Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Przeworski en Moncloa

Deberíamos hacernos estas tres preguntas para evaluar la capacidad de resistencia de nuestras democracias

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el vicepresidente, Pablo Iglesias, este martes en el Palacio de La Moncloa.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el vicepresidente, Pablo Iglesias, este martes en el Palacio de La Moncloa. REUTERS

Recién leído el prudente, pero pesimista diagnóstico que ofrece el politólogo Adam Przeworski en su último libro sobre los riesgos que sobrevuelan las democracias contemporáneas (Crises of democracy), uno no puede dejar de preguntarse en qué medida la conformación de un nuevo Gobierno en nuestro país puede hacer algo para mejorar el preocupante panorama global que allí se dibuja.

Deberíamos hacernos tres preguntas para evaluar la capacidad de resistencia de nuestras democracias: ¿pueden las políticas públicas corregir las causas últimas (económicas) de la desafección y el descontento? ¿Puede la acción de gobierno transmitir a la población la convicción de que las elecciones importan lo suficiente como para que merezca la pena que los ciudadanos vean en ellas un mecanismo útil para canalizar sus demandas, pero no tanto como para que algunos den la espalda a las reglas básicas del juego democrático cuando no ganan en las urnas? ¿Es posible reconstruir un tejido institucional que articule y organice los intereses en conflicto consustanciales a las sociedades plurales y democráticas? Son retos enormes. Es seguro que cuando acabe la legislatura seguirán estando sobre la mesa. Pero soy moderadamente optimista, porque tenemos espacio para avanzar en los tres frentes.

El primero es el más importante. Aunque el margen fiscal para llevar a cabo nuevas políticas sociales es limitado, en la última década hemos, por fortuna, aprendido mucho sobre cómo podemos proteger mejor a los hogares vulnerables y reducir la precariedad en el mercado de trabajo. Contener la desigualdad —y, sobre todo, la segregación social— es fundamental para una democracia sana. La ciudadanía tiene que tener motivos para creer que la economía le sigue ofreciendo oportunidades y certidumbres. Con vistas al segundo reto, la situación actual tiene algunas virtudes, a pesar de la asfixiante polarización. El Gobierno tiene una agenda política diferenciada de las de sus adversarios, y la oposición sigue liderada por un partido democrático que algún día volverá al poder. Y la apuesta por un nuevo escenario de diálogo en Cataluña puede hacer de la desconexión institucional una opción menos atractiva para unos y para otros.

El tercer reto es quizá el más complejo. No está claro cómo podemos reconstruir las dañadas instituciones de mediación de intereses, pero si nuestra democracia resuelve los dos primeros, habrá menos motivos para ser pesimista en este. @jfalbertos

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >