Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

El hombre que hubiera querido ser

Una vez, junto a un arroyo de montaña en 1973, apareció un tipo montado sobre una motocicleta King Scorpion. Nunca supe quién era pero al contemplarlo decidí que quería convertirme algún día en alguien así

Mickey Rourke en ‘La ley de la calle’ (1983), un mindundi al lado del tipo que se cruzó con el autor.
Mickey Rourke en ‘La ley de la calle’ (1983), un mindundi al lado del tipo que se cruzó con el autor.

Ni un arrojado general de húsares como Lasalle, al que le quedaba la pelliza de maravilla, ni un heroico oficial de los Guías de Peshawar, los primeros en vestir de kaki, ni tampoco Beau Geste, un valiente légionnaire de la Legión Extranjera. No, ninguno de ellos: el hombre que yo hubiera querido ser es aquel tipo montado sobre una motocicleta King Scorpion que me encontré una vez junto a un arroyo de montaña en 1973. Nunca supe quién era pero si hubiese aparecido ante mí sir Lancelot a lomos de un corcel de guerra no me hubiera impresionado más. Al contemplarlo decidí que quería convertirme algún día en alguien así. A los hombres nos cuesta decir qué admiramos en otro. Proyectamos la impresión de que creemos que ya estamos bien como somos, ¿qué pasa? Aunque en nuestro fuero interno sabemos lo que nos falta para llenar la medida de lo que desearíamos ser. Disfrazamos esa carencia inventándonos modelos imposibles: los miembros de Patrulla X, Van Damme o Rummenigge. Yo en aquel tipo lo envidiaba todo. Su figura, su mirada, su manera entera de estar en el mundo. Y, claro, cómo iba vestido.

El día que lo vi, habíamos salido de excursión trialera un grupo de amigos y yo iba ataviado con lo que me parecía el sumun de la elegancia motociclista: botas de trial de hebillas, camiseta de Montesa, Shetland, Barbour y gorra escocesa con las gafas de piloto encima. Era la equipación típica, gama alta, completada con algo de grasa y unos cuantos viriles arañazos de zarzas en la cara. Pero aquel individuo no llevaba nada de todo eso. Lucía un tres cuartos oscuro y desgastado de recia lana. Unos tejanos viejos con las perneras por dentro de unas katiuskas negras de caña alta. Y por toda concesión al adorno un pañuelo de cuello rojo descolorido. Vamos, una sobriedad esencial. Y sin embargo hay que ver cómo le quedaba todo. La King Scorpion estaba llena de barro y él, cubierto por una capa de polvo que en vez de ensuciarlo lo orlaba. Se quitó un guante largo como de soldado de caballería y se sacudió las mangas del chaquetón con golpes elegantes. A algunos se les aparece la Virgen, aquel riachuelo fue mi Fátima.

No había nada especial en su rostro, curtido, sin afeitar, ni en sus ojos ni en su cabello, ni largo ni corto, revuelto. Ni en su parca forma de saludarnos Pero el conjunto irradiaba tal sensación de aplomo, masculinidad, seguridad en sí mismo y romanticismo que casi me caigo de la moto. Me hizo sentir, en mi pinturera apariencia, como un personaje insulso, ridículo, fuera de lugar. Tantos años después aún lo sigo viendo. Toda mi existencia posterior ha sido un querer parecerme.

Al principio pensé, vana ilusión, que con el tiempo y la edad lo conseguiría. Incluso sopesé comprarme una King Scorpion, pero era demasiada moto para mí. No montas una moto que te da miedo ya hasta el ruido que hace. Trato de consolarme pensando en dónde estará ahora aquel individuo. Imagino que será ya muy mayor y habrá perdido su encanto, el pelo y hasta la dentadura. Y, sin embargo, algo dentro me dice que ha conseguido atravesar estos años manteniendo intactos un atractivo, una dignidad y un estilo que yo nunca tendré. Dios le maldiga.

Puedes seguir ICON en Facebook, Twitter, Instagram,o suscribirte aquí a la Newsletter.