Coronavirus

Las autocaravanas, en el limbo de la frontera con Portugal

En el paso de Ayamonte solo los camiones y furgonetas escapan al severo control. Los atascos en el norte son kilométricos

Francisco Javier Martín Del Barrio
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Ayamonte / Tui - 18 mar 2020 - 07:00 UTC

“¡No manos!”, advierte la holandesa Jacqueline Mulder a los periodistas españoles que se acercan para conocer su situación. La caravana de Mulder está aparcada en zona de nadie, entre la parte española de Ayamonte y la portuguesa de Vila Real de Santo António, esperando que el cónsul holandés le dé una solución. Ni la Guardia Civil la deja avanzar para España ni la Guardia Nacional Republicana para Portugal.

Los registros en la frontera de Huelva y el Algarve son severos, pero sin aglomeraciones en el primer día del cierre de fronteras. Es uno de los nueve pasos terrestres abiertos entre los dos países. Las órdenes parecían claras, prohibido el paso a turistas y permitido a transportistas, trabajadores transfronterizos y personas que regresan a su país, pero la casuística de vehículo a vehículo es más complicada.

-”¡Marcooo, que este quiere ir al banco”.

Un policía nacional avisa a otro para que decida si deja pasar de España a Portugal a un señor mayor que conduce una furgoneta. El tránsito entre Ayamonte y Santo António siempre ha sido fluido. Los vecinos de la zona aprovechan los mejores servicios o precios en un lado o en otro.

El del banco pasa, al igual que los camioneros, que no obstante deben explicar adónde van a descargar y qué llevan. El tráfico es escaso. Policías de un lado y otro congenian y se ponen al día. “Sigue habiendo gente que no vive en este mundo. Ese tío no se había enterado de nada, ni del cierre ni de los avisos ni del coronavirus”, comenta un policía español a su colega portugués.

En un aparcamiento improvisado aguardan los que ni sí ni no; es el limbo burocrático. Una pareja espera dentro de su flamante Range Rover con matrícula portuguesa. “¿No pueden entrar?’”. “Yo sí”, responde él, “ella no”. Ella es francesa y está para pocas gaitas; le ordena a su pareja que suba la ventanilla y que se calle mientras solicita por el móvil un taxi que la devuelva a Huelva. Parece que no hay papeles que demuestren que son algo más que pareja accidental.

Dos caravanas, una de matrícula holandesa y otra alemana, esperan en el mismo lugar. Portugal se ha llenado en los últimos días de autocaravanas, principalmente de los Países Bajos, muy aficionados a las playas del Algarve y la Costa Vicentina y que parece que aprovecharon el tardío cierre de fronteras para ocupar terreno. Pero estas dos llegan tarde. A Jacqueline Mulder se le ha chafado la excursión. Salió de Holanda con la intención de recorrer Europa. Es una freelance que trabaja para una revista turística holandesa pero impresa en Portugal. “Trabajaba, me acaba de llamar el jefe para decirme que ha cerrado la revista”.

Mulder hablar con la ventanilla semiabierta. No sabe portugués, así que lleva escritas tres frases en un cuaderno: “Tengo comida y agua para dos semanas”, “Solo tengo que repostar en el camino” y la tercera, recién escrita: “Derecho civil viajar al país de origen”. Su móvil permanece conectado 24 horas a la espera de que el cónsul holandés le saque del apuro. La tabla de surf y la bici de su caravana tampoco han ayudado a convencer a las policías fronterizas de su trabajo profesional.

En la frontera fluvial del Guadiana no hay medias tintas. Todo cerrado. El muelle de San Antonio es un páramo. El coronavirus de momento no hace estragos (14 casos en el Algarve, 448 en todo el país con una víctima mortal), pero el riesgo es el sustento económico. El Campino ha dejado de cruzar el río cada hora para llevar y traer turistas. Permanece atracado desde la noche y sin un alma alrededor. En el estacionamiento hay un par de todoterrenos de la empresa de turismo verde Rio Sul Travel. El mercadillo con souvenirs portugueses ni siquiera ha abierto y el restaurante que resiste apenas cuenta con una mesa ocupada. Hasta el puesto policial del muelle ha echado el cierre.

El paso fronterizo de la A-55 entre Tui (Pontevedra) y Valença do Minho registró ayer retenciones de hasta seis kilómetros por los controles impuestos con el Estado de Alarma y el cierre de fronteras. Esta autovía es la de mayor tráfico de entre todas las que unen los dos países a lo largo de su frontera, con el paso de cerca de 15.000 vehículos al día (datos de 2015) frente a los 9.500 de Ayamonte (Huelva) o los 5.500 de Verín (Ourense), informa Silvia Pontevedra.

La frontera entre Tui y Valença, dos localidades separadas solo por el río Miño, que funcionan en la práctica como una sola, amanecieron con el puente viejo cortado por vallas y vigilancia a ambos lados, de la GNR (Guarda Nacional Republicana) y de la Policía Local tudense. El único paso abierto es el del puente nuevo de la autovía, en España controlado por la Policía Nacional, y ayer, desde las seis de la mañana, empezaron a formarse colas por los controles a los vehículos. La mayoría, explica el alcalde de Tui, el socialista Enrique Cabaleiro, eran camiones de mercancías o trabajadores que acudían a sus puestos a uno y otro lado de la llamada ‘raia’ entre países.

El intenso tránsito que soporta esta carretera se debe a que vertebra la región norte de Portugal (con varios polígonos en distintos municipios y un núcleo fuertemente industrializado en Oporto) y una de las zonas con más fábricas de Galicia que abarca el área de Vigo y O Porriño (Pontevedra). Algunos particulares que quisieron cruzar tuvieron que dar la vuelta. Fue el caso, ejemplifica Cabaleiro, de "dos ciudadanos senegaleses que viajaban desde Vigo en taxi" con el objetivo de marchar a Portugal: "Tuvieron que dar la vuelta, pero sin obligación de pagar el taxi de regreso".

El otro paso en Galicia que permanece abierto a mercancías y trabajadores, pero no a turistas ni visitantes, es el que une los ayuntamientos de Verín (Ourense) y Chaves (Vila Real). Desde las 12 de la noche del lunes, estas dos localidades íntimamente ligadas y constituidas en Eurociudad han quedado comunicadas únicamente para el paso de camiones y trabajadores, pero los vecinos de ambos lados ya no pueden transitar como hasta ahora. A pesar de que era una costumbre cotidiana que los portugueses cruzasen a Verín para llenar el depósito de combustible o comprar butano, más baratos que en su país. Y también acudir a algunos supermercados donde, según el alcalde en funciones, Diego Lourenzo (BNG), "entre el 60% y el 70% de los compradores venían de allí".

Lourenzo, nacido en Feces de Abaixo, el primer pueblo a este lado de la 'raia', es hijo de portuguesa y gallego, como tantas otras personas a ambos lados de la frontera hasta ahora invisible. "Hay muchos matrimonios mixtos, con familia en Galicia y en Portugal", explica. "Yo mismo conservo la doble nacionalidad y no sé qué ocurriría si decido cruzar como particular ahora que se ha decretado la alarma".

En el ayuntamiento ourensano de Lobios, por ejemplo, están la frontera de Portela de Homem y la de Madalena-Lindoso, mientras que en el municipio de Entrimo está la de Guxinde-Castro Laboreiro, y así todo un rosario a lo largo de la ‘raia seca’ (la que no marca el río) entre Ourense y Portugal. Son territorios fuertemente envejecidos y despoblados. “Saben que somos cuatro gatos” y la mayoría “mayores de 65 años”, comenta un vecino de Muíños (Ourense), por eso la vigilancia, aunque la vayan a reforzar, de momento parece “semejante a la del resto del año”.

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