ETA

Las piezas de “caza mayor” de ETA

El mayor ataque de la banda terrorista a la intelectualidad antifranquista cumple dos décadas

Ignacio Latierro, en la librería Lagun de San Sebastián.
Ignacio Latierro, en la librería Lagun de San Sebastián.

A las 20.40 del 14 de septiembre de 2000, antes de que José Ramón Recalde se apeara del coche delante de su domicilio en el monte Igueldo de San Sebastián, un joven le disparó en la cara y salió corriendo. Auxiliado por su esposa, María Teresa Castells, fue trasladado al hospital de San Sebastián. La bala le destrozó la boca, pero la impericia del terrorista que le disparó, Óscar Celarain, hizo que salvara la vida por milímetros.

Sucedió hace ahora 20 años, en plena estrategia de “socialización del sufrimiento”, en la que ETA convirtió en objetivos prioritarios a representantes políticos y sociales, empresarios y miembros de la judicatura. En aquel 2000, la banda terrorista asesinó a 23 personas y concentró por primera vez sus ataques en la intelectualidad socialista y antifranquista. Recalde, que quedó malherido, Fernando Buesa, Ernest Lluch, José Luis López de Lacalle o Juan María Jáuregui —que cayeron asesinados en distintos atentados— eran para ETA piezas de “caza mayor”, según Ignacio Latierro, que fundó con Recalde y María Teresa Castells la famosa librería Lagun en el casco viejo de San Sebastián. La librería, símbolo de resistencia contra el franquismo y luego contra el terrorismo, fue objeto de numerosos ataques de kale borroka. Lagun ha recibido ese año el premio de Derechos Humanos de la Fundación Enrique Ruano.

Recalde, que falleció en julio de 2016 a los 86 años, fue muchas cosas: consejero de Educación y Justicia del Gobierno vasco, miembro del Consejo de Estado, profesor universitario, autor intelectual de una obra marcada por la defensa de la cohesión y pluralidad vascas. Pero fue, sobre todo, un referente ético en Euskadi: se opuso activamente a la dictadura franquista —que le torturó y encarceló— y luego a ETA, que intentó asesinarle.

El premio tiene una importante carga simbólica. Una fundación que destaca a una víctima del franquismo, Enrique Ruano, premia a otra que, además, añade la condición de haberlo sido de ETA. Llega en plena reflexión, con libros y películas, sobre la historia reciente del terrorismo en Euskadi. Dos textos recientemente publicados —Nunca hubo dos bandos y Fernando Buesa, una biografía política, coordinados por el historiador Antonio Rivera— y documentos inéditos abordan esta etapa. En su biografía del dirigente socialista alavés, Rivera califica el terrible 2000 como “el año de los magnicidios”.

ETA había rehuido atacar a la intelectualidad socialista y antifranquista. Incluso, en 1984, cuando los Comandos Autónomos asesinaron al dirigente socialista vasco Enrique Casas, ETA criticó el atentado. La excepción, antes de la campaña de 2000, fue el asesinato del socialista guipuzcoano Fernando Múgica en 1996.

Un Zutabe, boletín interno de ETA, de finales de 2000, rescatado ahora por el historiador Luis Castells, ofrece una clave del cambio de ETA. La organización terrorista reconoce que Recalde había sido “militante antifranquista”. Pero le convierte en objetivo “por su militancia contraria a la liberación de Euskal Herria”. La banda utilizó argumentos similares en la reivindicación de los asesinatos de Buesa, Lluch y Jáuregui.

Otro documento de ETA, también inédito, incautado por la policía en Limoges (Francia) en 2004, precisa que es en 1996 cuando la banda convierte en objetivo a los destacados responsables políticos del PSOE. “El texto aclara que para ETA desde 1996 el antifranquismo ya no era un obstáculo. Rechazar el soberanismo se convierte en un riesgo”, precisa Castells.

Este historiador reconoce que a ETA “le preocupaba mucho la influencia intelectual de los constitucionalistas procedentes del antifranquismo”. El estudioso precisa que a ETA “no le preocupaba tanto la intelectualidad sofisticada, dirigida a minorías, sino los intelectuales generadores de pensamiento que lo socializaban en los medios de comunicación”.

La estrategia de “socialización del sufrimiento” empieza con la detención de la cúpula de ETA en Bidart (Francia) en 1992. “ETA, que percibe su decadencia, huye hacia adelante y propone al PNV una política de frente nacional, de alianza del nacionalismo contra el no nacionalismo, que los peneuvistas no aceptaron ni en la dictadura ni en la Transición. La aceptan a fines de los noventa. El PNV cuestiona la vía autonomista y pacta con la izquierda abertzale un acuerdo soberanista a negociar con el Estado a cambio del fin del terrorismo. La consecuencia es la división de la sociedad vasca y el riesgo de su desvertebración sobre la que había advertido Recalde en sus textos”, señala Castells.

El perfil de los principales dirigentes de ETA del momento es clave. Mikel Antza, nacionalista fanático y con pretensiones intelectuales, es el jefe del aparato político mientras Javier García Gaztelu, Txapote, otro nacionalista fanático y curtido en asesinatos a concejales del PP, como Miguel Angel Blanco, lo es del aparato militar. Es quien dirige la campaña terrorista contra la intelectualidad antifranquista. “Conoce sus perfiles. Sabe que Lluch y Jáuregui defendían el diálogo con el nacionalismo; y el comunicado de reivindicación de sus asesinatos señala que pretendían arrastrar al PNV. A Recalde y a López de Lacalle les sitúa en el lanzamiento de la movilización social contra ETA, la plataforma Basta Ya. A Buesa lo alinea en la crítica al nacionalismo. Su campaña de asesinatos está muy planificada”, señala Castells.

La familia Recalde pudo ver a Txapote en octubre de 2012, en el juicio por el intento de asesinato en el que compareció como inductor. ETA hacía un año que había cesado el terrorismo. “No hizo ningún amago de arrepentimiento. Ofrecía una imagen hierática y altanera. Nos provocó profunda indignación”, señala Andrés Recalde, hijo de José Ramón.

Junto a él comparecieron Óscar Celarain, como autor material del atentado, así como Juan Carlos Besance y Andoni Otaegi como colaboradores. La familia supo que era el primer intento de asesinato de Celarain y su inexperiencia fue la causa más probable de que no matara a Recalde. Solo disparó una vez, se puso nervioso y huyó. Fueron condenados a 19 años de cárcel cada uno.

Así como Txapote fue detenido en 2001, los autores del atentado no lo fueron hasta 2010. “Estuvimos 10 años sin conocer quiénes eran los autores con la consiguiente angustia. Aunque mi padre estaba muy protegido, temíamos que volvieran a intentar matarlo porque no lo lograron a la primera. A finales de 2009 nos avisó el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que tenían una pista, y meses después les detuvieron. Los autores eran de pueblos cercanos a San Sebastián. Tampoco mostraron ningún signo de humanidad”, señala Andrés.

La amargura del juicio continuó con el resultado de las elecciones vascas que se celebraron tres días después, el 21 de octubre de 2012. Bildu fue la segunda fuerza vasca y la primera en Gipuzkoa. Bildu es un partido legal, que en sus estatutos condena la violencia, pero sus principales líderes tuvieron complicidades con ETA y no han hecho autocrítica del pasado. Pero ganan en Gipuzkoa. “Fue muy amargo y te preguntas para qué sirvió el compromiso de mi padre y de sus compañeros en la lucha por las libertades contra el franquismo y ETA”, se lamenta Andrés Recalde.

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