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Columna
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La criatura no tiene apetito

La primera prueba de la ambición política la dan los presupuestos y a la vista está que los 27 solo ambicionan conservar las cosas como están

Lluís Bassets
Imagen del peno de la Eurocámara en Estrasburgo.
Imagen del peno de la Eurocámara en Estrasburgo. PATRICK SEEGER

Europa se encoge y adelgaza. No tiene hambre. Empequeñecida por el divorcio del Brexit y desganada respecto a su futuro, necesita menos dinero para mantenerse.

Este es el argumento de los cuatro socios frugales, los ricos Países Bajos, Suecia, Dinamarca y Austria, que se hacen los pobres para evitar las transferencias a los más necesitados. Con menos hay que hacer más, aseguran. O piden más descaradamente cheques que compensen sus crecidas aportaciones. Adoptan así el papel de los británicos ya ausentes y reclaman, como Margaret Thatcher, que les devuelvan su dinero.

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La división entre los europeos frente al presupuesto plurianual de los próximos siete años es una primera victoria británica, después de la demostración de unidad de criterios y de acción con que tropezaron durante toda la negociación del Brexit. No es una paradoja. La Unión Europea saldrá mal librada si los 27 siguen comportándose como lo habían hecho hasta ahora, cuando Londres formaba parte del club.

Este primer envite ha sido desolador para quienes quieren que Europa exista. En vez de habilitar los medios que corresponden a las ambiciones, los 27 se han propuesto limitar las ambiciones a los intereses particulares y a los compromisos adquiridos. Los presupuestos son el instrumento político más expresivo para un gobierno. La discusión de los actuales, cada uno a lo suyo, revela en los 27 una obsesión electoralista que anula cualquier ambición. Los socios discuten décimas e incluso centésimas por encima de un miserable 1% del PIB solo para presentar como victorias frente a Bruselas lo que debiera ser una demostración de responsabilidad y de voluntad europeístas.

Poco se puede esperar de una Europa que, solo hablar de dinero, se divide entre ricos egoístas y pobres aprovechados. Apenas unos días antes del Consejo Europeo, muchos de los líderes se habían reunido en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde coincidieron en que Europa necesita más unidad y más protagonismo, algo que exige unos presupuestos más ambiciosos y menos conservadores.

Esta no es una Europa más geopolítica, como reclamaba Ursula von der Leyen a la Comisión recién estrenada. Responde con más precisión a la idea de su antecesor, Jean-Claude Juncker: “Sabemos lo que tenemos que hacer, pero no sabemos cómo ganar de nuevo las elecciones una vez lo hemos hecho”.

Europa, tal como señaló Josep Borrell en Múnich, es una criatura sin apetito de poder.

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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