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Riesgos serios

La debilidad económica de Alemania puede arrastrar al resto de Europa

La canciller alemana, Angela Merkel, el pasado 12 de agosto durante una reunión de su partido en Berlín.
La canciller alemana, Angela Merkel, el pasado 12 de agosto durante una reunión de su partido en Berlín. AFP

Los temores a una recesión están siendo apoyados por los indicadores y por unos mercados financieros inquietos por esa conformación de la curva de tipos de interés que demanda más rendimiento por prestar a dos años que por hacerlo a diez. En varias ocasiones en las que esa inversión de la curva ha tenido lugar, la última durante la crisis, ha sido una válida señal que anticipaba la recesión. Para los bonos del Tesoro de las principales economías los niveles absolutos de esos tipos son históricamente reducidos, negativos en algunos casos. Mal presagio que se añade a los registros de menor crecimiento en las principales economías del mundo.

Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China y el Brexit hace tiempo que pasaron sus primeras facturas, pero ahora son mucho más explícitas. Desde luego en las economías más dependientes de las exportaciones. El caso de Alemania es el más destacado. En el segundo trimestre de este año, su PIB se ha contraído un 0,1%, reeditando los temores recesivos que ya emergieron en la segunda mitad del año pasado. Desde entonces, y a pesar de una política monetaria manifiestamente laxa y una evolución del tipo de cambio del euro favorecedora de las ventas al exterior, las economías europeas siguen acusando el repliegue del comercio internacional. Alemania, la verdadera locomotora de la región, acabará arrastrando al resto. Los indicadores de crecimiento para el conjunto de la UE en ese mismo segundo trimestre dejan pocas dudas de la desaceleración.

Es la industria automovilística la más dañada por esas tensiones, y con ella el conjunto de la producción industrial alemana. De la importancia de ese sector dan cuenta las estrechas vinculaciones con otros europeos insertos en las muy interdependientes cadenas de producción que conforman. España es un caso muy representativo al respecto.

Con independencia de lo que ocurra en la escalada comercial y geopolítica abierta, las autoridades alemanas no deben dejar pasar más tiempo para evitar males peores. El exceso de complacencia, extrapolando la capacidad de resistencia mostrada por la economía alemana durante la pasada crisis, sería una temeridad. Los datos, y la ausencia de un final a corto plazo de las tensiones comerciales, obligan a tomar decisiones consecuentes también con el deterioro de los indicadores de confianza de los propios consumidores y de las empresas.

Por eso Alemania tiene que utilizar el amplio margen que sus finanzas públicas le permiten para estimular planes de inversión pública, en infraestructuras viales y digitales y en energías renovables, entre otras, que neutralicen los ya suficientemente elevados riesgos de recesión. Y con ellos los que amenazan al resto de las economías europeas. El nivel excepcionalmente reducido de los tipos de interés deja lugar a pocas dudas acerca de la conveniencia de hacer de la necesidad virtud. La austeridad a ultranza es ahora la peor compañera del bienestar y de la estabilidad del conjunto de Europa.

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