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Roberto Fraile, última etapa en la ruta del ‘kafir’

“Estamos sufriendo como perros, pero luchando”, comentó el reportero español a un colega el día antes de morir en Burkina Faso

Roberto Fraile en El Salvador durante la grabación de un reportaje sobre maras
Roberto Fraile en El Salvador durante la grabación de un reportaje sobre marasSergio Caro

Roberto Fraile ha permanecido hasta el último día sin desviarse de la ruta del kafir, como él mismo definía su trabajo. Escogió esa senda, la del no creyente, el kafir en árabe, porque prefería acudir, ver y comprobar. Un camino tortuoso y complicado el de contar historias de lugares difíciles y oscuros. “Estamos sufriendo como perros, pero luchando”, comentó a un colega el domingo en una conversación de WhatsApp. Cumplir con esa máxima le ha llevado a pagar a los 47 años el peor de los peajes, el de la vida.

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Este licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca y padre de una hija y un hijo estaba curtido en decenas de situaciones complicadas. Pero la experiencia no siempre sirve de escudo. Era raro verlo intranquilo o nervioso. El miedo nunca adelantaba en la ruta al profesional. Lo era hasta la extenuación. Aguantaba semanas y semanas en misiones durísimas sin dejar entrever una queja y daba ánimos a los compañeros cuando la moral flaqueaba o la cosa se torcía. En esos momentos apretados era capaz de asestar un golpe de humor que aligeraba tensiones. Y si alguien tenía que encargarse de ese colega al que en medio de la cobertura lo atropella la covid, ahí estaba él, como ocurrió a finales del año pasado en Colombia.

Pero para él avanzar por la ruta del kafir significaba también permanecer siempre detrás de la cámara y los focos. Esquivar los alardes y las fanfarronadas formaba parte de este cartujo del periodismo que en los últimos años ha formado tridente en numerosas ocasiones con David Beriain —fallecido también este lunes en Burkina Faso— y Sergio Caro. Sus galones eran unos planos exquisitos con nervios de acero cuando la tensión trataba de imponer un encuadre rápido antes de poner pies en polvorosa. Ese permanecer en la sombra era casi una obligación aunque medio país estuviera hablando de él, como cuando fue herido en la ciudad vieja de Alepo (Siria) en 2012. Había que compartir con él habitación y horas de charla para comprobar el recuerdo de aquel bombazo en su vientre.

No era de los que se arrugaba ante destinos peligrosos, pero nunca se convirtió en un yonqui de la guerra. Como terapia, acabó de curar las heridas de Alepo regresando al conflicto sirio. “No quería dejar ni la cámara ni el tabaco”, resume Roberto Lozano, que además de buen amigo dirigió hace una década Los ojos de la guerra con Roberto Fraile detrás de la cámara. Su amistad se había forjado en Afganistán, donde ambos coincidieron con Beriain y Caro. “Solo lo recuerdo con una diarrea tres días en Nepal”, comenta Lozano para referirse a la dureza de Fraile. Pero ese tipo en apariencia rudo, infranqueable e introvertido era todo sensibilidad cuando tenía una historia delante.

Tanto Beirain como Fraile sabían que este de Burkina Faso era uno de esos viajes en los que algo podía torcerse, como muchos otros anteriores. La última y más dolorosa etapa de la ruta del kafir es esta, el tributo y obligado recuerdo de un gran reportero. Si se enterase de que estas líneas se han publicado levantaría la cabeza, arrugaría el gesto y nos echaría a todos la bronca. Eso sí, fumándose un pitillo.

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