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Nada ha cambiado tanto como las iglesias

El libro 'Manifiesto arquitectónico paso a paso' desgrana las partes (emplazamiento, espacio, luz...) de un rosario de templos para construir una guía por las iglesias modernas y contemporáneas

Interior de la parroquia de Santa María, en San Marco de Canaveses (Portugal), de Álvaro Siza. Ampliar foto
Interior de la parroquia de Santa María, en San Marco de Canaveses (Portugal), de Álvaro Siza.

Las tipologías arquitectónicas: las iglesias, los hospitales, las escuelas, las estaciones o los centros comerciales aparecen destacando las prioridades de una época. Alguna vez desaparecen, y eso también ilustra prioridades. Es evidente que sin aviones no habría aeropuertos. También parece claro que apenas se construyen ya palacios —a las viviendas de los magnates enriquecidos por la industria (no por las hazañas de sus antepasados que eufemísticamente consideramos cuna) las llamamos mansiones—. Así, más que la invención de un tipo de edificio, lo sorprendente en la arquitectura puede ser el cambio dentro de una tipología.

A la vivienda, la célula inicial de la disciplina, le cuesta cambiar más espacial que tecnológicamente. Esa resistencia a la transformación nos define como sociedad y hace que, en última instancia, los lofts y los minipisos actuales (también llamados estudios) tengan algo en común con las primeras viviendas, una especie de calor-fuego encerrado en una sola estancia. Así, en un terreno con más novedades que alteraciones reales, es curioso constatar que ninguna tipología ha cambiado tanto como la de las iglesias. En un intento a leopardiano de cambiar para que nada tenga que cambiar, los lugares de culto intentaron hablar con la pintura, la música, los nuevos pueblos, los suburbios y los desencantados fieles a lo largo del siglo XX. Lo hicieron con su mejor herramienta, el misterio. Pero también con riesgo, cálculo, imaginación, escasez de medios y osadía. El resultado es un espectáculo visual, el retrato físico de nuestros anhelos espirituales y tal vez el convencimiento de la iglesia de que la abstracción debía ser tan de ellos como, durante siglos, lo fue la figuración.

Presbiterio de la Iglesia de Santa Ana de Miguel Fisac en Moratalaz (Madrid). ampliar foto
Presbiterio de la Iglesia de Santa Ana de Miguel Fisac en Moratalaz (Madrid).

David García-Asenjo es un arquitecto atípico: no es un proyectista que crea merecer un reconocimiento mayor que el que recibe. Es un tipo al que todo —de la música a la literatura pasando por el futbol o la charla de bar— parece interesarle. Para todo parece encontrar tiempo. Y su manera de mirar la arquitectura se beneficia de su amplitud mental. Tanto es así que, en los últimos años, ha pasado a comentar la disciplina desde la radio (Julia en la onda) además de desde Twitter, que es donde tiene instalada su tribuna abierta 24 horas. Justamente allí es donde ha reunido a los cientos de mecenas que, por suscripción popular, han conseguido publicar su Manifiesto arquitectónico paso a paso (Libros.com) tras una campaña de crowdfunding.

Por eso, desde esa cercanía y consenso, este debería ser un libro interesante para mucha gente. O tal vez para mucha gente cercana a García-Asenjo o que por lo menos comparte su fascinación e intereses. Veamos.

David sabe contagiar la necesidad de caminar por la ciudad mirando los edificios que la componen y también la riqueza —y las dificultades— que quedan más allá de las fachadas. Por eso lleva al lector hasta la Parroquia de Santa Catalina de Siena en Madrid —que parece un platillo volante siendo una hermosa parábola de hormigón— o entra en la Iglesia de San Jorge en Pamplona para mostrarnos la espiritualidad que se consigue cuando se junta alabastro y hormigón.

Comienza el libro explicando su necesidad de aclarar, es decir, “de acercar, los procesos arquitectónicos”. También descubriéndose —creció en Moratalaz viendo la iglesia de Santa Ana de Fisac—. Eso le lleva a hacer reflexiones muy pertinentes, como observar por qué los grandes templos de los centros urbanos se desgajan en capillas modernas —que responden a su tiempo— en el extrarradio. Explica que en el siglo XX los templos —cristianos— se adaptan al escaso espacio, en lugar de mandar sobre él. Y a partir de ahí comienza un viaje a la “evolución de la arquitectura de las iglesias ”, una transformación que se hace eco de la que se da en el resto de artes plásticas.

Cubierta del libro 'Manifiesto arquitectónico paso a paso', con grafismo de Sara Blanco.
Cubierta del libro 'Manifiesto arquitectónico paso a paso', con grafismo de Sara Blanco.

Es justamente ese viaje tan ambicioso lo que lleva a este arquitecto a describir más que a interpretar. Escribe por ejemplo que las parroquias de Santa Ana o de Nuestra señora de Moratalaz fueron construidas en suelo cedido por la promotora Urbis, pero no se plantea qué cesión o inversión puede significar ese dato. Pregunta, citando a Esteban Fernández Cobián, si “¿Son protestantes nuestras iglesias modernas?”, pero no responde la pregunta.

Explica en cambio la diferencia entre lo estereotómico —definido por elementos pesados que no pueden distinguirse individualmente— y lo tectónico —definido por elementos individuales—. Por eso, en lugar de integrar vida, lugar, artes y oficios, uso y, al final vanguardia —como escribió José Luis Fernández del Amo que precisaba la renovación del templo para el nuevo arte religioso—, García-Asenjo se deja llevar por su entusiasmo arquitectónico y nos deja más imágenes que respuestas. Nos acompaña a visitar templo tras templo sin que entendamos si fue el Concilio Vaticano II el que promovió la cercanía a las artes plásticas —buscando en la desnudez de la modernidad un regreso a los orígenes de la iglesia—, o es la progresiva pérdida de importancia de la iglesia —o el cambio de sus mecenas— lo que la desplaza a la periferia y la desnuda.

Por eso puede que lo mejor del libro —el entusiasmo que lleva a la autoedición— resulte en lo más complicado de entender: la falta del filtro que tal vez hubiera conseguido una edición más distanciada —o la falta de pies de foto en las imágenes que abren los capítulos, las más hermosas que el lector no podrá identificar—. David es un experto en iglesias, sabe muchísimo de arquitectura, tiene todo el conocimiento para compartir y todo el entusiasmo para contagiar pero está aprendiendo, en sus propias intervenciones en la radio, que debe elegir lo que quiere comunicar.

Hay entusiasmo cuando, hablando de Iglesias, es incapaz de pasar junto a la antigua sede del BBVA de Sáenz de Oíza sin detenerse a decir que es el mejor rascacielos de España. Pero también hay falta de filtro. Esa avalancha de conocimiento sin filtro es lo que, en mi opinión, termina por separar a García-Asenjo del gran público, siempre falto de tiempo. Y es eso lo que hace que su didáctico, minucioso y trabajado Manifiesto arquitectónico paso a paso sea un excelente libro de referencia para cualquier arquitecto —u obispo— dispuesto a construir un templo. Al resto, explicándonos qué ha pasado en las iglesias seguimos sin entender por qué paso. Es decir, es importante no hablar solo de arquitectura para tratar de explicar la arquitectura.

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