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Municipios invisibles

Sean cuales sean los Gobiernos que surjan tras las elecciones, no pueden seguir postergándose las respuestas que necesitan los pueblos y ciudades que van quedándose a la vera del camino

Manifestación de 10.000 personas el 10 de febrero en Teruel.
Manifestación de 10.000 personas el 10 de febrero en Teruel. EFE

El domingo, los españoles están llamados a elegir a los alcaldes que van a gobernar más de 8.000 municipios durante los próximos cuatro años. Se trata de localidades minúsculas, pequeñas, medianas, grandes, incluso inmensas como las grandes capitales, por lo que la naturaleza de sus problemas, y la manera de enfrentarse a ellos, no pueden abarcarse de un solo trazo y analizarse de manera conjunta. Según el tamaño, la localización, su historia y sus recursos, los responsables que resulten electos habrán de librar sus batallas respectivas cada uno a su manera. Hay, sin embargo, algunos elementos que permiten conformar un telón de fondo que comparten buena parte de los municipios y que tiene que ver con sus problemas de financiación, con la brecha cada vez mayor entre campo y ciudad, con el envejecimiento de la población, con el abandono de los más jóvenes que no encuentran oportunidades y tienen que emigrar, con las comunicaciones, con las dificultades de conexión a la Red y los desafíos de las nuevas economías, con la protección del medio ambiente.

El poder local es el primer peldaño de la Administración, y es también ahí donde se establecen los vínculos más estrechos entre la ciudadanía y sus políticos. Esa relación de proximidad, que podría facilitar respuestas pragmáticas y acuerdos transversales frente a cada contingencia y facilitar proyectos, puede también precipitar respuestas emocionales cuando cientos de miles de personas de las zonas más deprimidas observan cómo las cadenas de valor de la globalización les pasan por delante dejándolos abandonados en la cuneta. En otros casos, la fuente de inseguridad y de miedo procede del estallido de burbujas económicas en algunas ciudades que producen crecimientos fulgurantes y caóticos, pero la respuesta es la misma: refugiarse en esas promesas de soluciones rápidas y rotundas. Esta campaña electoral, salvo algunas proclamas genéricas sobre la llamada España vaciada, ha vuelto a dejar en la penumbra buena parte de los problemas que atenazan a los poderes locales. La mayoría de los municipios siguen siendo invisibles. El riesgo ante tanto desentendimiento es que, ante los complejos desafíos de unas sociedades sometidas a profundas transformaciones, calen los mensajes y las soluciones simples que proponen las fuerzas populistas. La rabia y la frustración son los ingredientes más poderosos para fabricar liderazgos demagógicos. 

Sean cuales sean los Gobiernos que surjan tras las elecciones del domingo, del ámbito local al europeo, no pueden seguirse postergándose las respuestas que necesitan esos pueblos y ciudades que van quedándose a la vera del camino al hilo de las transformaciones recientes. Dejarlos a la intemperie provoca riesgos para las propias democracias. Se necesita un momentum municipal.

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