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Picasso y los maestros del Siglo de Oro conversan en el Bellas Artes de Sevilla

La pinacoteca expone nueve cuadros del pintor enfrentados a obras del Greco o Zurbarán que muestran la influencia de los clásicos y el espíritu innovador del artista

Los cuadros de Picasso, 'Retrato de Olga Kholkhlova con mantilla' y 'Cabeza de Hombre', escoltan a la obra de Francisco Pacheco, 'Retrato de dama y caballero orantes', de la exposición 'Cara a cara: Picasso y los maestros antiguos', del Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Los cuadros de Picasso, 'Retrato de Olga Kholkhlova con mantilla' y 'Cabeza de Hombre', escoltan a la obra de Francisco Pacheco, 'Retrato de dama y caballero orantes', de la exposición 'Cara a cara: Picasso y los maestros antiguos', del Museo de Bellas Artes de Sevilla.Joaquin Corchero (Europa Press)
Eva Saiz

Pablo Picasso revolucionó el arte del siglo pasado, pero su identidad como artista se forjó en la tierra que lo vio nacer y en su tradición pictórica, tal y como recalca su nieto, Bernard Ruiz-Picasso. El pintor malagueño bebió de ese legado de siglos para absorberlo, pero también para romper con él. Esos paralelismos y esas transgresiones que son evidentes en su trayectoria, se han recogido en la exposición Cara a Cara: Picasso y los maestros antiguos, que el museo de Bellas Artes de Sevilla acaba de inaugurar este jueves.

La muestra exhibe desde el 7 de octubre hasta el próximo 6 de febrero nueve cuadros del pintor malagueño procedentes del Museo Picasso de Málaga y de la colección de la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte, con otras siete obras de distintos autores de la pinacoteca sevillana: el Greco, Pacheco, Zurbarán, Caracciolo, Gijsbrechts, Lorente Germán y Diego Bejarano. Son siete diálogos insólitos que se suceden a lo largo de todas las galerías de la colección permanente del Bellas Artes y que permiten descubrir las pinturas de Picasso desde ángulos nuevos y reveladores.

A lo largo de esos siete diálogos se percibe el entendimiento y la influencia de El Greco en Picasso, uno de sus artistas de referencia, pero también perspectivas distintas de afrontar distintas técnicas, como la de los bodegones, por ejemplo. Porque un diálogo, en definitiva, es una conversación, en este caso artística y atemporal, en la que se buscan los acercamientos, pero donde se enfrentan las actitudes artísticas y estéticas.

Esa simetría se percibe claramente entre el Retrato de Jorge Manuel Theotocópuli, el hijo ilegítimo de El Greco, que el pintor griego realizó entre 1600 y 1605 y el Busto de Hombre, pintado por Picasso casi al final de su vida, en 1970, y que es un claro homenaje a ese lienzo. Picasso admiraba a El Greco porque él también había sido un artista transgresor que rompió los cánones de la pintura clásica. Las diferencias entre ambas obras, no obstante, son evidentes, más allá de la disparidad de los trazos o de la luminosidad que desprende el cuadro más reciente frente a la sobriedad del más antiguo. El malagueño imprime su ironía tornando los dedos delicados y un tanto amanerados de la imagen del Greco en una zarpa chata y grande de tres dedos.

Ese contraste, y a la vez esa sintonía, también se aprecia en el segundo diálogo, donde Olga Kholkhlova con mantilla, de 1917, y Cabeza de hombre, de 1971, escoltan el Retrato de dama y caballero orantes, que Francisco Pacheco pintó en 1623. El velo de la mujer del mentor de Velázquez guarda una gran similitud con la mantilla improvisada a partir de un tapete que lleva la que sería primera mujer de Picasso en su retrato. Una pintura enmarcada en la época neoclásica del artista malagueño y que contrasta con el otro retrato, realizado 50 años después y que supone un compendio del cubismo, que cuando se expuso fue rechazado por la crítica que lo consideró un Picasso agotado.

El tercer cara a cara puede entenderse casi como una concatenación. El cuchillo que descansa junto a un gallo decapitado y desfragmentado en sus formas cubistas en el cuadro Naturaleza muerta con gallo y cuchillo, de 1947, también asoma en la mano de uno de los sirvientes de Salomé que muestra la cabeza, también degollada, de Juan el Bautista, la obra que Giovanni Battista Caracciolo pintó en 1630. A su lado, otra cabeza, la de una calavera de Composición, que Picasso realizó en 1933, es un ejemplo, no solo de su influencia surrealista, sino de su humor. Porque el cráneo tiene una apariencia jocosa, con ojos como canicas y dientes romos.

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Entre los monjes pintados por Zurbarán conversan su Niño de la Espina, de 1645, con el Hombre desnudo contemplando a su compañera dormida, un dibujo inacabado que Picasso trazó en 1922. Ambos cuadros comparten la riqueza del detalle y los rostros hieráticos de sus protagonistas. El colorido de la pintura del artista malagueño potencia las líneas ágiles de su dibujo y viceversa, en otra evidencia de su etapa más clásica.

Picasso asimiló de niño la tradición española de manos de su padre, el pintor José Ruiz Blasco; aprendió de los clásicos cuando con 17 años visitó el Museo del Prado al ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y al final de su vida volvió a hacer una revisión de esos grandes artistas para plasmarlos a su particular manera. “Juzgaba sus propias obras por el baremo de los maestros españoles de su veneración”, subraya Michael Fitzgerald, el comisario de la exposición. Una muestra, que de Sevilla se trasladará al Museo Picasso de Málaga y que recoge con brevedad, pero de manera precisa, esa relación artística que determinó la identidad de Picasso.

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Sobre la firma

Eva Saiz
Redactora jefa en Andalucía. Ha desarrollado su carrera profesional en el diario como responsable de la edición impresa y de contenidos y producción digital. Formó parte de la corresponsalía en Washington y ha estado en las secciones de España y Deportes. Licenciada en Derecho por Universidad Pontificia Comillas ICAI- ICADE y Máster de EL PAÍS.

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