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TRIBUNA i

Bolivia en blanco y negro

Un análisis maniqueo de la crisis política que vive el país andino es lo que nos exigen desde fuera: la tesis de un golpe de Estado o una conquista democrática

Una manifestación en las afueras de Cochabamba (Bolivia), el pasado 25 de noviembre.
Una manifestación en las afueras de Cochabamba (Bolivia), el pasado 25 de noviembre. REUTERS

Bolivia es un equivalente de Haití y viceversa; poco interesan a nivel mundial nuestros pesares y debates, hoy volvemos transitoriamente a ocupar un pequeño espacio en los medios internacionales, porque servimos como sur “salvaje” para testimoniar dolor y “primitivismo”.

De nuestro atrevimiento filosófico de pensarnos por nosotr@s mism@s no se habla en absoluto, de nuestro atrevimiento de repensar nuestra democracia sin la Revolución Francesa de por medio no se escribe. Todo eso queda sepultado debajo de los ataúdes y las fotos de crueldad militar y policial que ganarán el próximo World Press Photo. Merecido premio de quien logre disparar la foto del momento en el que la policía disparó el arma y el cuerpo anónimo cayó.

La Unión Europea con arrogancia colonial financiará las próximas elecciones y auspicia el diálogo entre partes porque lo que les interesa es el yacimiento del litio más grande del mundo que está en el legendario Potosí y el próximo Gobierno es quien tendrá que rematar esa materia prima. Desde antes que Bolivia se constituyera como Estado está instalado acá el saqueo extractivista que ha ido modernizando los términos y que Evo Morales maquilló, pero no pudo remediar porque esa no es una decisión de soberanía nacional, sino parte del orden mundial capitalista.

Un análisis maniqueo de la crisis política que vive Bolivia es lo que nos exigen desde fuera del país: la izquierda en general quiere cerrar la tesis de un golpe de Estado donde se presente al expresidente Evo Morales como la víctima de una conspiración internacional de la CIA donde “el delito de Morales haya sido el de ser indígena”, como él mismo manifiesta. La presión por parte de la derecha internacional es presentar lo acontecido en Bolivia como una conquista democrática frente a un gobierno autoritario, tesis que por otro lado legitimaría la toma del Estado boliviano por parte de una coalición fascista.

Ambas posturas simplifican los hechos, borran los matices y nos entregan como sociedad a un proceso donde tienes que tomar un bando y enfrentarte al otro bando en términos de guerra de enemigos para que gane el más fuerte en el plano militar que no es otro que el de la muerte. Ambas tesis nos convierten en fichas de un tablero donde nuestro único papel es alinearnos para alimentar las fosas comunes de las que nuestra historia está llena. Entierro con bandera nacional o whipala como héroe y mártir anónimo de la “democracia”. Nuestras vidas, ideas, sueños, discrepancias pierden en ambas tesis sentido propio.

La tesis del golpe asfixia la discusión política fundamental que es el contenido político de esta crisis que inició siendo una crisis política de representatividad, de legitimidad y de respeto a la Constitución política del Estado y que derivó en un golpe de Estado y en una toma y control fascista y racista impulsado por la CIA de gran parte del Estado.

La defensa a ciegas o el ataque a ciegas contra o a favor de Evo Morales no resuelven nada y profundizan uno de los problemas estructurales de la política en Bolivia como es el caudillismo. Ni Evo es la solución, ni es el “demonio”.

Lo principal es entender: ¿Cómo la sociedad boliviana pudo frenar esta fascistización delirante que se ha instalado? ¿Aún estamos a tiempo de hacerlo?

Lo principal es entender que está en crisis la democracia liberal representativa que tiene en la forma partido su mayor expresión de decadencia y agotamiento y que por cierto esa no es una crisis que afecta a la dinámica política boliviana, sino regional o mundial. Lo principal es entender que estamos ante lo que he llamado la privatización de la política. Lo principal es entender que lo que está aconteciendo en Bolivia tiene bajo otros contextos elementos comunes en Ecuador, Perú, Chile o Argentina. Ni que decir EE UU o Europa entera.

Estamos también asistiendo a la transición de un neoliberalismo a secas a un neoliberalismo de corte fascista donde las sectas cristianas fundamentalistas reclaman estatus político formal ofreciendo la reconstitución de estructuras patriarcales como la familia que están siendo desestructuradas por la rebelión subterránea de las mujeres. En este conflicto político hay un fuerte contenido patriarcal, la escena hace meses ha sido copada por una suerte de “macho heroico convertido en soldado de la democracia” que ofrece guerra, que ofrece muerte, que ofrece un lugar de pertenencia y de mérito para todo joven que quiera agarrarse a palos con el bando contrario y que devuelve legitimidad social al “macho violento”.

Hoy Bolivia está ya sumergida en un callejón sin salida en manos de dos bandos irresponsables con la vida: por un lado, un delirante Evo Morales en México que no es capaz de hacerse ni siquiera una autocrítica y una presidenta pantalla de un Gobierno dividido en tres fracciones perversas que podrían ser: la CIA, el Comité Cívico pro Santa Cruz y las iglesias fundamentalistas cristianas junto a la Iglesia católica.

No postulo una visión neutral del conflicto. Criticar la polarización, el maniqueísmo, la pérdida de los matices no es buscar un lugar cómodo en medio de esta situación que es trágica y dolorosa. Lo que proponemos es activar la potencia creativa que toda crisis abre en una sociedad, no se trata de un acto de exquisitez intelectual sino de hacer lo que hoy es más subversivo en Bolivia: hablar, discrepar en un clima de respeto, entender las múltiples capas que esta crisis política tiene y sobre todo tener esperanzas.

Las próximas elecciones a las que nos apresuran no son un remedio para el problema de fondo, que es inventar nuevas formas políticas más allá del partido, nuevas formas de representación y delegación de vocería y responsabilidades.

Necesitamos a escala mundial inventar urgentemente nuevos paradigmas colectivos para frenar el ecocidio, activar en los hechos y no como retórica los derechos de los pueblos indígenas a la autorrepresentación, activar desde la política las voces de los animales y la naturaleza, asumir la despatriarcalización de la sociedad desde las mujeres y el conjunto de libertades sexuales. Suena imposible, nosotras ya hemos empezado a caminar en ese sentido desde la propuesta del Parlamento de las Mujeres como herramienta política experimental donde refundar conceptualmente toda la política.

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