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Político o gobernante

Sánchez debería copiar a los líderes europeos de otras democracias multipartidistas, alcanzando un acuerdo de gobierno con los socios necesarios

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez; la presidenta del partido, Cristina Narbona, y la portavoz, Adriana Lastra, durante la reunión de la Permanente de la Ejecutiva Federal del partido.
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez; la presidenta del partido, Cristina Narbona, y la portavoz, Adriana Lastra, durante la reunión de la Permanente de la Ejecutiva Federal del partido. EFE

Pedro Sánchez es hoy el mejor político de España, pero eso puede ser un inconveniente para ser el mejor gobernante. Nadie interpreta tan bien como él qué quieren los electores clave en cada instante. Así derrotó a los barones socialistas primero, robó a votantes de Iglesias después, para metamorfosearse en Macron luego, empujando a un Ciudadanos a la deriva todavía más a la derecha. Y consiguiendo el milagro de que, en el entorno más competitivo, el PSOE sea el primer partido en intención de voto en un vasto espacio que va desde la extrema izquierda hasta bien entrado el centro.

El instinto de Sánchez le permitirá sobrevivir como presidente, pero no gobernar. Porque gobernar no es mirar el presente, sino el futuro. Y, de momento, Sánchez es más un político —que intenta minimizar las fugas de voto por negociar con partidos radicales— que un gobernante —que maximiza las medidas a poner en marcha, aunque se manche pactando con los intocables—. Tarde o temprano Unidas Podemos se rendirá y le entregará sus votos a un precio rebajado. Y, con el apoyo puntual de otras fuerzas minoritarias, Sánchez será investido. Con suerte, aprobará alguna ley y quizás unos Presupuestos, pero no un programa de gobierno.

Para eso, debería copiar a los líderes europeos de otras democracias multipartidistas, alcanzando un acuerdo de gobierno con los socios necesarios para llevarlo a cabo durante la legislatura. La fórmula consiste, primero, en sentarse en la misma mesa con todos los partidos susceptibles de formar una alianza. Y segundo, en ser discreto sobre las negociaciones hasta consensuar un común denominador de políticas a ejecutar. Ahora ocurre lo contrario. Tenemos un espectáculo mediático, con filtraciones de conversaciones confidenciales, y mesitas (o, más bien, whatsapps) con algunos socios.

No sirve la excusa de que nos falta cultura de pacto. En pocas naciones vemos las rocambolescas coaliciones que sostienen a muchos de nuestros alcaldes o presidentes de diputación.

Tampoco necesitamos una reforma constitucional para facilitar la investidura. Suavizar el artículo 99 sería contraproducente. El problema de verdad no es salir investido, sino aprobar leyes después. Si damos poder a quien no podrá ejercerlo, favoreceremos a los candidatos que antepongan ser investidos a gobernar. Y en La Moncloa no queremos a un gran político, sino a un gran gobernante. @VictorLapuente

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