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Belice, una sorpresa viajera en Centroamérica (más allá del Gran Agujero Azul)

Una costa tropical con playas de arena blancas, enclaves perfectos para el submarinismo y un interior selvático sorprendente, donde se asoman templos maya y poblados afrocaribeños

Vista aérea de cayo Ambergris, en Belice.Karol Kozlowski ( RM Collection / Alamy / CORDON PRESS )

Encajada en un rincón entre México y Guatemala, Belice se asoma brevemente al Caribe y es mundo maya en estado puro. Tal vez sea el secreto mejor guar­dado de Centroamérica. Este pequeño país de influencia anglosajona pasa desaperci­bido, pero despliega una rareza de enorme potencial para convertirse en un buen destino de viaje: eclecticismo cultural e histórico, densas junglas y algunos de los mejores arrecifes del planeta. Con una pizca caribeña y otra latinoamericana, Be­lice conserva el legado de la colonización británica en el idioma y las tradi­ciones, pero a la vez es una mezcla orgullosa de criollos, mestizos, garífu­nas, mayas, menonitas y expatriados. Y su diversi­dad no solo es cultural, sino también natural.

En buena parte del interior apenas se encuentran turistas: todo parece a simple vista demasiado simple y auténtico, como los mercados de Orange Walk y San Ignacio, los rincones para observar aves en Crooked Tree, las playas de Placencia o la percusión garífuna en Hop­kins.

A pesar de su tamaño (es el se­gundo país centroamericano más peque­ño) y de una baja densidad de población, es posible vivir muchas experiencias dentro del arrecife de coral o de las selvas tropicales. En un solo día se puede atravesar por carretera el país de un ex­tremo a otro descubriendo muchos atractivos por el camino. O recorrer en tu­bing uno de los sistemas de cuevas más extensos de la región. O visi­tar los templos mayas, que siguen siendo las construcciones más altas del país, dis­frutar de las atractivas arenas de la costa sur. O descubrir la hospitalidad de los puestos de comida junto a la carretera... La conclusión del viajero siempre será la misma: Belice es distinto.

Ciudad de Belice y alrededores: ruinas mayas, mansiones coloniales y muchas aves

Ciudad de Belice tiene mala fama, pero es inevitable pasar por ella. Es el mayor núcleo de población y en pocos kilómetros a su alrededor se encuentran bosques tropicales casi en estado puro, reservas naturales y zonas rurales. Además, encarna la diversidad cultural del país y su pasado como primer asentamiento colonial de mediados del siglo XVII.

Más información en la nueva guía de América Central de Lonely Planet y en la web lonelyplanet.es.


Con solo salir de la ciudad, el urbanismo caribeño se desvanece y da paso a un paisaje de sabanas amplias que se despliegan hacia el norte, densos bosques tropicales al oeste y exuberan­tes pantanos al sur. Muchos visitantes nunca llegan a ver esta región que se extiende más allá del aero­puerto internacional, pero hay suficientes alicientes como para llenar una semana, descubriendo el pasado maya, la cultura criolla y la exuberante naturaleza.

Lo único interesante es la ciudad colonial, sobre el asentamiento británico original que se remonta al siglo XVII. Se conservan algunos restos de la época y mansiones coloniales, como la Government House, al final de Regent St., en la que se han alojado históricamente los visitantes ilustres, como la reina Isabel II de Inglaterra en varias ocasiones. Delante, se alza la catedral de San Juan (1812), la iglesia anglicana más antigua de Centroamérica, y en el extremo norte de Regent St, frente a Battlefield Park, está el impresionante Tribunal Superior (1926), con una torre del reloj y una escalera exterior central. Y poco más.

En los alrededores de Ciudad de Belice es donde empieza realmente el viaje, con tres propuestas interesantes sin irnos muy lejos: las ruinas mayas de Altun Ha, la reserva de vida salvaje de Crooked Tree para ver aves y el remoto pueblo criollo de Gales Point para ver manatíes.

  • A una hora de camino desde la capital (unos 50 kilómetros), entramos de pleno en el pasado maya en Altun Ha, unas ruinas mayas bien conservadas que inspiraron las etiquetas de cerveza Beli­kin (omnipresente en todo el país) y los billetes beliceños. Aunque menores que otros yacimientos mayas del país, siguen siendo espectaculares, con su inmaculada plaza central, un recinto ceremonial formado por dos plazas rodeadas de templos. Altun Ha fue una importante ciudad comercial y agrícola maya, con una población de entre 8.000 y 10.000 personas. Existía ya en el 200 antes de Cristo, tal vez incluso desde unos siglos antes, y prosperó hasta la misteriosa caída de la civilización maya clásica, cerca del año 900.
  • En el Crooked Tree Wildlife Sanctuary, de noviembre a abril, las aves migratorias acuden en masa a sus lagos, ríos y ciénagas. Hay más de 300 especies registradas, algunas muy originales, como los jabirús, que son las aves voladoras más grandes de América y que se congregan aquí todo el año. Sus orígenes se remontan al siglo XVIII, y quizá sea la localidad no indígena más antigua de Belice. Los antiguos taladores remontaron el río Belice y el Black Creek hasta una gran laguna dominada por un árbol que parecía crecer en todas direcciones. Estos “árboles torcidos” (Palos de Campeche) siguen proliferando alrededor de la laguna, en la que se invita a los visitantes a pasear en barca y hacer safaris nocturnos de avistamiento de cocodrilos y paseos naturales guiados.
  • Y terminamos de recorrer la zona en el remoto Gales Point, un fascinante pueblo criollo fundado hacia el año 1800 por esclavos que huyeron de Ciudad de Belice, a unos 90 kilómetros al sur. Está en una estrecha península que se adentra en la Laguna Sur, un ecosistema que alberga la mayor concentración de manatíes antillanos. También es la zona de reproducción de la tortuga carey. Aquí los visitantes acuden para hacer rutas con guías locales y hay algunos pequeños lodges ecológicos para visitantes que buscan sentirse plenamente integrados en la naturaleza. Lejos, muy lejos de la civilización.

Los cayos del norte y el famoso Gran Agujero Azul

Islas de coral, deportes acuáticos, pescado y cócteles. Este podría ser el resumen de unas vacaciones en los cayos del norte de Belice. Para los veraneantes que se relajan en los cayos Caulker o Ambergris puede resultar difícil de concebir, pero hay otros 200 cayos de coral e islas dispersas por la costa norte, además de la segunda barrera de arrecifes más larga del mundo y dos atolo­nes de importancia mundial: el arrecife Lighthouse y el atolón de Turneffe.

El interés se centra en el Gran Agujero Azul (Blue Hole), el punto de submarinismo más famoso, todo un símbolo de Belice, en Lighthouse. En la década de 1970, el pionero Jacques Cousteau exploró este sumidero y lo declaró uno de los mejores lugares del mundo para hacer submarinismo. Desde entonces, la imagen del Gran Agujero Azul (una pupila de un azul profundo con un borde color aguamarina, rodeado por los tonos más claros del arrecife) se ha convertido en un logotipo de publicidad turística. Se dice que tiene una profundidad de 131 kilómetros, pero por lo menos la mitad está relleno de limo y desechos naturales.

Pero la isla más visitada del arrecife Lighthouse es el Monumento Natural de Cayo Media Luna. Sus playas de palmeras pare­cen sacadas de una película de náufragos; su verde interior tropical alberga una vida sorprendente y sus aguas cristalinas son ideales para ver coral y fauna marina. Aquí anida un ave poco común: el piquero patirrojo. Para buceadores, la pared de Cayo Media Luna es un lugar de inmersión espec­tacular, con corales de colores vivos y bancos de barracudas y pargos, además de rayas y tortugas. La visibilidad submarina alcanza más de 60 metros.

Cayo Caulker es mucho más tranquilo, destino habitual de mochileros, famoso por su ritmo pausado, sus puestas de sol excepcionales, sus barba­coas en la calle y sus manglares protegidos, sin grandes resorts. El segundo punto de interés es San Pedro, núcleo urbano de Cayo Ambergris, más animado y turístico, lleno de carritos de golf, restaurantes, bares de playa y expatriados, pero conserva un apacible ritmo isleño. Y en el extremo norte de este cayo está el Bacalar Chico National Park & Marine Reserve, que forma parte de una zona de Belice declarada patrimonio mundial por la Unesco. Los trayectos en barco por la zona hacen paradas de buceo y recorren el antiguo canal excavado por los marineros mayas hace 1.500 años, y que ahora separa Cayo Ambergris de México.

Por su parte, Turneffe es el atolón más grande y biodiverso de todo el continente, lleno de coral, peces y rayas enormes, así que los buceadores y submarinistas encuentran aquí el paraíso. El atolón está dominado por islas de manglares, que son los viveros de los que depende casi toda la vida marina para garantizar la reproducción y la protección de las crías. Aunque, sobre todo, es conocido por sus paredes: un paraíso para buceadores.

El norte y el mundo maya de Lamanai

Templos junto al mar, muy pocos turistas y tranquilos pueblos pesqueros: esta es la propuesta del norte de Belice, la zona que hace frontera con México y Gua­temala, no muy lejos de Chetumal, en el sur de la península del Yucatán. Pero es otro mundo. Esta es una región dedicada principalmente al cultivo de la caña de azúcar, con dos distritos: Orange Walk y Corozal. Orange Walk es interior y vive del comercio con las comunidades menonitas; Corozal está en la costa, unos pocos kilómetros al sur de la frontera mexicana, con aire tropical, pero sin las multitudes de los cayos.

En los últimos años, los extranjeros han descubierto Corozal y han comprado las económicas propiedades junto al mar, principal­mente para retirarse. Los atractivos de la bahía de Corozal, sin apenas turismo, quedan muy cerca por carretera o por mar. Más al oeste, la red de carreteras de Orange Walk desaparece: los beliceños se refieren a esta zona escarpada como deep bush (naturaleza salvaje profunda). Aquí se encuentra la amplia Río Bravo Conservation & Management Area.

Uno de los sitios a descubrir en este rincón del mundo es Cerros, el único yacimiento maya de Belice que está junto al mar, que tuvo una posición clave en la ruta comercial entre la costa de Yucatán y la región del Petén. Son unas ruinas fascinantes, parcialmen­te excavadas, accesibles en coche desde Corozal, que cuentan con una serie de templos construidos a partir del año 50 a.C. Desde lo alto de la principal construcción (un templo funerario de más de 20 metros de alto) se tienen unas vistas panorámicas del océano y de Coro­zal.

Pero el rincón imprescindible, el más conocido (dentro de lo que cabe, porque nada en Belice es demasiado conocido) es Lamanai (en maya significa “cocodrilo sumergido”), célebre por su impresionante arquitectura y su entorno selvático con vistas a la laguna de New River. Es uno de los yacimientos mayas más grandes, viejos y extensamente excavados en el norte de Belice, situado a unos 40 kilómetros al sur de Orange Walk. Reúne un conjunto de varios templos interesantes, como el de la Máscara, el más famoso, con dos estilizadas máscaras de cuatro metros de un hombre con tocado de cocodrilo, una a cada lado de las escaleras principales. Pero también descubrimos una cancha de juego de pelota, una de las más pequeñas del mundo maya, pero con el marcador de juego más grande descubierto hasta la fecha.

El centro de Cayo Caracol, la visita imprescindible

Damos un salto a otra zona del país: el distrito de Cayo, en el oeste de Belice, que es el principal centro de ecoaventuras del país, con junglas exuberantes atravesadas por ríos sinuosos, cascadas y cenotes de un azul espectacular. Aquí están también yacimientos como Cahal Pech, Xunan­tunich, El Pilar y la madre de todos los yacimientos mayas beliceños: Caracol. También hay una red casi infinita de cuevas subterráneas, antaño consideradas la entrada al Xibalbá o el inframundo maya, que hace las delicias de los espeleólogos.

San Ignacio, un atractivo núcleo de viajeros, es el co­razón del distrito y el mayor centro de población de Cayo junto a su ciudad gemela (Santa Elena, en la orilla este del río Macal).

Durante siglos, el tejido cultural de Belice se centró en los mayas, y lo maya no ha desaparecido de la cultura moderna beliceña. Por ejemplo, en San Antonio, un pue­blo predominantemente maya yucateco de 3.500 habitantes que practica la agricultura de subsistencia. En el 2001 se creó la San Antonio Women’s Cooperative para proporcionar a las mujeres unos ingresos alternativos a la agricultura: demuestran ante los visitantes la elaboración tradicional de tortillas en un metate (rodillo de piedra) y el arte de la alfarería, como una de las muchas experiencias de turismo sostenible en relación con la cultura maya.

Uno de los lugares más curiosos en la zona es Actun Tunichil Muknal (significa “cueva del sepulcro de cristal”), que permite descender al inframundo maya: la extensa red de cuevas de Cayo. A una hora desde San Ignacio, es de las cuevas más interesantes, aunque hace falta cierta capacidad física y ganas de aventura, pues no es para todo el mundo: son varias horas nadando, trepando o atravesando pasajes estrechos y vías con agua hasta la cintura.

Las azucaradas playas garífunas de la costa sudeste

En un país con una rica y variada belleza natural como Belice, la costa sudeste se lleva la palma. La Hummingbird Highway al sur de la carretera prin­cipal lleva por llanuras sembradas de cítricos y por terreno montañoso cubierto de selva, con algún que otro pueblo agrícola en el camino. Estamos en el original mundo de los garífunas.

Hay un fuerte aire afrocaribeño en las poblaciones costeras de Hopkins y Dangriga (distrito de Stann Creek), que se mueven al ritmo de la percusión tradi­cional y las canciones de llamada y respuesta, arrai­gadas en las lenguas de África Occidental. Los esfuer­zos de los apasionados paisanos mantienen vivo el idioma y la cultura.

En la localidad de Placencia se encuentra la única pincelada de turismo masivo del sur de Belice, con ca­rritos de golf, bares de ron y restaurantes excelentes.

Una de las experiencias más atractivas para los turistas es recorrer en barca la laguna bioluminiscente de Anderson. Si se mete la mano en el agua, la piel parece brillar, mientras los peces salen disparados en una oscuridad sumida en un resplandor sobrenatural azul verdoso. Otras experiencias en esta costa de playas blancas son descubrir la cultura garífuna, practicar el submarinismo o avistar guacamayos escarlatas, jaguares y monos aulladores

Podremos seguir el rastro de los jaguares en la Reserva Natural de Cockscomb, el santuario de vida salvaje más famoso de Belice. Sus 400 kilómetros cuadrados de selva tropical forman parte de un corredor biológico, crítico para el futuro de la especie en Centroamérica. También habitan otros felinos como pumas, ocelotes, tigrillos o el jaguarundis, todos ellos nocturnos, además de kinkajúes y zarigüeyas.

La propuesta para submarinistas también es irresistible: sumergirse en la reserva marina del arrecife de Glover, que forma parte de la barrera del arrecife de Belice. Es el segundo mejor lugar para hacer submarinismo en Belice después del arrecife Lighthouse.

Y está Dangriga, una población de aspecto destartalado cuyo nombre significa “agua dulce” en lengua garífuna, que es el punto de entrada original de los garífunas en Belice. Un museo documenta la llegada de los garífunas al sur del país en el siglo XVII, y muestra los detalles sobre su música, sus costumbres o su folclore. La cultura garífuna en Belice es la herencia afroindígena más significativa del país, resultado de la mezcla entre náufragos africanos y nativos caribes/arawak en la isla de San Vicente, establecida en la costa beliceña desde 1802. Tienen su propio idioma, su música original basada en tambores (punta), una cocina propia a base de yuca y coco y un profundo culto a los ancestros

Punta Gorda: misterios mayas y maravillas subterráneas

Punta Gorda es la única población de cierta importancia del distrito de Toledo (el sur profundo de Belice). No hay playas y apenas puntos de interés, pero tiene cierto encanto por su autenticidad: los escasos viajeros disfrutan charlando ante una ración de salbutes en el mercado junto al mar. En el mar, al este de Punta Gorda, hay espectaculares cayos poco visitados.

En los alrededores de Punta Gorda, es fácil encontrar pueblos mayas, viejos yacimientos arqueológicos, cascadas, cuevas y jungla virgen. Una carretera asfaltada va hasta la frontera con Guatemala, y varias carreteras secundarias (unas semiasfaltadas, otras llenas de baches, algunas apenas transitables) llevan a los pueblos del corazón maya de Belice. Algunos son mayas mopanes, otros quekchíes, con tradiciones y una cultura rica que se puede explorar a través de iniciativas comunitarias, desde cooperativas de artesanos hasta redes de casas de huéspedes y estancias auténticas. Más allá de estos pueblos, hay más ruinas mayas parcialmente excavadas, atractivos ecolodges, granjas de cacao, parques nacionales con cascadas y cuevas (algunas con ríos subterráneos).

Si optamos por el buceo, a diferencia de los cayos centrales y del norte, las islas del sur están muy alejadas de las rutas habituales. Aquí están, por ejemplo, la Port Honduras Marine Reserve, cerca de Punta Gorda, y la reserva marina protegida más meridional del país: los cayos Sapodillas, cuyos lejanos confines dan cobijo a manatíes, tres especies de tortugas y tiburones martillo.

La ciudad maya más antigua de Belice es Uxbenká, que está en lo alto de una cresta cercana al pueblo de Santa Cruz. Todavía no hay más que una pequeña parte excavada. También en lo alto de una colina están las ruinas de Nim Li Punit, donde se han descubierto 26 largas estelas mayas, y Lubaantun, un antiguo centro de comercio maya, desenterrado en 1924 por el médico beliceño y arqueólogo aficionado Thomas Gann. Está en San Pedro Columbia con una ubicación incomparable sobre una colina cónica y con vistas al mar y la sierra Maya. En Lubaantun no hay estelas grabadas, pero se han descubierto otras cosas muy interesantes, como una plaza central con asientos escalonados que podrían haber acomodado hasta 10.000 espectadores del juego de pelota.

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