Opinión
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Indultos, cumpleaños y concurso de acreedores

Pujol llega a los 90 años con su legado político minado por la corrupción, mientras su partido, Convergència, anuncia su liquidación y disolución, y Fèlix Millet, otrora guardián de las esencias patrias del Palau, pide clemencia

Jordi Pujol, en la presentación de un libro de Artur Mas, en febrero.
Jordi Pujol, en la presentación de un libro de Artur Mas, en febrero.Carles Ribas

Casi coincidiendo con el 90 cumpleaños del ex presidente Pujol, Convergència Democràtica anunciaba su liquidación al no poder hacer frente a los 6,6 millones que cobró en comisiones por obra pública en el caso Palau, al tiempo que el patricio del coliseo modernista e intermediario en aquellos pagos, Fèlix Millet, pedía por motivos de edad -tiene 85 años- ser indultado y no ingresar en prisión. De la concatenación de secuencias resultaría una vitriólica farsa atelana, esas en que los actores se jugaban la vida al desafiar a los poderes corruptos de Roma. Elementos hay. Un ex presidente, patriarca de una prole de depredadores, espera que sus virtudes políticas le rediman de sus pecados de defraudador y pueda pasar a la historia como un estadista; un partido, CDC, inicia una nueva vida como PDECat y pretende borrar sus huellas corruptas con un concurso de acreedores y su desaparición, sin renunciar ni a Pujol ni a su obra; y Millet, hijo de la burguesía catalana con acendrada tradición de humanismo cristiano, se escuda en la piedad ajena para no ingresar en prisión y cumplir la condena de nueve años y ocho meses por el expolio del Palau.

El personaje más atrayente de la trama es sin duda Pujol. Su trabajada imagen de profeta -abonada por él mismo y todavía cultivada por muchos de sus seguidores- se consolidó durante su etapa presidencial. En sus 23 años al frente de la Generalitat, recordaba nombres, anécdotas y linajes de sus interlocutores, ejercitaba su excelente memoria exhibiendo cifras y datos, y subía a las cimas de las montañas, con la ambigüedad de quien va a convocar elecciones, aunque dé la impresión de que va a recibir las tablas de la ley. De joven trabajó su imagen de hombre cercano al cielo con la ascensión al Tagamanent, desde donde oteó cómo cauterizar las heridas de Cataluña tras la Guerra Civil. Son numerosas las similitudes con los profetas empleadas por él mismo y quienes en su día apuntalaron el mito. Y quien juega la liga de los profetas, blande la moral y la ética contra sus enemigos y es cazado protegiendo a los adoradores del becerro de oro, corre el riesgo de morir lapidado en virtud de esa misma justicia emanada en la cima del Sinaí.

Pujol sabía que estaba en falta. Era tan consciente de ello como Agustín de Hipona cuando pedía a Dios la virtud de la castidad con la boca pequeña, pues asegura en sus Confesiones: “Temía que Dios me escuchara demasiado pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de concupiscencia, que yo prefería satisfacer antes que apagar”. Pujol intentó embridar a sus hijos a través de personas de su confianza. Sabía cómo obraban pero decidió no pararlos. Y perseveraron hasta el punto en su conducta que él mismo fue arrastrado por el remolino de la corrupción. Y nunca fue un profeta campechano. Siempre nadó a gusto en las aguas de la superioridad moral aunque recetara meritocracia. Ni Pujol ha sido nunca un menestral ni Pla fue jamás un payés con boina, ha señalado el periodista y escritor Agustí Pons.

Convergència, ahora en concurso de acreedores y en disolución, es la metáfora de ese viejo mundo pujolista que se hunde. Nunca fue un partido. Fue un movimiento, una prolongación política, liderada y gobernada por el gran apóstol de esa meritocracia que nunca hacía regir para los de casa. La formación fundada por Pujol ha carecido de ideología concreta más allá del nacionalismo difuso y magistralmente dosificado. El líder sabía imprimirle acento y carácter adecuados a cada momento, lo que demuestra su capacidad política. Él era el depósito de la fe. Con Pujol ya en segunda línea, la formación empezaba a sentirse incómoda por la presión de los múltiples casos de corrupción. CDC se sumó entonces al tsunami independentista, quizás aplicando la máxima de Bismarck de que “si tiene que haber una revolución, mejor que seamos los artífices a las víctimas”.

Millet, por su parte, es la última de las excrecencias del pujolismo. Descendiente de un patriciado que primero fue franquista y luego encontró acomodo en el catalanismo pujolista, el ex presidente del Palau de la Música fue el gran intermediario en las comisiones que Ferrovial pagaba al partido de Pujol, y de las que obtenía tajada. Ahora con su disfraz de provecto y desvalido anciano pide misericordia para no entrar en prisión y cumplir la condena refrendada por el Tribunal Supremo.

Uno a uno los pisos del edificio levantado con intuición, habilidad y pragmatismo por ese gran político que ha sido Jordi Pujol se desmoronan. Empezaron a dar señales de aluminosis con el caso Banca Catalana. Ahora amenazan ruina.