Historia de un bombero en el verano del fuego: “Mi madre me pide todos los días que lo deje”

Miembros del personal de extinción de Castilla y León, que son contratados como “peones forestales”, denuncian su precariedad. EL PAÍS ha pasado una jornada con ellos

Una cuadrilla de bomberos trabaja en Villardeciervos (Zamora) la pasada semana. Al fondo, parte de la superficie quemada en el incendio de la sierra de la Culebra.
Una cuadrilla de bomberos trabaja en Villardeciervos (Zamora) la pasada semana. Al fondo, parte de la superficie quemada en el incendio de la sierra de la Culebra.Javier Casares

Una madre nunca se acostumbrará a que su hijo trabaje apagando incendios. Tampoco la de Manuel, nombre adoptado por los bomberos de Castilla y León que denuncian bajo anonimato su precariedad en el verano con más fuegos de esta comunidad y de toda España de los últimos años: “Me pide todos los días que lo deje”, cuenta uno de ellos. El personal de extinción se ha visto desbordado por unos meses de calor inédito y una sequía que ha convertido los incendios en un infierno donde solo ellos se atreven a entrar. No siempre salen indemnes. Un bombero murió en julio en Zamora rodeado por las llamas. Toda una advertencia para sus colegas, a quienes la vocación ata a un oficio tan crucial como peligroso: “Si te vas es como abandonar, nosotros queremos ayudar”, dice Manuel. EL PAÍS ha pasado una jornada con él.

La escasez de prestaciones se nota desde que el personal elabora su macuto en casa antes de un nuevo día de trabajo. Manuel mete geles de cafeína, cremas para protegerse de quemaduras, un botiquín, agua, golosinas y frutos secos, herramientas y la comida del día. Todo pagado de su sueldo, unos 1.100 euros mensuales más horas extra en jornadas que alcanzan las 16 horas durante varios días seguidos. También añade unas largas medias de fútbol pese a los 35 grados, pues el único buzo que les ofrece para toda la campaña una de las empresas subcontratadas por la Junta de Castilla y León (gobernada por PP y Vox) no protege del calor tanto como desearían. Las bandas reflectantes de los brazos, de plástico, cogen tanta temperatura que llegan a adherirse a la piel y causar llagas. Eso requiere más capas, implica más sudor y más litros de agua en mochilas de hasta 15 kilos que acarrean durante horas. El avituallamiento, si llega, aparece tan tarde que, por si acaso, preparan plan B y víveres. El casco que obtienen está homologado pero la calidad, sostienen, es muy inferior a la deseable ante un desafío como el de colarse entre los bosques ardientes. La precariedad alcanza hasta a las botas: “A veces se rompe el calzado y solo ofrecen una bota y no un par nuevo completo”.

Peones forestales, no bomberos

Manuel suspira. Recorrer verbalmente sus dificultades diarias le hace apretar las manos, ajadas por los gajes de la profesión y con cicatrices que le recuerdan dónde se está metiendo. Pero da igual. “Nos gusta lo que hacemos y aguantamos cosas que no deberíamos. Pero hemos hecho mal en aguantar y aguantar”, expone el bombero. La indefensión frente a la Consejería de Medio Ambiente, dice, comienza desde lo formal, pues los contratos se firman año a año y las empresas, siempre según su versión, no renuevan a los contestatarios. Manuel asegura que hay compañeros que alzaron la voz contra la escasez de recursos y nunca más recibieron la llamada laboral: “No tienen la obligación de cogerte, sobre todo si has hecho algo que no les gusta”. Los contratos no mencionan la palabra “bomberos”: los definen como “peones forestales”, una figura que conlleva menos sueldo, escasa formación, peores jubilaciones y problemas para cogerse bajas. Y, en muchos casos, entre sus tareas incluyen las de desbrozar o prevenir incendios, así como labores de “restauración del medio natural”, pero nada dicen expresamente de extinguir fuegos, cosa que en la práctica sí hacen (aunque en los pliegos de condiciones de la Junta con las subcontratas sí aparece esa competencia de extinción).

Las protestas de los bomberos se centran en las adjudicatarias. Un portavoz de la Junta de Castilla y León afirma que las condiciones de seguridad y calidad requeridas en los convenios se deben cumplir y que existen unos mecanismos por los que la Administración “tutela” que esas empresas lo hagan, pero señala que el Gobierno regional no puede afirmar de forma “categórica” que las adjudicatarias, “unas diez o 15 empresas”, actúen adecuadamente en todo momento. Fuentes del área de Medio Ambiente aseguran que la Junta inspecciona periódicamente las cuadrillas de bomberos para determinar sus condiciones y, en caso de detectar fallas, obligar a que sean solventadas o, de ser muy graves o continuadas, tenerlo en consideración para no contratar a esas empresas en futuras temporadas. Arancha López de Sancho, gerente de la Asociación Nacional de Empresas Forestales, que aglutina a muchas de estas firmas, defiende la calidad de las prestaciones: las empresas, sostiene, cumplen estrictamente las condiciones exigidas en los pliegos y las leyes; y en caso de no ser así, añade, se debe denunciar.

Dos miembros del personal de extinción de incendios, en Villardeciervos (Zamora).
Dos miembros del personal de extinción de incendios, en Villardeciervos (Zamora). JAvier Casares
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Las catástrofes de 2022 en Castilla y León, con 60.000 hectáreas arrasadas en dos incendios “salvajes” en Zamora, han propiciado que el consejero del ramo, Juan Carlos Suárez-Quiñones, del PP, se haya desdicho de lo que pregonó en 2018. Entonces sostenía que era “absurdo y un despilfarro” hacer fijas a las cuadrillas todo el año. Ahora ha anunciado 900 contrataciones para los 12 meses, algo agradecido por el sector —porque la prevención en invierno, sostienen, es la clave para evitar los fuegos en verano— aunque aún no se ha materializado. “Las cosas van a cambiar no por el impacto del fuego sino por lo económico”, cree Manuel. Las compensaciones a los afectados y el coste de regenerar los terrenos supone cientos de millones de euros. El plan autonómico dedica unos 70 millones anuales a la extinción, que serían 100 millones de aplicarse todo el año. Los números, estimación de las asociaciones, los expone el brigadista, que representa a decenas de bomberos consultados por este periódico durante los últimos meses y que durante el resto del año estudian ingenierías forestales o trabajan en lo que pueden hasta que vuelve el calor.

Llega la hora de marchar hacia las bases, donde los peones-bomberos esperan órdenes mientras se preparan para salir hacia algún foco. Allí también reina la precariedad. Los aparatos de gimnasia los han abonado ellos, que entrenan en el suelo porque, pese a que la forma física es esencial en su labor, en estas instalaciones no hay gimnasio. Ni siquiera, se quejan, les pagan unas esterillas de tres euros cada una que llevan meses pidiendo. Los equipos pasan muchas horas muertas esperando órdenes y, además de ejercitarse y ensayar maniobras de intervención, se dedican a hacer obras, lo cual genera más quejas. El ejemplo más citado es el de Villardeciervos (Zamora), cerca de las dos inmensas extensiones negras quemadas este verano. Allí, denuncian, ni siquiera funcionan los hidrantes (boca de incendio) que permitirían llenar los vehículos con facilidad y deben recurrir a mangueras de jardín; el agua del grifo no la consumen porque las cañerías están dañadas y beben de una fuente; solo hay dos duchas para decenas de personas, que lavan su ropa llena de ceniza en sus casas y terminan con las lavadoras atascadas; el vestuario es un chamizo donde se apelotonan bomberos, buzos, botas y taquillas desbordadas.

Manuel insiste en esa contradicción: la Junta precisa bomberos pero ni les da recursos ni los ayuda con la formación y, además, les expone a trabajos arduos mientras permanecen a la espera. Las cuadrillas zamoranas han retirado el seto de Villardeciervos y construido un muro o limpiado la fosa séptica. Una vez, cuentan ellos, les hicieron subirse a un andamio inestable para encalar una nave donde guardan camiones. Todo mientras en cualquier momento podría sonar la sirena. “Entendemos y agradecemos hacer cosas productivas, pero no podemos estar tres horas tirando paredes a mazazos y luego correr a un frente”, afirma el profesional.

La muerte de un veterano

Un brigadista de Castilla y León, frente a uno de los vehículos empleados por las cuadrillas terrestres.
Un brigadista de Castilla y León, frente a uno de los vehículos empleados por las cuadrillas terrestres.J.CASARES

En Villardeciervos trabajaba Daniel Gullón, de 62 años, que murió en el incendio zamorano de Losacio. El fuego lo envolvió. Sus compañeros no olvidan el fallecimiento de un veterano manguerista que vivía de contratos temporales. Esos bomberos con quienes compartió “risas y sufrimiento” han levantado una placa en su honor, aunque no hace falta recordatorio: todos lo albergan en la memoria. Cuenta Manuel que el equipo que actuaba con Daniel no recibió ayuda psicológica y que aún padecen pesadillas y la sensación de culpabilidad: ellos no podían hacer nada por impedir la muerte, pero el dolor no entiende de razones. Un portavoz de la asociación Bomberos Forestales en Lucha, creada por el gremio para exponer sus males, dice que recibieron la atención de tres psicólogas voluntarias “buenísimas”, pero ningún apoyo específico de la Junta. Y advierte: “Lo mental es lo peor de los incendios”.

Las condiciones están propiciando que muchos Manueles dejen las mangueras y se pasen a la empresa privada. Eso hace que campaña tras campaña lleguen nuevos rostros, muchos sin la formación adecuada porque las subcontratas, señala, apenas convocan cursos. Por tanto, los noveles requieren que los demás brigadistas les ilustren y pierdan un tiempo esencial hasta que cogen experiencia. Este Manuel evoca lo que sentía cuando encaraba sus primeros focos: “Solo veía fuego”. Lenguas por todas partes, de varios metros de altura, contra personas que con el tiempo manejan la mecánica de atacar los frentes: “Ya ni miras las llamas, buscas caminos, analizas la dirección del fuego y del viento y planeas los ataques”. Para ello necesitan a las unidades helitransportadas, ojos que desde el cielo calibran la evolución del desastre y dan instrucciones para que la misión se salde con éxito, función en las que de nuevo la experiencia para tomar decisiones en segundos se antoja clave.

La tensión, que intentan dominar pese al riesgo, abruma en momentos críticos como el que vivió Manuel en el primer incendio de Zamora: “Me comí los cinco días de fuego”, recuerda. Cinco días seguidos trabajando entre 16 y 19 horas diarias, una paliza para el cuerpo y la cabeza sin apenas descanso. “Te das una ducha y estiras pero no duermes bien por la adrenalina y porque has respirado mucho humo, es desolador poner el despertador en tres horas”, explica. Tanto él como otro colega lamentan que la gente “no sabe lo que es un incendio”. “Sentimos que no se conoce nuestro trabajo”, dice. Esa implicación que sienten hacia su cometido es la que, según ellos, aprovechan las autoridades para exprimirlos: “Tú sabes que es una mierda, pero se nos caería la cara de vergüenza si al terminar el turno nos fuésemos dejando el incendio activo”.

La conversación termina en la base, que piden no fotografiar para evitar represalias. Allí esperan más compañeros, que se han llevado su comida y practican, entrenan o charlan mientras aguardan órdenes. Uno de ellos canturrea: “¡Ay, qué vida más dura!”. Bien lo saben los bomberos que han vivido varios de los peores incendios de la historia de España. Y lo que queda.

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Sobre la firma

Juan Navarro

Colaborador de EL PAÍS en Castilla y León, Asturias y Cantabria desde 2019. Aprendió en esRadio, La Moncloa, en comunicación corporativa, buscándose la vida y pisando calle. Graduado en Periodismo en la Universidad de Valladolid, máster en Periodismo Multimedia de la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Periodismo EL PAÍS.

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