3.500 Millones
Coordinado por Gonzalo Fanjul

La vacuna que seguimos esperando

La humanidad ha demostrado una capacidad de batir todos los récords en el desarrollo y fabricación de las vacunas, pero ¿lograremos algún día inmunizarnos contra la pobreza y la desigualdad?

Una doctora sostiene la mano de una anciana mientras le inoculan la vacuna de la covid-19 en Roma, Italia, el 13 de enero de 2021.
Una doctora sostiene la mano de una anciana mientras le inoculan la vacuna de la covid-19 en Roma, Italia, el 13 de enero de 2021. Cecilia Fabiano (LaPresse via ZUMA Press )

Ni en el escenario más optimista el mundo se iban a tener cuatro vacunas contra el coronavirus disponibles antes de que terminara 2020. Según la comunidad científica, los procesos de diseño e investigación duran casi una década, por lo que muchos nos habíamos resignado a convivir con el virus durante mucho tiempo.

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En un esfuerzo económico e investigativo sin precedentes, algunos de los laboratorios y empresas farmacéuticas más poderosas del mundo se lanzaron a una carrera por la inmunización que tendría asegurados, potencialmente, casi ocho mil millones de clientes. Y así fue como a finales de 2020, la humanidad asistió atónita y con cierto escepticismo a la presentación de no una, sino cuatro variantes distintas con eficacias demostradas superiores al 90%.

Lograron lo que parecía imposible quemando etapas y fases de la investigación a velocidad frenética. Las mejores mentes de la medicina, la ciencia y la virología se centraron durante meses en encontrar un elixir para ofrecer al mundo una esperanza, y ponernos a todos de nuevo en la casilla de salida, para seguir con el planeta donde lo habíamos dejado.

Como humanidad hemos vuelto a demostrar que, ante una amenaza global, nos sabemos defender y que podemos encontrar soluciones rápidas, efectivas y escalables ante cualquier desafío que ponga en peligro nuestra especie… Siempre y cuando traiga consigo grandes beneficios económicos. Se podría decir que la investigación y el desarrollo de la vacuna han sido hasta la fecha la inversión social y humanitaria más ambiciosa y rentable de la historia.

Lo cierto es que, en nuestro planeta, ya teníamos problemas muy graves antes de que la pandemia del coronavirus llamara a nuestra puerta: cada cinco segundos muere un niño en el mundo por causas que podrían ser evitables, como el hambre o enfermedades para las que existe un tratamiento. Casi 800.000 personas se quitan la vida cada año como resultado de cuadros depresivos o salud mental. Un tercio de la población mundial tiene problemas de nutrición y casi tres mil millones de personas no tienen acceso a redes de distribución de agua.

Me imagino a las mentes más brillantes del mundo trabajando por encontrar soluciones para estos problemas: a grandes fondos de inversión, a Estados y empresas privadas uniendo esfuerzos por salvar tantas vidas. Me imagino esto y me resulta imposible no creer que cualquiera de estos desafíos, comparado con encontrar una vacuna global para la covid-19 en menos de un año, podría parecer sencillo. Entonces, ¿por qué no ocurre? La respuesta es simple y dolorosa: no es rentable.

Acabar con el hambre en el mundo o dar acceso a agua potable a un tercio de la humanidad no llenará los bolsillos de nadie. No hará que Wall Street suene ninguna campana ni que las bolsas europeas festejen ningún repunte. Sería una inversión a fondo perdido, cuyo único retorno serían las vidas que se salvarían. Esto no parece lo suficientemente atractivo para los mercados como para llevarse a cabo.

Con ello no quiero negar la importancia que tiene para la humanidad esta vacuna. Era muy necesario invertir y perseguirla para evitar una catástrofe económica y social que ya ha hecho estragos a lo largo y ancho del mundo. Lo que me pregunto es por qué no hemos trabajado como especie con el mismo afán, con el mismo respaldo y la misma expectativa, en dar solución a las situaciones tan dramáticas que ya vivíamos y que, por desgracia, ya no nos sorprendían. Nos aterra la idea de convivir con un virus respiratorio, pero en cambio, nos hemos acostumbrado a convivir con la desigualdad, la pobreza, la desnutrición o la violencia.

Nos aterra la idea de convivir con un virus respiratorio, pero en cambio, nos hemos acostumbrado a convivir con la desigualdad, la pobreza, la desnutrición o la violencia

Que un joven sin enfermedades previas haya fallecido por covid-19 en España abrirá telediarios y periódicos, pero que casi seis millones de niños murieron en 2019 como consecuencia del hambre o las enfermedades diarreicas nunca serán un titular, será, sencillamente, parte del paisaje.

Superaremos la pandemia, esta y las que vendrán, de eso no hay duda. Ya hemos demostrado la capacidad de batir todos los récords en el desarrollo y fabricación de las vacunas, pero, ¿lograremos algún día vacunarnos contra la pobreza y la desigualdad? ¿En algún momento pondremos a las mejores mentes del planeta, a trabar de forma coordinada por erradicar el hambre, la falta de agua o el cambio climático? El talento existe y los medios también, ahora necesitamos ponerlos al servicio de las causas que nos deberían movilizar y que, como humanidad, no podemos seguir postergando más.

Rafael Moyano es director ejecutivo de la Corporación Educacional Escuelas del Cariño.

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