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El problema no son las reglas

Pedro Sánchez improvisa una reforma constitucional como remedio a su pasividad negociadora

Pedro Sánchez, en una imagen tomada en Badalona el pasado 18 de abril. Ampliar foto
Pedro Sánchez, en una imagen tomada en Badalona el pasado 18 de abril. AFP

Pedro Sánchez no consigue reunir los números de una investidura convencional, pero aspira agilizarla mediante una reforma constitucional cuyo principal estímulo premia a la lista más votada y cuya problemática viabilidad requiere un consenso de tres quintos de la Cámara. O sea, que pretende solucionar un problema creando uno mayor. E incurriendo en una paradoja: si no hay consenso para hacerlo presidente con más síes que noes, menos puede haberlo para modificar a su medida las tablas de la ley españolas.

La ocurrencia es impropia de la responsabilidad de un estadista, un remedio casero que reniega de la muerte del bipartidsmo y de las obligaciones de una negociación flexible, madura, europea, aunque Sánchez se esmera en demostrarnos que el ultimátum del 10 de noviembre no obedece a su pasividad, o a su tacticismo, sino a la obstinación de las demás fuerzas políticas.

Tanto reprocha a Podemos sus ambiciones ministeriales como denuncia el bloqueo conceptual de Ciudadanos, aunque la mayor excentricidad del mercadeo la han protagonizado últimamente los diputados del PSOE que facilitaron la investidura de Mariano Rajoy. Piden al PP un gesto de filantropía parecido. Y un ejercicio de amnesia: coronarían al mismo candidato que renegó de Rajoy-“no es no”- y que convirtió aquel tabú en la munición de su resurrección política.

En realidad, la “gran” propuesta de Sánchez hasta la fecha consiste en que le hagan presidente. No pacta un programa, ni un proyecto. No ofrece condiciones ni tampoco las acepta. Quiere a la vez el apoyo de Podemos y de Ciudadanos. Reclama al PP un gesto honorable de adhesión. Solicita que se pongan de perfil los soberanistas. Y aspira a una investidura por aclamación parlamentaria. Espera salir bajo palio por la puerta de los leones. Solo le falta pedirle el voto a Santiago Abascal en nombre de la estabilidad patriótica.

No hace falta cambiar la Constitución para agilizar una investidura, como ayer decía Sánchez temerariamente en TVE. El problema no son las reglas, sino las posiciones inflexibles, los dogmas y la tradición celtibérica del cainismo. Se le pueden reprochar a los demás actores del melodrama, pero Sánchez es el libretista y el responsable de la dramaturgia.

Es la razón por la que ha apelado al recurso teatral del "deus ex machina". Ha improvisado una solución providencial que se resiente del oportunismo y de las contradicciones. Sánchez quiere ser presidente por el procedimiento contrario que le permitió evacuar y sustituir a Rajoy.

Y defiende la lista mas votada porque encaja exactamente en su problemática particular, pero no hace falta reformar la Constitución para conseguir el objetivo. La solución es más sencilla que reunir  tres quintos de la Cámara a expensas de tabú fundacional. Le basta con sumar 175 diputados. Y trabajarse un poco la investidura en lugar de fingir un gran sabotaje exterior.

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