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Repetir nuestro presente

El acuerdo entre PSOE y ERC es una transacción donde se negocian intereses particulares: uno obtiene votos para la investidura y otro, un instrumento que calcula le acerca a sus objetivos

Gabriel Rufián, el pasado 4 de enero durante la sesión de investidura de Pedro Sánchez.
Gabriel Rufián, el pasado 4 de enero durante la sesión de investidura de Pedro Sánchez. Europa Press

"Se podía haber ido a una reforma del Estatut a través del Parlament. Se podía haber abierto un diálogo nacional en las Cortes. Pero se ha elegido una negociación bilateral sin encaje institucional que excluye a millones de catalanes y adopta el lenguaje de ERC”. Son palabras de Fernando Sánchez Costa, presidente de Sociedad Civil Catalana, la asociación fundada en 2014 para amasar las preocupaciones, aspiraciones e intereses de los catalanes contrarios a la secesión, y que en balde ha pasado 2019 pidiendo que la gobernabilidad del país no dependiera del secesionismo. Sumemos otra reflexión que se hacía Rafael Arenas, vicepresidente de Impulso Ciudadano, un movimiento para defender el pluralismo dentro de la sociedad catalana: “Si el conflicto es entre Cataluña y España ¿por qué vamos a votar solamente los catalanes? Si es un conflicto entre catalanes, en la mesa de diálogo ¿quién habla por los catalanes no nacionalistas? ¿Torra? ¿Sánchez? Me parece que nadie. Vendidos, otra vez”.

Ni Costa ni Arenas hablan por todos los catalanes no independentistas, pero nadie que tenga amigos o familiares entre los catalanes de sentimiento español puede desconocer que entre ellos prevalece un sentimiento de frustración y desamparo. Han sido, desde que las elites del Estado inauguraron el modelo de laxitud hacia los nacionalismos periféricos a cambio de votos en Madrid, la verdadera “parte sin parte” de nuestra crisis territorial. Y, dado que siguen sin parte, me ha parecido justo darles voz. Ciertamente, no les faltan motivos para recelar de la nueva mesa de diálogo con el secesionismo. El problema no es ya la discutible institucionalidad paralela que consagra; el problema es que el nacionalismo catalán estará representado, por así decir, en ambos lados de la mesa; en uno, por el programa de máximos del secesionismo; en otro, por el programa de mínimos que representan PSC y Podemos; nacionalismo carnívoro frente a nacionalismo vegano; los que quieren poner muros a la convivencia en un lado y del otro quienes pondrían verjas. ¿Quién habla entonces por los catalanes que disfrutan de su común ciudadanía española sin sentirse concernidos por ningún proceso de construcción nacional catalana? Recordemos algunas de sus demandas: bilingüismo escolar, despolitización de los Mossos, pluralismo en los medios, neutralidad institucional. Pero a las clases identitariamente subalternas no se les permite opinar.

Sin duda: dialogar es necesario. Pero seamos claros: el acuerdo entre PSOE y ERC no es un acuerdo entre líderes valientes que arriesgan para lograr la paz en una sociedad dividida, pensando en el bien común, sino una transacción donde se negocian intereses particulares: el PSOE obtiene votos para la investidura; ERC, un instrumento que calcula le acerca a sus objetivos. Como con el Estatut, nadie ha pensado en incluir a los catalanes no catalanistas. También entonces se escarneció a los críticos. Nada hemos aprendido de aquel episodio. Ni siquiera repetiremos nuestro pasado; lo que repetiremos será nuestro presente.

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