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La princesa belga ‘desaparecida’ vive en un remoto pueblo de Estados Unidos

Marie-Christine, tía del actual rey Felipe de Bélgica, rompió con la familia real hace décadas entre acusaciones de violación y problemas con el juego y el alcohol

marie christine de belgique
La princesa Marie-Christine de Bélgica en el lago Tahoe (Nevada, EE UU), en diciembre de 1994. Paris Match via Getty Images

Un pueblo de 7.000 habitantes cercano a la frontera estadounidense con Canadá era un destino improbable para una princesa nacida en el lujoso castillo de Laeken, residencia oficial de la familia real belga. Pero el fulgor de la Corona no desprende el mismo atractivo para todos los que han crecido a su alrededor. Marie-Christine de Bélgica (68 años), tía del rey Felipe, actualmente en el trono belga, lo identifica con destellos de pesadilla y hace tiempo que rompió con su pasado aristocrático entre graves acusaciones, problemas con el juego y una fortuna dilapidada.

Abonada al escándalo, la prensa belga siguió sus andanzas puntualmente, pero su pista se perdió en 2007. Ahora, tras más de una década en paradero desconocido, el diario flamenco Het Laatste Nieuws la ha localizado en Sequim, un minúsculo municipio del Estado de Washington (al noroeste de EE UU) conocido por ser la capital norteamericana de la lavanda. Allí, según dicha publicación, vive con su marido, el hostelero francés Jean-Paul Gourgues, en una casa de tres habitaciones con un jardín de árboles frutales por la que habrían pagado unos 300.000 euros al cambio.

Para entender cómo una princesa belga ha terminado asentada en los límites de América hay que recurrir a sus explosivas memorias, publicadas en 2004, la mayor fuente de información de sus idas y venidas. En ellas, Marie-Christine relata una infancia marcada por las ausencias de su padre, el rey Leopoldo III, y la crueldad de su madre Lilian, la segunda esposa del monarca. Su mayor desencuentro con esta llega a los 18 años, cuando tras un baile culpa a uno de sus primos de haberla violado. La madre, según su versión, trata de encubrir los hechos y reacciona castigándola a un encierro de dos meses en su habitación.

En el libro, todo un ajuste de cuentas con su familia, explica que el suceso agrandó la brecha abierta con sus allegados, y Marie-Christine cae en una espiral de vida nocturna, alcohol y relaciones esporádicas. Su alejamiento personal se materializa también en lo geográfico poco después. Una familia amiga de sus padres la acoge en Toronto (Canadá) a los 29 años para tratar de encauzar un camino desviado de las rígidas convenciones reales.

Marie-Christine de Bélgica y el pianista Paul Drake en junio de 1981. ampliar foto
Marie-Christine de Bélgica y el pianista Paul Drake en junio de 1981. Toronto Star via Getty Images

Empieza a trabajar en TV Ontario, pero Marie-Christine acaba de conocer la libertad fuera de los muros de palacio y se muestra indomable: pese a los intentos de sus parientes por impedirlo, —llegaron a retenerla en una comisaria para convencerla— se casa en Florida con un pianista homosexual llamado Paul Drake. Cumplido el objetivo de obtener el permiso de residencia, seis semanas después se separa. Su familia cubre los gastos del divorcio.

Sin apenas dinero, se gana la vida como puede, incluso trabajando en desfiles de ropa interior en locales de mala muerte. Su hermanastro, el rey Balduino, se apiada de ella y decide ayudarla económicamente. Como ella misma admite, utilizará parte de los fondos para pagar el coste de un aborto, una práctica que el monarca reprueba, como demostraría tiempo después al negarse a firmar la ley que lo despenalizaba en Bélgica.

En su deambular por América, la princesa comenzará poco después una relación con el hostelero francés Jean-Paul Gourgues, con el que se casa y vive en Los Ángeles (California). Tras una inversión fallida en un restaurante, se trasladan a Las Vegas (Nevada). Y en la ciudad del juego su suerte no cambiará a mejor. Tras dilapidar parte de sus ahorros en los casinos, otro de sus hermanastros, el rey Alberto II, convencerá a la madre de esta, Lilian, de permitir un nuevo rescate económico para sacarla de la ruina, pero el cheque irá acompañado de una carta repleta de reproches que sellará su ruptura con la familia real belga. Marie-Christine ni siquiera acudirá a los funerales de sus padres y hermanos, y rompe el último cordón que la une a su pasado al dejar de hablar con su hermana, Esmeralda de Bélgica.

"Mi problema es que no estoy hecha para trabajar", lamentaba en una entrevista recogida en el libro Crónicas reales, un siglo de indiscreciones, del periodista Thomas de Bergeyck. Ahora, tras una vida impensable en alguien de su posición, la princesa criada entre el castillo de Laeken y el de Argenteuil, parece haber sentado la cabeza lejos de su Bélgica natal, rodeada de lavandas en una fría localidad costera de los confines de Estados Unidos.

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