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Las letras

Temer a la muerte no es aconsejable y cuando nos asalta suele ser por la muerte de otros, no la nuestra

Rafeael Sánchez Ferlosio en la Biblioteca Casanatense de Roma en 2005.
Rafeael Sánchez Ferlosio en la Biblioteca Casanatense de Roma en 2005.

Solía Malraux definir la muerte como “lo irreparable”, y quizás sea ese su carácter más helador. Temer a la muerte no es aconsejable y cuando nos asalta suele ser por la muerte de otros, no la nuestra. Es el rastro que deja la muerte lo que agobia. En un poema muy cursi decía Tagore que lo inconcebible era que tras su muerte los pájaros siguieran cantando. Y sin embargo, esa es la parte buena de la muerte: que sin duda aquellos a quienes los muertos abandonan seguirán cantando. Tardarán meses, años, pero cantarán de nuevo.

Lo irreparable va por otra senda, más oscura, más augusta. Quienes seguimos en vida tras una muerte cercana sabemos que ya no volveremos a compartir nada con el desaparecido. Eso es lo irreparable. Rafael Sánchez Ferlosio nos dejó en abril. Este mes de julio nos hemos reunido unos amigos, espoleados por Fernando Savater, para compartir a Ferlosio en la revista Claves que él dirige. A todos cuantos hemos escrito sobre Ferlosio nos ha parecido que de ese modo aún estaba presente. Así que cambiábamos una proposición, un verbo, un adjetivo para que le gustara más. Si te paras a pensar, es absurdo, es imperdonable, es espiritismo. Sin embargo, los que hemos contribuido teníamos la certeza de que Rafael nos estaba vigilando por encima del hombro.

Es uno de los más insolubles enigmas de la literatura: que da vida. No es una metáfora, es verdad literal. La literatura da vida a los humanos como el agua se la da a las plantas. Y aquellos que no se alimentan con la literatura, se agostan. ¿Cómo es posible semejante disparate? Lo explica Ferlosio en uno de sus pecios, recogido en la revista: “En el silencio de mi noche ardiente, las letras, locas, gesticulan voces”. Es que siguen cantando, Rafael, siguen cantando.

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