Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Elogio de la capillita

Sin el entramado de conocidos, sin la actividad comunicacional básica, sin presentaciones ni recitales ni ferias sentí que esa especie de tertulia colectiva se iba al garete

Ignacio Vidal-Folch, Jordi Solé Tura y Josep Martí Font, en una tertulia de la librería Laie de Barcelona.
Ignacio Vidal-Folch, Jordi Solé Tura y Josep Martí Font, en una tertulia de la librería Laie de Barcelona.

El verano es tiempo de reencuentros. Conocidos del gremio que no veo durante el año de golpe me escriben un mensaje, me desean unas buenas vacaciones. Tampoco es extraño que veraneen cerca, al final a todo el mundo le gustan las mismas playas y los mismos valles, y el caso dado es que con la pandemia de por medio (movilidad reducida, miedos, muertos, viajes cancelados y estrechez económica) este año he topado con más conocidos de lo que fuera habitual. Se han multiplicado los encuentros de proximidad vacacional al azar.

Uno tiene la suerte de ser escritor y la tara de necesitar la gente del gremio para comentar los vaivenes del oficio. Algunos escritores se las dan de eremitas, pero la mayoría necesitamos hablar de lo nuestro con nuestros semblantes, rajar de nuestros semblantes con otros semblantes, alimentar la sensación de significar algo en el jardín de las letras y agarrar, a veces al vuelo, posibilidades de trabajar. Por suerte o por desgracia, va con el oficio. El barullo extraliterario que se da en los bares caído el sol o durante algunas comidas que se arrancan de las actuales y prietas agendas, las conversaciones públicas o privadas en las redes, críticos, periodistas, poetas, algún que otro músico, editores, dramaturgos, los escasos programas en radio y televisión, sin esa especie de algarabía un sistema literario como el catalán solo produciría listas de aforismos quejosos o libros de escritores rentistas.

Siendo Cataluña un país pequeño que además concentra el meollo literario en Barcelona, y trabajando de escritor, al cabo de pocos años de ir a presentaciones y recitales y de asistir a ferias y sobremesas uno tiene la sensación de que casi todos los que se dedican a ello se conocen. Si al detalle le sumamos que las redes sociales han facilitado la charla pública con todo el mundo, la sensación se agudiza. Pero la pandemia ha dejado hecho trizas el sector en Cataluña, y no se trata solo de las ventas. Para que un sector como el literario se mantenga en ebullición, creativo, los intercambios y las capillitas, las charlas, los contactos son necesarios. Tienen que correr el aire y las ideas, las noticias y las obras, también es necesario que vuelen algunas dagas, pero el confinamiento y la posterior desescalada han causado una verdadera desorientación. Por decirlo de otra manera, se ha perdido el toque de la pelota.

La catalanísima institución de la capelleta siempre ha sido denostada por los escritores o aspirantes que, en apariencia, no pertenecen a ninguna. Sea por lejanía —viven en un pueblo donde a nadie le interesan las trifulcas de artista—, sea porque son poco dados al trato afable o porque consideran que todos los demás cónclaves son capillitas menos su grupito de amigos, los anticapillitas suelen atribuir los males y los fracasos a esta curiosa condición voluntaria.

Yo necesito los contactos con gente del gremio para poder seguir dedicándome a ello. Si el grupo de escritores con el cual tengo tratos (articulistas, poetas, editores, profesores…) es una capillita, entonces necesito la capillita para trabajar. La pandemia cercenó las ya pocas ocasiones de que disponía normalmente. Bajaron a cero las charlas informales, los días y las noches que uno vuelve a casa con la certeza de haber escuchado a gente inteligente. El aislamiento, a pesar de o gracias a las nuevas tecnologías, me hizo caer en la cuenta: sin el entramado de conocidos, sin la actividad comunicacional básica (de viva voz y piel, tan estimulante), sin presentaciones ni recitales ni ferias sentí que esa especie de tertulia colectiva se iba al garete. Por si fuera poco, la pandemia aguzó las diferencias, las condiciones de posibilidad de los escritores. Los hay con hijos pequeños o gente mayor a su cargo. Los hay que dependen mucho de los trabajos adyacentes que se cancelaron. Los hay que el parón les vino de perlas para acabar sendas novelas. Etcétera.

Por suerte este verano he coincidido con algunos compañeros de oficio. Hemos hablado de avatares, nos hemos recomendado libros, contamos anécdotas y pensamos en voz alta sobre proyectos que, si no cambia mucho el panorama, pasadas las vacaciones será difícil sacarlos adelante. Capillita estival, tan necesaria para seguir creyendo que este oficio vale mucho la pena, lo bueno sería que volviera a ponerse en marcha el entramado entero, porque se escribe en soledad pero somos muchos los que amamos las tertulias de los letrudos.

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