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Mentiras y decisiones

El día que la política oficializó la mentira, los gobiernos se quedaron sin escudo protector. Ninguno de ellos, ni de aquí ni de fuera, ha alcanzado el mando con discursos y promesas ciertas y plausibles

Donald Trump, el 26 de septiembre delante de la Casa Blanca.
Donald Trump, el 26 de septiembre delante de la Casa Blanca.OLIVIER DOULIERY / AFP

Incluso Fox News decidió cortar una rueda de prensa de la Casa Blanca por la insistencia en las dudas sobre el escrutinio que no se sustentaban con datos concretos. Se sumaba a lo que habían hecho previamente las tres grandes cadenas tradicionales norteamericanas con la comparecencia de Donald Trump abusando de su tendencia habitual a las falsedades cuando no directamente a las mentiras. Solo un pero. Que la Fox se atrevió con la directora de comunicación y no con su jefe.

Trump, cinco años antes había encontrado en Roger Ailes, entonces presidente de la compañía y despedido después por depredador sexual, al gran aliado para dar el salto a la política. Al no poder llamar ahora a su amigo, Trump se puso en contacto con el propietario, Robert Murdoch, para quejarse de los comentarios la noche electoral de Chris Wallace, el más influyente de sus periodistas. El analista, en directo, afeó al presidente su infundada insistencia sobre el fraude en los votos por correo todavía por escrutar. El veterano presentador, que también había intentado moderar el primer debate frustrado por la agresividad de Trump, se quitaba así la espina de su admitido fracaso por aquel caos que lamentó no haber sido capaz de evitar. Recibió palos por todas partes, se disculpó ante la ciudadanía, que, dijo, merecía otra consideración, responsabilizó mayormente al candidato a la reelección pero fue felicitado por la empresa que entendió que la promoción podía aumentar su popularidad y mantener el liderazgo.

Y así se estrenaba y extendía una posible tendencia determinando que una alocución presidencial puede ser interrumpida si desde el control central alguien decide unilateralmente que la audiencia no debe ser objeto de tanta desinformación. El debate está abierto sobre si esto es lo correcto o quizás sería mejor actuar como hizo Shepard Smith en la CNBC. Emitir el discurso íntegro, por muy tendencioso que sea, y desmontar inmediatamente después, uno a uno y durante cinco minutos implacables, todos los bulos presidenciales.

En el fondo de este dilema se esconde el gran principio filosófico de qué es la verdad y quién se otorga aquella virtud que, según Cicerón, se corrompe tanto con la mentira como con el silencio.

Coincidía en el tiempo la publicación en el BOE de una orden ministerial para luchar contra la desinformación provocada por la difusión malintencionada de noticias falsas. Otro revuelo político que evidencia el habitual maniqueísmo español, porque la queja del PP olvida el intento del Ejecutivo de Mariano Rajoy de navegar por las mismas aguas procelosas y su tendencia habitual a la confusión interesada. Así lo denunció y bloqueó en su día la actual ministra Margarita Robles.

No basta con decir la verdad, sino que conviene mostrar la causa de la falsedad. Y eso necesita un mejor periodismo

Al amparo del plan europeo de actuar para combatir las cada vez más altas amenazas de potencias extranjeras de intentar desestabilizar las democracias occidentales a través de infundios y camamas, el Gobierno de Pedro Sánchez se ha metido en camisa de once varas por divagar y no concretar una decisión que, si es necesaria por motivos de seguridad, no parece adecuada por razones de libertad. Además, se pierde en su estructura y se embrolla en los mecanismos a seguir. Casi todos en manos de ministerios y organismos del mismo gobierno, por cierto. Algo tan sospechoso como innecesario porque apelar al buen periodismo sigue siendo, a día de hoy, la mejor arma defensiva de tanto despropósito.

Y si se piensa en aquellos profesionales de la información que se apuntan a la crítica insolvente, la descalificación constante y la publicación de informes falsos sin más base que un oscuro interés desestabilizador, hay que recordar que, incluso en estos casos, la libertad de expresión sale en su defensa como uno de los pilares del sistema democrático. Claro que esta licencia no supone libertad de insulto pero para estos lances están los tribunales que, por cierto y para dolor de los ofendidos, suelen ser tan garantistas con el derecho fundamental como, a veces, conniventes con algunos de sus abusadores. Los reincidentes habituales.

Por otra parte, y dejando las buenas intenciones a un lado, admitamos que el día que la política oficializó la mentira, los gobiernos se quedaron sin escudo protector. Ninguno de ellos, ni de aquí ni de fuera, ha alcanzado el mando con discursos y promesas ciertas y plausibles. Un programa electoral ya no es un compromiso sino solo una imprecisa declaración de intenciones. A esto también se debe que, enfrascados en la defensa de una decisión indefinida como la publicada por el Gobierno, cada ministro la entienda a su manera y sus voces conformen un coro desafinado cada día más habitual. Quizás por esto, Aristóteles levanta la mano, pide la palabra y advierte que no basta con decir solamente la verdad, sino que conviene mostrar la causa de la falsedad. Y esto no necesita más que de un mejor periodismo.