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La vida del expresidente Lula tras un año de cárcel

Está enamorado y quiere casarse cuando salga en libertad. Su novia, Rosângela da Silva, es socióloga y controla sus visitas en prisión

El expresidente brasileño Lula da Silva, en una sala de la cárcel de Curitiba en Brasil.
El expresidente brasileño Lula da Silva, en una sala de la cárcel de Curitiba en Brasil.

Todo empezó con una nota oficial que desmentía la información de que el expresidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva tuviera un perfil en Tinder. Dos días después, el pasado 16 de mayo, se hizo pública la noticia de que Lula, de 73 años, está enamorado y pretende casarse en cuanto salga de la prisión. El político permanece en la cárcel desde hace poco más de un año, cumpliendo una condena de 12 años y un mes por corrupción pasiva y lavado de capitales. “Lula está en excelente forma física. Está enamorado y su primer proyecto al salir de la prisión es casarse”, reveló Luiz Carlos Bresser-Pereira, economista y amigo del expresidente, después de visitarlo.

La novia de Lula se llama Rosângela da Silva, es socióloga y es quien controla las visitas que el expresidente recibe en la cárcel. No se conoce su edad, pero fuentes del Partido de los Trabajadores especulan que tendrá entre 40 y 45 años. Antes de Rosângela, a quien conoce desde hace años, Lula estuvo casado durante más de cuatro décadas con Marisa Letícia Rocco, hasta que ella falleció en 2017 debido a un accidente cardiovascular cerebral. Con ella tuvo tres hijos: Fábio Luís, Sandro Luís y Luís Cláudio, aunque también adoptó a Marcos Cláudio hijo de una anterior relación de ella. Y él mismo tenía ya otra hija, Lurian. Desde la muerte de Marisa, Lula no había presentado públicamente a ninguna nueva pareja.

Rosângela, a quien el exmandatario llama cariñosamente Janja, lo visita cada jueves, una vez que la familia del expresidente se va. Suelen charlar durante cerca de una hora, pero no existen visitas vis a vis, una situación de la que Lula se queja con frecuencia.

La socióloga Rosângela da Silva.
La socióloga Rosângela da Silva.

“Me encantaría estar en casa con mi mujer, mis hijos, mis nietos, con mis compañeros”, dijo Lula en una entrevista a EL PAÍS el pasado mes de abril. El expresidente ahora lleva una alianza en la mano derecha. Se la regaló Rosângela un día que le preguntó si la relación de los dos era seria, según la información que ha difundido la revista Época. Cuando él contestó afirmativamente, ella fue implacable: “Entonces vas a llevar eso”. Según la misma publicación, los hijos de Lula no reaccionaron bien al enterarse del noviazgo y todavía no aprueban totalmente la relación de su padre. En las redes sociales, Rosângela solo tiene agregada a una nieta de Lula, Bia Lula, hija de la primogénita del expresidente brasileño.

Aunque a los más cercanos al político no les gustó la indriscreción que a su juicio cometió Bresser-Pereira, hay quien cree que se trata más bien de un gesto pensado y dedicido por Lula, quien quiso hacer una demostración pública de cariño hacia su novia al mencionar los planes de boda.

Con excepción de las visitas de su pareja y de algunos familiares y amigos, Lula pasa casi todo el tiempo solo. No está en una cárcel común, sino en una celda de unos 15 metros cuadrados, que cuenta con una televisión, una estancia adaptada para él en la sede de la Policía Federal en Curitiba (ciudad de la región sur de Brasil). Un grupo de sus incondicionales sigue acampado frente a la prisión desde su encarcelamiento y le saluda cada día con gritos de “buenos días”, “buenas tardes” y “buenas noches”.

“Yo sinceramente no sé cómo podré agradecer a todas esas personas su apoyo algún día”, comentó Lula a EL PAÍS. Esos admiradores han estado a su lado en los dos momentos más duros que ha vivido estando en la cárcel: las muertes de su hermano Genival Inácio da Silva, a los 79 años, ocurrida a finales de enero, y la de su nieto Arthur Araújo Lula da Silva, que falleció a los siete años debido a una infección generalizada.

De héroe del pueblo a villano encarcelado

Lula cumple una condena por blanqueo de capitales y corrupción en una operación de compra de una vivienda de tres pisos en la playa de Guarujá (São Paulo). El inmueble fue reformado por una constructora que tenía contratos con Petrobras, donde fue destapada una trama de corrupción. La justicia revisó el 23 de abril la pena, que era de 12 años y 1 mes, a 8 años y 10 meses, lo que abre la posibilidad a un arresto domiciliario a partir de septiembre. Pero todavía tiene pendientes otros seis procesos judiciales. Él afirma que demostrará su inocencia.

En esa ocasión, la Justicia brasileña autorizó que el exmandatario saliera de la cárcel y viajara para asistir al funeral del niño, en Sao Bernardo do Campo, región metropolitana de Sao Paulo. “A veces pienso lo fácil que habría sido que el muerto hubiera sido yo. Porque ya he vivido 73 años, podría morirme y dejar que mi nieto viviera”, dijo Lula, llorando, en su conversación con EL PAÍS.

Lo que más preocupa al expresidente es la situación de su familia, sobre todo de sus cinco hijos, después de que se congelaran sus bienes para pagar una multa de dos millones de euros impuesta por el Superior Tribunal de Justicia de Brasil. “Espero que se descongelen los bienes por lo menos para que mis hijos puedan sobrevivir dignamente. Me preocupa. Me preocupa mi hijo, que me viene a ver siempre”, dijo Lula en aquel encuentro.

Él considera que sus hijos son víctimas de una persecución, la misma que, según cree, llevó al fallecimiento de su mujer Marisa. “Doña Marisa murió por lo que le hicieron a ella y a sus hijos. Doña Marisa perdió la motivación para vivir, ya no salía de casa, no quería hablar sobre nada más. Por eso sufrió un accidente cardiovascular. Pero no piense que por eso me voy a quedar con el corazón lleno de odio. No, aquí hay mucho sitio para el amor”, afirmó entonces.

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