Contabilidad sentimental

El final del verano suele dejarme alicorto, en un estado de melancolía, de desánimo, acorde con la ropa de estar por la casa del campo

Viñedos en la denominación de origen de calidad del Priorat.
Viñedos en la denominación de origen de calidad del Priorat.JOSEP LLUIS SELLART

“Como si le pusieras pegada una plancha o un secador”, empuña Josep Maria, mano curtida, el aparato imaginario ante mi rostro para mostrar los estragos que el calor provocó el año pasado en las vides del Priorat; “y ahora, el mildiu” y se desploma en el respaldo de la silla, como si viera caer de nuevo las lluvias desaforadas, fuera de tiempo, de la pasada primavera. En su caso, no menos de un 35% de la cosecha perdida, especialmente la de uva negra. O sea, este año tampoco me necesitan para la vendimia, que ha vuelto a adelantarse un mes: “No hace tanto, empezábamos por el Pilar y ahora la enóloga dice que ha de estar todo recolectado antes del 11 de septiembre”. Ese cambio climático que, para demasiados, no existe.

Mi presencia en actividades agrícolas tiene el espíritu de esa compra de ganga a final de cabeza de góndola cercana a la caja de un hipermercado: se adquiere por lo poco que vale, no porque en realidad lo necesites. Somos parientes lejanos, no cobro nada, claro, pero a pesar de que entorpezco más que ayudo, me aceptan porque saben que me hace bien: he de prestar tanta atención a que el racimo a cortar sea el que está a punto, a que no deje en el intento ninguna falange de mis dedos, que no pienso en nada más y eso es bueno para mi salud mental a pocos días de la rentrée laboral. Tractor de bufidos tísicos, rezagado en mi hilada a las primeras de cambio, la labor me sirve también mentalmente de ejercicio de contabilidad sentimental del curso pasado, un libro de caja espiritual a modo de propósito de enmienda para el que se avecina.

Como sucedáneo, he desbrozado unos (pocos) olivos, cosecha que también me explicaron se prevé mustia, no me quedé con el porqué. El final del verano suele dejarme alicorto, en un estado de melancolía, de desánimo, absolutamente acorde con la ropa de estar por la casa del campo, más vieja y desvencijada que la doméstica urbanita, de la que en mi caso suele ser descarte. A pesar de la autoimpuesta desconexión, han sido días de constatar que el coronavirus ha continuado matando implacablemente, ya casi dos Palau Blaugrana o un tercio del estadio del RCD Español de fallecidos sólo en Cataluña, una rutina informativa que va entelando sentimientos auténticos, como la calima que estos días enturbia el horizonte o el polvo rojizo que levanto con la azada y cubre las repeladas, incombustibles botas de la mili.

Costó este año bien entradas dos semanas sacudirse las secuelas de días de nervios, tensión y miedo, como se justifica literalmente James Bond en Moonraker (la novela, no la película) para doparse con bencedrina, su estimulante preferido. Es, junto a las tareas del campo, mi otro antiestrés: de las lecturas veraniegas, liofilizar conceptos, buscar aforismos para explicarse o ser explicado. Ha habido este año más libros porque tampoco ha existido actividad social: apenas una visita relámpago de los hijos, las fotos del pasado dejando ya cada vez menos páginas al álbum.

El balance de temporada es redundante, cíclico casi: suelo ver, más o menos, la carambola, pero sigo sin saber afinar bien la tacada. Se ha sido periodista persistente y hasta un punto entusiasta; o sea, mediocre. Aún así, eso es meritorio en la era del teletrabajo, sin distingo ya entre vida personal y laboral (de media, dos horas más de dedicación en España; casi siete de cada diez no quieren seguir así), incrementándose los jefes por doquier a la sombra de las redes sociales, sin ir ya al lugar de la noticia o al encuentro del protagonista, más importante cuándo lo dices que el qué o el cómo. Y lamentando haber puesto, de nuevo, más buena fe que astucia, pero así ha pasado durante más de media vida.

“¡Ay, Víctor!, cuando lo falso se asemeja tanto a la verdad, ¿quién puede pretender ser feliz?”, lamenta, como si fuera una instantánea sociológica de hoy mismo, Elizabeth, la prima-prometida del doctor Frankenstein, quien bien sabe que “para analizar las causas de la vida, primero tenemos que recurrir a la muerte”. Sí, quedó ésta, como tantas otras lecturas clásicas, incompleta o rezagada; pero recuperarla ahora permite solidarizarse con el monstruo, que se pregunta qué es y cuestiona a su creador, que le ha abandonado sin saber nada de él, cargado de prejuicios, eludiendo sus deberes para con su criatura, sin darle herramientas para discernir entre el bien y el mal. (Ojo a las lecturas del engendro autodidacta: El paraíso perdido, de Milton; Vidas paralelas, de Plutarco, y Las desventuras del joven Werther, de Goethe).

Si no estigués trist, res no fora tan bell”, versó Màrius Torres. Pues eso. Y así el verano, al menos, me ha permitido prepararme psicológicamente para la definitiva victoria de Trump (porque no hay millones de neofascistas reaccionarios y estúpidos, como menospreciaba Hillary Clinton, sino amplias clases medias y bajas venidas muy a menos expulsadas vía precariedad por el propio sistema lenta e inexorablemente desde los tiempos de Margaret Thatcher, termita primera del estado del bienestar, como dibuja Christophe Guilluy en No society) o para rearmarme con la integridad y el estoicismo moral y el honor prusiano del joven oficial de la Wehrmacht Martin Bora que esboza Ben Pastor en Luna mentirosa.

Y, ante toda duda, en cualquier caso, blandir la divisa con la frase que, para definir a sus indomables hijos resistentes, citaba la madre del valiente Alekos Panagulis, el guerrillero asesinado por los golpistas coroneles griegos, interpelado por una Oriana Fallaci que cierra su Entrevista con la Historia con la conversación que mantuvo con quien terminaría siendo también su compañero sentimental: “Los árboles mueren de pie”. Acabó, sí, el verano. Ahí estamos.