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La indiscreción que dio al traste con la amistad entre Andy Warhol y el barón Thyssen-Bornemisza

Guillermo Solana, director artístico del museo madrileño, repasa anécdotas de la colección con motivo de su participación en Apertura Madrid Gallery Weekend

Thyssen-Bornemisza
El barón Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza en el vestíbulo de su museo madrileño en 1995.

Guillermo Solana es desde 2005 director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Por tanto, es una de las personas que mejor conocen los fondos del museo, uno de los más populares de España (solo el año pasado recibió más de 900.000 visitantes) y depositario de una de las colecciones privadas de arte más importante del mundo. En sus muros, de un inconfundible color salmón, cuelgan pinturas de Caravaggio, Fra Angelico, Lucien Freud o Roy Lichtenstein adquiridas por la familia Thyssen a lo largo de un siglo. La historia de la formación de esta colección será el tema de la charla que Solana ofrecerá este domingo 15 de septiembre a las 12 de la mañana en el Museo Thyssen, y que clausurará la programación de Apertura Madrid Gallery Weekend, el evento que marca el comienzo de la temporada expositiva en las galerías madrileñas.

“Cuando llegué al Thyssen estaba un poco obsesionado por la naturaleza pública del museo, por comunicarla y lograr que la gente la conociera, así que no dediqué mucho tiempo a investigar la actividad coleccionista de los Thyssen”, explica. “Sin embargo, en los últimos tiempos este tema me interesa cada vez más, especialmente porque en el museo hemos heredado una tradición oral con muchas anécdotas sobre la colección de la familia”. Estas anécdotas, cuenta, dan para mucho, porque la familia Thyssen viene coleccionando arte desde tres generaciones. “El primero fue August, el patriarca, el genio de las finanzas, que se enamoró de la obra de Auguste Rodin hacia 1900 y encargó una serie de esculturas”, relata.

"Con lo raro y lo complicado que era Warhol hay que imaginarse que aquel encuentro no fue fácil. En un momento determinado Warhol estaba manipulando debajo de la mesa algo"

Hoy, cuatro de esas esculturas dan la bienvenida al visitante del museo madrileño, el grueso de cuya colección procede, sin embargo, del hijo y del nieto de August Thyssen. “Su hijo Heinrich, el primer barón, se centró en la pintura antigua, del renacimiento al siglo XVIII, y quiso crear en Villa Favorita, en Lugano, un museo con obras de todas las épocas, como las que había visto en los museos alemanes”, explica Solana.

El hijo de Heinrich, Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza (1921-2002), conocido como Heini, y casado en quintas nupcias con Carmen Cervera, actual baronesa Thyssen-Bornemisza y principal impulsora de la sede madrileña de la colección, tomó el relevo a su padre dando el salto al arte moderno. “Últimamente he descubierto cosas muy interesantes sobre el coleccionismo de Heini, un hombre extraordinariamente avanzado para la educación que había tenido”, afirma. “A partir de 1961, seguramente influido por su tercera esposa, Fiona Campbell-Walter, que era muy moderna, y por algunos amigos como Niarchos y Rockefeller, se puso a comprar arte moderno. Por ejemplo, compró un pollock en 1963, que era algo tremendamente avanzado”.

Carmen Cervera y Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza en Barcelona en 1992.
Carmen Cervera y Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza en Barcelona en 1992.

Afirma Solana que una de las grandes pasiones del barón fue el arte pop. La colección madrileña contiene obras de tótems como Rauschenberg, Lichtenstein, Rosenquist o Wesselmann. Sin embargo, falta el más importante de todos ellos: Andy Warhol. “Siempre me había sorprendido que no hubiera ninguna obra de Warhol en la colección de Heini, y hace relativamente poco descubrí la razón de ello”.

Solana relata una anécdota leída en las memorias de Simon de Pury, su antecesor como conservador jefe de la colección familiar en la época en que tenía su sede en Villa Favorita, un fastuoso palacio a orillas del lago Lugano (Suiza) del que la familia se desprendió en 2015. “Simon de Pury cuenta que la cuarta mujer del barón, Denise Shorto, una heredera brasileña muy guapa, socialite, tenía un hermano que frecuentaba el círculo de Warhol. Era un hombre muy social, probablemente cocainómano [Nota: Simon de Pury lo corrobora en El subastador: aventuras en el mercado del arte al describirlo como “un hombre con un ojo maravilloso, pero una nariz terrible debido a su desafortunado abuso de la cocaína”], y estaba empeñado en que Warhol hiciera los retratos de su hermana y del barón. Consiguió que su hermana posara, pero para conseguir que el barón hiciera lo propio se llevó a Warhol a Villa Favorita. Organizaron una cena. Con lo raro y lo complicado que era Warhol hay que imaginarse que aquel encuentro no fue fácil. En un momento determinado Warhol estaba manipulando debajo de la mesa algo, y Heini le preguntó que qué tenía ahí debajo. Warhol, cándidamente, sacó su grabadora y se la enseñó. Warhol llevaba siempre encima su grabadora, la llamaba My wife Sony, porque documentaba todos los eventos sociales, y probablemente creyó que grabar su cena con el barón le iba a salir gratis. Pero Heini se enfadó tanto que Warhol no volvió a Villa Favorita. Y por eso hoy tenemos ese hueco en la colección”. Tremendamente molesto, el barón no quiso abrir su museo a las obras de Warhol.

Villa Favorita, casa familiar de los Thyssen, en 1965.
Villa Favorita, casa familiar de los Thyssen, en 1965.

Un hueco, en cualquier caso, suplido de sobra con la presencia de otros artistas a los que el barón sí frecuentó asiduamente. “Por ejemplo, Francis Bacon y Lucian Freud eran pintores importantes en la época en que el barón empezó a adquirir obra suya, pero estableció una relación de amistad que no esperarías de una figura como él. Se iba a Londres, bebía con ellos, charlaba con ellos y siempre estaba muy implicado con ellos”, recuerda.

En una época en que el mercado del arte se parece cada vez más al bursátil, Solana reivindica las “corazonadas” por las que el barón Thyssen se guiaba como coleccionista. “Los visitantes americanos siempre se sorprenden de que le diera por coleccionar pintura estadounidense, toda una excentricidad en un coleccionista europeo”, explica. “Él era muy de estas corazonadas”, añade. “Se apasionaba con una obra, y no siempre conseguía su objetivo. En 1961 intentó conseguir un gran cuadro de Rembrandt, Aristóteles contemplando el busto de Homero, y peleó por él en una subasta. Pero el precio subió demasiado y finalmente se lo llevó el Metropolitan de Nueva York, donde hoy se puede ver. Heini siempre decía que no haberlo conseguido era una de sus grandes frustraciones”.

Hoy el coleccionismo de la familia Thyssen se ha bifurcado. Por un lado, Carmen Thyssen-Bornemisza se ha centrado en la pintura española de los siglos XIX y XX. Y la hija del barón, Francesca Thyssen, se ha lanzado al arte contemporáneo a través de una fundación, TBA21, que a partir del año próximo comenzará a colaborar con el museo madrileño mediante dos exposiciones anuales. Las estrategias imaginativas se imponen en un mercado del arte que no se parece a aquel en el que el barón Thyssen desarrolló la mayor parte de su colección.

Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza.
Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza.

Precisamente en esa dinámica actual profundiza la programación de Apertura Madrid Gallery Weekend, el evento en el que Solana colabora y que aspira a acercar el circuito galerístico capitalino al público más general. “Echo muchísimo de menos algunas de las grandes galerías que ya han desaparecido, que son las de mi juventud, las que visité en los ochenta y los noventa”, explica Solana a propósito de este tema. “Nos quedan Elvira González y Helga de Alvear. Fernández Braso ha recogido mucho de lo mejor de esa época. Y luego hay una generación de galeristas, por ejemplo los de Doctor Fourquet, que se mueven con medios y espacios muy inferiores a las de las grandes galerías de aquella época, pero que tienen un mérito, una inteligencia y un espíritu admirable”.

Dado que su charla está enmarcada en el coleccionismo de los Thyssen, le pedimos un consejo para los nuevos coleccionistas que, por ejemplo, vayan a estrenarse comprando alguna obra esta temporada. “La pasión es la primera lección que se puede extraer del coleccionismo de los Thyssen”, responde. También la continuidad del esfuerzo. A veces el coleccionismo es un impulso de un momento, pero la continuidad lo es todo. Hay que coleccionar pensando siempre en mantener un tamaño sostenible. Coleccionar de forma progresiva, sin compras locas. Esto es incluso aplicable a las agencias públicas. ¿Por qué gastar mucho dinero cuando hay presupuesto en lugar de aprovecharlo para crear, por ejemplo, una colección de fotografía que pueda crecer a lo largo del tiempo?”.

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