Columna
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Te entiendo mejor que nadie

Cuando uno pide que alguien se ponga en el lugar del otro para que tenga empatía con él, utiliza la expresión de forma figurada, no de manera literal

Personas pasan la noche en la calle en el evento de 2017 en Edimburgo.
Personas pasan la noche en la calle en el evento de 2017 en Edimburgo.Sleep in the park

Muchas de las frases hechas utilizadas en el discurso público (y privado) suelen ser producto de un contratiempo moral, casi siempre involuntario. Una de ellas tiene que ver con el prestigio de la experiencia. Ante la amenaza, la violencia o la pérdida de un hijo, no falta quien entiende la tragedia mejor que nadie “como padre” o “como madre”. Más allá de la estupidez ideológica —esta, casi siempre voluntaria— del “cómo voy a ser machista si tengo tres hijas y una madre”, la otra frase, que aspira a la comprensión de un dolor, parece sobrevolar la comprensión del mismo dolor de quien no tiene hijos. Es producto de algo muy extendido: solo puede entender ciertos afectos y ciertos dolores relacionados con los niños quien tenga hijos, porque es una experiencia que no se puede entender sin haberla tenido. Cosa que, si así fuera, desmentiría con más rotundidad la empatía automática de quien es padre con quien también es padre y ha perdido a un hijo: no puedes ponerte en su lugar porque tú no lo has perdido.

No podemos ponernos en el lugar de nadie, y sin embargo se juega constantemente a eso, a menudo con buena voluntad. Cuando uno pide o reclama o exige que alguien se ponga en el lugar del otro para tener empatía con él, utiliza la expresión de forma figurada, no de manera literal. Hace unas semanas se celebró en Madrid una iniciativa organizada por una ONG, Sleep in the Park, que consiste en pasar una noche al raso —con “una manta de supervivencia”— como gesto de solidaridad con los sintecho. Es una acción muy necesaria no por ese absurdo, la de pasar la noche al frío, sino porque hay una serie de conciertos que cuestan una entrada cuyo montante va a parar a la ayuda de gente sin recursos. Pero dormir, ¿de qué y para qué? ¿Para visibilizar qué? ¿Que ayer dormiste caliente y mañana también? ¿Que no tienes problema de alcoholismo, ni te has quedado sin familia ni trabajo? ¿Que falta, en definitiva, todo el contexto por el que una persona duerme en la calle, salvo el hecho de dormir una noche muchos a la vez, que es lo de menos?

Hace años una ministra noruega —de Inmigración e Integración, cartera que exigía un gesto heroico o eso debió de entender ella— llevó a la práctica una iniciativa estupenda. Para saber lo que sentía un refugiado, se echó al agua en Lesbos con un traje de buzo de doble revestimiento y, junto a ella, una lancha salvavidas con fotógrafo. Se dejó llevar por las olas unos metros y al cabo de un rato se subió a la lancha y dijo a la prensa: “Ha sido una experiencia muy especial”. Lo que tiene que ser especial es creer que por unos instantes te has metido en la piel de un inmigrante, empezando por el color. Pero hasta ahí se lleva el concepto equivocado de empatía y el delicado engranaje egoísta de la conducta humana: “Voy a sufrirlo yo para gobernar con más justicia”, supongo que porque si no lo sufres tú te resulta inconcebible cómo lo pueden sufrir otros y qué remedios aplicar.

Es fácil: ponte en su lugar pero en tu imaginación, no hace falta meterse en el agua: en lugar de refugiada serás una bañista. Que es lo que somos todos cuando queremos teatralizar una desgracia con la que queremos solidarizarnos pero no nos afecta; que queremos vivirla como representación y no como hecho. Como si el dolor, en definitiva, pudiese representarse.

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