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La política de hablar claro

Hablar el lenguaje 'de la gente' ya no es exclusiva de los nuevos políticos

El primer ministro portugués, Antonio Costa.
El primer ministro portugués, Antonio Costa. AFP

Decía Huxley que cuanto más siniestros son los deseos de un político más pomposo se vuelve su lenguaje. En los últimos años la opinión pública de las democracias occidentales se había resignado a escuchar una y otra vez una jerga ininteligible por parte de los encargados de dirigir sus sociedades un poco como hace años se escuchaban por la radio las canciones en inglés; sin entender una palabra. Y cuanto más arriba estaba el responsable, más ininteligible se volvía el lenguaje. En el culmen europeo hasta hace pocos días figuraba el habla de la Unión Europea, que habitualmente necesitaba una doble traducción: primero la formal al idioma propio y luego la interpretativa para tratar de hacer comprensible qué significaba todo aquello. Hablar urdu o pastún no tiene ningún mérito comparado con los eurólogos compañeros de oficio.

Tan alejado estaba este lenguaje de la comprensión ciudadana que en la mayoría de las democracias han surgido partidos, movimientos o figuras individuales que han tenido un fulgurante éxito por diversos motivos, aunque todos presumen de lo mismo: hablar el lenguaje de la gente. Los hay de izquierdas, derechas, liberales, alternativos, extremistas, populistas, inclasificables o simplemente lunáticos. Todos se dirigen a sus votantes con un lenguaje directo que despierta no necesariamente simpatía, pero sí una disposición automática a escuchar entre quienes llevaban tiempo recelando de quienes ponían en sus labios un lenguaje alambicado, pomposo y retórico en el mal sentido de la palabra. Su tesis era que la vieja política ni siquiera era capaz de hacerse entender mientras que la nueva política sí, obviando un pequeño detalle: se puede entender —y creer— una mentira al tiempo que se desdeña una verdad porque no se comprende cómo está expresada.

Pero en estos días de parón excepcional resulta que entre quienes se han formado en la denigrantemente calificada vieja política ha comenzado a calar la idea de que es mejor no andarse con rodeos. Ahí está el alcalde de Messina, Cateno de Luca, autonomista hoy pero criado políticamente en la Democracia Cristiana, cuyo mensaje escuchan quienes violan el confinamiento y se encuentran con un dron municipal sobre sus cabezas: “¿Dónde coño va?”. Hay otros ejemplos similares de alcaldes en el país transalpino. O como el socialdemócrata y primer ministro de Portugal António Costa, quien despachó con un “repugnante” —palabra precisa e inusual en el lenguaje comunitario— la actitud de su colega holandés ante la llamada de auxilio realizada por los países cuyos ciudadanos necesitan más que nunca percibir que la Unión Europea es un proyecto y no un tinglado.

Es bueno que todos empiecen a llamar a las cosas por su nombre. Porque se cierne una época en la que las libertades colectivas e individuales también corren el riesgo de ser confinadas.

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