Desconfinamiento

Esclavos de la inseguridad y de la incertidumbre

Así resisten la pandemia cuatro profesionales de algunos de los sectores más afectados: el cine, el ocio nocturno, el teatro y la restauración

Ramón Mas, en su discoteca de Barcelona, Wolf, cerrada desde el 13 de marzo por la pandemia.
Ramón Mas, en su discoteca de Barcelona, Wolf, cerrada desde el 13 de marzo por la pandemia.©Consuelo Bautista

”¡Ser esclavo de la inseguridad es muy jodido!”, exclama Alfons Mas, propietario de los cines Boliche, en Barcelona. Coincide con Felipe, actor y gestor de la Sala Fènix, en el Raval, que se ha reinventado profesionalmente; con Ramón, dueño de la discoteca Wolf del Poblenou; y con Eva, socia y camarera de Las Marías, un bar de Horta. Cuatro ejemplos de algunos de los sectores que lo están pasando peor con la crisis del coronavirus.

“Abrir las salas con un 50% del aforo y un 100% de los gastos es complicado”, dice Alfons Mas, propietario de los cines Boliche, cuatro salas dedicadas al llamado cine de autor, en la más céntrica Diagonal de Barcelona. Tiene a cinco trabajadores a expensas del ERTE y, debido a problemas familiares, no pudo abrir las salas cuando la Generalitat permitió hacerlo, en aquellas condiciones. No se trataba tanto de una decisión económica (“no habría sido absolutamente rentable”, reconoce) como de amor al arte y a la profesión. Aventura que abrirá el 28 de agosto o el 4 de septiembre, en función de la situación sociosanitaria. “Los grandes estrenos no me interesan, porque buscamos más bien un cine de autor, tenemos un público constante, lo que nos permite no depender de los picos de audiencia que dan algunos estrenos”, explica. “El mayor problema es la inseguridad”, insiste. Mas recuerda el peor momento de todos: “Cuando te das cuenta de que la cosa va para largo y no tienes ni idea de para cuánto, de hecho, seguimos sin saberlo”. Quizá por incertidumbre no se plantea aún la recuperación, pero tiene claro que “costará muchísimo alcanzar las cifras de espectadores de antes de la pandemia”.

Los menos jóvenes recordarán el Psicódromo; los más, la discoteca Wolf, en la calle Almogàvers. Es el mismo sitio, una discoteca de las de toda la vida que, desde el 13 de marzo, está cerrada a cal y canto. “Si me pongo a pensarlo, me dan ganas de largarme”, dice, más indignado que apesadumbrado, Ramón Mas propietario de la sala, que cuenta con 30 trabajadores (actualmente acogidos al ERTE), y que además es secretario general del Gremio de Discotecas de Barcelona y Provincia y presidente de España de noche, algo así como la patronal del sector del ocio nocturno. Sabe perfectamente de lo que habla y califica la situación como “dantesca”. Asegura que el sector está viviendo un via crucis: “Planteamos sectorizar las pistas de baile, obligar a llevar mascarillas, prohibir beber en la pista, tomar los datos de todo el que entre… parecía que habíamos llegado a un acuerdo pero el Procicat no nos ha hecho ni caso”, se queja, haciendo hincapié en que cualquier acercamiento a nivel técnico con el Govern “cuando llega al nivel político se lo cargan”. “Hemos aportado soluciones, protestado, nos hemos manifestado y al final hemos ido por la vía judicial para impugnar las prohibiciones”. Mas considera que el ocio nocturno “queda tocado de muerte”. Hasta el estado de alarma, las cosas iban excepcionalmente bien: “Si lo hubiese sabido antes, probablemente habríamos cerrado”, reconoce. “Yo he tenido la suerte de que he conseguido una rebaja del 50% en el alquiler, pero es muy duro aguantar porque la situación está dimensionada a febrero de 2020: las plantillas de trabajadores, los pagos de la Seguridad Social, los alquileres, los suministros… Habrá que negociar una ampliación de los ERTE, porque no podemos adecuar las plantillas”. Mas considera que “la mitad de los locales nocturnos no saldrán adelante” y que “la cosa no se normalizará antes de cinco años, ni en broma”. “Sin duda, va a ser la mayor crisis económica en la historia de Cataluña”. Y lanza una advertencia: “El día que remonte el turismo y no haya ocio nocturno, veremos qué pasa”.

Felipe Cabezas, “barcelonés de Chile”, acababa de entrar en la prestigiosa Compañía del Corral de Comedias de Almagro cuando se decretó el estado de alarma. Encima, se anuló su estreno en un Grec, donde iba a representar su obra Bitácora de ida y vuelta, sobre el periplo de Miguel de Molina. “Lo de Almagro lo retomaré, estoy seguro, y lo del Grec fue una pena, porque era una obra con siete actores que fuera del festival resulta difícil plantearse, pero lo convertí en una versión de radioteatro y estoy contento”, dice Cabezas, todo un ejemplo de como afrontar la adversidad: “Me reinventé”, explica. “He impartido clases online en una escuela de teatro de Chile, he hecho podcasts, lecturas de teatro y de poesía, contenidos en streaming… No es un escenario, que es lo que más me gusta, de acuerdo, pero hemos vendido entradas, lo que nos abre una puerta nueva al futuro. He explorado otros terrenos durante el confinamiento y seguro que les sacaré rendimiento”. Otros se quedaron en estado de shock… ”Sí, es cierto, pero cada uno es como es, y yo soy un echado p’alante, acaso por instinto de supervivencia”.

Eva Martínez es socia y camarera de Las Marías, un bar pequeño, coqueto y divertido en Horta. Sirve desayunos y vermuts, cañas, vinitos, flamenquines, croquetas, embutidos y otras perdiciones deliciosas. En marzo llevaba abierto un año y medio… “El primer año es, sobre todo, de gastos”, subraya Eva. “Y al principio de la crisis era todo muy incierto, tanto que al cabo de unas semanas, con toda la pena del mundo, nos planteamos cerrar. ¡Y este bar es mi sueño! Pero es que, sin poder abrir, ya solo había gastos: luz, suministros, alquiler… un desastre. Por suerte, soy muy cabezona y quise aguantar…” Y reabrió en las condiciones impuestas por la pandemia: “Dos mesas en la calle, o sea, cuatro personas, y 10 dentro”, echa cuentas Eva. “Fue muy duro. Compaginé el bar con un trabajo en una rostisseria para salir adelante…”, dice. “Por supuesto, las vacaciones se fueron al garete”. Ahora el bar abre por las tardes y los fines de semana, en función de cómo evoluciona la situación: “La mayoría de los negocios por aquí están cerrados y eso influye. El colegio [Safa-Horta] lleva cerrado desde marzo, claro… A medida que vayan reabriendo, mejoraremos… Seguro. Que soy muy cabezona”.

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