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El modelo japonés

Los trabajadores japoneses, que solían ser muy productivos, lo son ahora menos que los australianos

El emperador japonés Akihito y la emperatriz Michiko el pasado 12 de abril durante su 60 aniversario.
El emperador japonés Akihito y la emperatriz Michiko el pasado 12 de abril durante su 60 aniversario.

Japón es, supongo, un país modélico para la derecha y la ultraderecha europeas. Preserva con tenacidad sus tradiciones, se resiste a legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, mantiene a raya a las mujeres (son minoría absoluta en el Parlamento, en la universidad y en las cúpulas empresariales, y se da por supuesto que el cuidado del hogar les corresponde), impone disciplina en las escuelas (los estudiantes llevan uniforme y saludan al profesor con una reverencia), tiene una legislación muy dura contra las drogas (un par de porrillos pueden costar cinco años de cárcel) y, muy importante, los comunistas (que los hay) apartan “sus sucias manos y sus marxistas deseos y apetitos sexuales” del hijo del señor Fernández y de los demás niños: apenas se imparte educación sexual.

La sociedad japonesa sigue recelando de los extranjeros y mantiene la inmigración bajo mínimos. Se tolera un flujo reducido de inmigrantes chinos y coreanos (su, digamos, aspecto físico no altera demasiado el paisaje humano) y ahora se debate un aumento en la importación temporal de cupos de mano de obra, a repatriar en cuanto venza su contrato de trabajo.

Añadamos, como simples detalles, que los japoneses tienen emperador, porque un simple rey les parece poco, y que glorifican su historia. ¿Es o no es el paraíso de Vox?

Resulta curioso que en la actualidad se hable tan poco de Japón. Hace apenas 30 años, los japoneses se comían el mundo. ¿Qué ha ocurrido en estas últimas décadas? Para empezar, ha ocurrido que la tasa de fertilidad, es decir, el número de hijos por mujer, ha bajado hasta 1,4, casi al mismo nivel que en España. Y eso sin la imposición de “marxistas deseos” y sin convertir la homosexualidad en asignatura obligatoria, como dicen que ocurre en las aulas españolas. Sumen la baja natalidad a una inmigración escasa (hay algo más de dos millones de extranjeros, frente a los casi cinco de España, con la mitad de habitantes) y pasa lo que pasa: falta mano de obra. A este fenómeno podría llamársele “paradoja de El Ejido”, en honor de ese lugar donde se vota contra los inmigrantes que generan la riqueza agrícola.

Han pasado otras cosas en Japón. Aunque sigue siendo una potencia económica y cultural, las sucesivas crisis han sumido el país en una semideflación permanente. Los trabajadores japoneses, que solían ser muy productivos, son ahora menos productivos que los australianos. Y también son más pobres que los australianos en renta por persona. Con la deuda más elevada del mundo y con un tercio de la población mayor de 65 años (la esperanza de vida es la única más alta que la española), Japón se enfrenta a un futuro incierto. La cosa está tan oscura que su Gobierno ha decidido abrir nuevas centrales de carbón para producir energía. Hay que tener estómago para hacer eso en una isla singularmente expuesta al cambio climático. Los negacionistas de Vox deben lagrimear de admiración.

Europa aún está a tiempo de adoptar el modelo japonés. Si lo importante es preservar la identidad, la homogeneidad y las tradiciones, no ha de caber duda. Pero si privilegiamos el futuro y el progreso, más vale aceptar los cambios, los conflictos y todos esos engorros de las sociedades abiertas. Incluyendo inmigrantes y “apetitos sexuales marxistas”.

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