Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

¿A dónde va Illa?

La moderación puede ser atractiva en un momento en que hay fatiga de conflicto. El problema es que muchas veces es sólo la expresión de la impotencia: del miedo al riesgo de romper tópicos

Salvador Illa en la segunda sesión de investidura del Parlament.
Salvador Illa en la segunda sesión de investidura del Parlament.EFE/Enric Fontcuberta POOL

En política, los gestos nunca son inocentes, siempre vienen cargados de intenciones. Estamos metidos en una fase de confrontación en que se olvida fácilmente que en democracia los pequeños detalles pueden dar más pistas que las grandes proclamas. Y los matices van a recuperar su importancia en los tiempos que vienen. Por eso, me ha sorprendido que el nuevo líder del PSC, Salvador Illa, en el doble debate de la fallida investidura de Pere Aragonès, haya trufado sus intervenciones con algunas parrafadas en castellano, conforme al modelo del que Ciudadanos hizo casi su razón de ser. Ni Reventós, ni Maragall, ni Montilla, ni Iceta, sus antecesores, lo habían hecho nunca.

El Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC-PSOE) fue fundado en julio de 1978 en que se fusionaron el PSC-Congrés, el PSC-Reagrupament y la federación catalana del PSOE. Sin alcanzar nunca el grado de autonomía que tenía el PSUC respecto del PC, siempre mantuvo cierta singularidad, asumiendo con naturalidad los referentes identitarios de Cataluña, la nación y la lengua. Y esto le distinguió de la derecha española que si ha fracasado siempre en Cataluña es, entre otras cosas, porque no se ha enterado de que es una sociedad con unas claves referenciales (culturales y políticas) distintas del resto del país, siendo perfectamente incapaz de adecuar su discurso a esta realidad, salvo quizás en el período Piqué.

En el debate de investidura, el líder del PSC incluyó parrafadas en castellano, al estilo de Ciudadanos
En el debate de investidura, el líder del PSC incluyó parrafadas en castellano, al estilo de Ciudadanos

La irrupción de Ciudadanos —los que han hecho de la bronca, y de la mezcla del castellano con un poquito de catalán, su estilo— introdujo un factor inesperado. Un partido nacido en Cataluña —inicialmente monotemático: la cuestión lingüística— hizo el salto a la política española como redentor de la nación catalana por la vía de su negación y de una entrega incondicional a la nación española. Un doble salto mortal que ha acabado en el suelo. Hoy, Ciudadanos, después de alcanzar su apogeo gracias al proceso independentista y a la crisis de un PP ahogado por la corrupción, está ahora a las puertas de la desaparición. Ni era fácil la estabilidad en Cataluña de un partido pensado para España ni lo era en España un partido pensado desde Cataluña.

En este contexto, ¿que pretende Illa alineándose con un gesto definitorio de lo que fue Ciudadanos? Se entiende lo que puede tener de apuesta coyuntural: el electorado de Ciudadanos en este momento es el que está más disponible, después de haberse sentido engañado. Por tanto, era un objetivo tentador para llegar primero en las elecciones catalanas. Y así ha sido. Pero un proyecto político con vocación de continuidad, como se le supone a un partido de largo historial como el PSC, no puede asentarse sobre el oportunismo si quiera tener duración (el ejemplo de Ciudadanos es, en este sentido, concluyente).

El PSC no será determinante en la política catalana si se limita al conflicto entre unionistas e independentistas
El PSC no será determinante en la política catalana si se limita al conflicto entre unionistas e independentistas
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En la coyuntura actual, los socialistas catalanes podrían ser decisivos para salir de la resaca de 2017. Naturalmente, para que ello sea posible tienen que contar con la complicidad (y el atrevimiento) del gobierno español que ahora mismo amaga pero no da, instalado en el mito de la moderación (que a menudo es una expresión de impotencia). Pero no basta. Si quiere hacer crecer el electorado socialista y estabilizarlo, el PSC tiene que moverse con pleno reconocimiento de las singularidades de un territorio que tiene sus atributos precisos, más allá de la confrontación. Illa viene catapultado por el presidente del gobierno, en una operación de imagen típica de una política que, cuando el contenido está en los slogans y no en los proyectos, se hace forzosamente coyuntural. Pero tiene suficiente conocimiento de su país para conocer sus singularidades. Y ello significa saber distinguir entre hacer política en Cataluña o hacerla en España. Otros han caído por confundirlo. La moderación puede ser atractiva en un momento en que hay fatiga de conflicto. El problema es que muchas veces es sólo la expresión de la impotencia: del miedo al riesgo de romper tópicos y construir nuevas realidades para ganar. En este sentido el veto cruzado entre Esquerra y PSC es una pésima noticia, expresión de una doble falta de coraje.

El PSC podría ser determinante en la próxima etapa de la política catalana, pero no lo será si no es capaz de pensar autónomamente y se limita a tomar el relevo de Ciudadanos en la prolongación del conflicto simple entre unionistas e independentistas y se suma a los que han hecho de la confrontación el nuevo status quo (con el correspondiente sistema de intereses). Sería una grave irresponsabilidad, porque por este camino, ahora mismo no hay salida, sólo más estancamiento.

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