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Las iluminaciones de Trump

El presidente de Estados Unidos ha convertido la campaña en un carnaval trágico y azuzado una nueva guerra civil racista cuando las consecuencias de la Guerra Civil de hace un siglo y medio siguen agazapadas

Trump hace el saludo militar en el balcón de la Casa Blanca.
Trump hace el saludo militar en el balcón de la Casa Blanca.NICHOLAS KAMM / AFP

Supongamos que el experimento Trump se limita solo a la primera legislatura (2017-2020), mejor no pensar siquiera en cuatro años más. Hace pocos días, en un mitin electoral en la costa Este, Trump se vino arriba y dijo literalmente que le habían dado… dos premios Nobel, uno por su papel en las negociaciones de paz entre Serbia y Kosovo (sic), y otro… por algo más (“for something else”). Y que deberían darle otro más “por lo que he hecho en Siria”. Sus asesores le pudieron pasar el mensaje de que en realidad lo habían propuesto para el premio Nobel. Y también le habían dado el premio “Bahía de Cochinos”, que no existe, y debe hacer referencia al frustrado desembarco en Cuba de cubanos anticastristas en 1961. El descalabro es fenomenal. Y para pararle los pies en las urnas, los electores deberían tener una sólida determinación en defensa de su Constitución y sus leyes.

Para empezar, en política exterior en realidad no sabemos qué línea sigue el Departamento de Estado en relación a África, el mundo árabe (con la excepción de la relación con Netanyahu y con los Emiratos), y en particular la “no política” en relación a Líbano, Siria, y la peligrosa competición entre Rusia y Turquía en dicha zona y en Libia. Sabemos también que Trump tiene una cargada agenda: debilitar y desmontar cuantas más organizaciones internacionales pueda, empezando por Naciones Unidas, la Unión Europea y la OTAN, y acabando por la OMS.

Trump es racista, mentiroso, misógino, y el problema es que casi la mitad del país lo sigue, ciegamente

Y desde el punto de vista de la política interior, Estados Unidos tiene un sistema político basado en la democracia representativa y lo que se denomina una división rígida de poderes (entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial). Nos ofrece un balance de más de dos siglos con una cierta alternancia estable de tipo bipartidista entre republicanos y demócratas. Ha habido diferentes mayorías en las dos Cámaras del Congreso, y entre presidentes, con un número limitado de incidencias (el asesinato de JFK o el Watergate de Nixon) que el propio sistema supo afrontar y gestionar con sus propios mecanismos constitucionales y la intervención en su caso del Tribunal Supremo.

Bien, pues todo esto puede entrar en crisis bajo las iluminaciones de Donald Trump. El legado más peligroso es doméstico, Trump ha arrastrado por los suelos las tradiciones, convenciones y costumbres de la democracia americana. Ha convertido esta campaña electoral en un carnaval trágico. Ha azuzado una nueva guerra civil de tipo racial y racista, cuando las consecuencias de la Guerra Civil de hace un siglo y medio siguen agazapadas, y ello en un país con más de 200 millones de armas en manos de particulares. Trump es racista, mentiroso, misógino, y el problema es que casi la mitad del país lo sigue, ciegamente, sin comparación con ninguna elección anterior. Supongamos que no acepta el resultado, pero no a la manera de G.W. Bush en el 2000, a través de mecanismos legales, que se prolongó durante varias semanas. Al final, frente a una versión muy extendida, no fue el Tribunal Supremo quien hizo presidente a G.W. Bush, lo que hizo este tribunal es determinar un plazo límite antes del cual la autoridad electoral del estado de Florida debía determinar el ganador en ese estado, que fue Bush. Y Al Gore aceptó elegantemente el resultado.

Ha entendido que lo que ha cambiado es la frágil relación entre política y sociedad

Supongamos que Trump dice que no acepta la derrota y que no se va de la Casa Blanca (literalmente), o que intenta movilizar a las fuerzas federales bajo su autoridad (lo hizo en Portland, Oregon). O que convoca a sus milicianos libertarios armados, a los que ha llamado a estar “alerta” (“stand by”). La propia Constitución y sus enmiendas no pueden prever supuestos de este tipo. No sabemos qué pasará si se encierra en lo que el considera “su” Casa Blanca. Quizá entonces deberemos admitir que Trump ha entendido como nadie que lo que ha cambiado, y se ha multiplicado a través del fango de las redes, es la delicada (y frágil) relación entre política y sociedad, en su país y fuera de él. Que todo vale para conseguir el poder y para mantenerse en él. Que puedes decir una barbaridad tras otra, y la gente como nosotros (de promedio) piensa “¿y ahora quién va a votar a este chiflado?” Mujeres por Trump, negros (perdón, afroamericanos) por Trump, hispanos por Trump, ejemplos de grupos que han ido apareciendo, da igual que sean poco numerosos (excepto las mujeres por Trump), pero refuerzan el instrumento más peligroso de Trump: la política no va de política, va de dividir y enfrentar.