, cuando la ciudad prohibió beber en la vía pública. En los años siguientes los botellones surgían de manera esporádica de nuevo en la Merced, donde llegaron incluso a instalarse vallas para evitar la concentración de jóvenes. La pandemia también ha devuelto esta práctica a la zona, de manera puntual, pero siempre reprimida por la Policía Local.

Sevilla lleva más de dos décadas sin dar una solución al problema de los botellones, enquistados en el centro de la ciudad, como en la Alameda de Hércules o plazas del casco antiguo, en la ribera del río, o en barrios como los Remedios, la Macarena o Pino Montano. Entre 1999 y 2004, el Ayuntamiento presentó alternativas basadas en organizar actividades nocturnas alternativas consensuadas con la Junta de Andalucía, sin resultado. Con la aprobación de la citada ley antibotellón -y tras un intento también infructuoso en el que se empezó a urbanizar un espacio en La Isla de la Cartuja-, el consistorio hispalense apostó por un botellódromo similar al de Granada. El proyecto, sin embargo, fue rechazado en 2011 cuando llegó a la alcaldía el popular Juan Ignacio Zoido. Durante su etapa en la oposición, el socialista Juan Espadas, llegó a proponer un botellódromo por barrio, pero no retomó la idea cuando asumió el gobierno municipal.

Con información de NACHO SÁNCHEZ Y EVA SAIZ

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