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Inventar el pasado a destiempo

Cada vez más voces regresan sin complejos a los mitos fundadores del siglo XIX para hablar de una historia que ignoran

Carol Baker, en una escena de la película 'El gran combate', dirigida por John Ford.
Carol Baker, en una escena de la película 'El gran combate', dirigida por John Ford.

El siglo XIX fue esencial para la construcción de las naciones europeas. Muchas nacieron entonces y otras se forjaron culturalmente. En Francia, por ejemplo, la mayoría de la población no tenía el francés como primera lengua, sino que hablaba sus dialectos regionales, una situación que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX. En las trincheras de la Primera Guerra Mundial, muchos soldados eran incapaces de entender las órdenes de sus superiores porque no hablaban el mismo idioma. Esa construcción nacional necesitaba mitos fundadores. Así, por ejemplo, se hablaba de “nuestros antepasados los galos”, una frase que se enseñaba incluso en las escuelas de las colonias francesas de Indochina y África. Cada país tuvo su Rudyard Kipling que ayudó a cimentar una identidad y, de paso, a justificar el dominio de tierras y países a miles de kilómetros de distancia.

Todo eso cambió durante el siglo XX y los mitos se fueron resquebrajando. Con las revoluciones de los años sesenta, los viejos clichés nacionales resultaron insostenibles y muchos países se volcaron en conocer su auténtica historia, el pasado que se habían perdido entre las fanfarrias. La evolución del wéstern lo explica muy bien (al fin y al cabo, Estados Unidos fue fundado por europeos). Las películas de vaqueros crearon toda una mitología de hombres libres, de caravanas que avanzaban hacia el Oeste para fundar una nueva sociedad. Los indios eran, en el mejor de los casos, una molesta presencia en la aventura civilizatoria y, en el peor, unos salvajes asesinos.

Pero eso también cambió. Ninguna película expresa con tanta precisión ese camino como El gran combate (Cheyenne Autumn en su versión original), el último y magistral wéstern de John Ford, de 1964, en el que el maestro pidió perdón a los indios a los que retrataba con una dignidad emocionante frente a las mentiras y los expolios del hombre blanco. “Incluso un perro puede ir donde quiera, pero no un cheyene”, exclama unos de los indios, privado de sus tierras y de su libertad.

Aquí, en España, se hacen oír cada vez con más fuerza corrientes que regresan sin complejos a los mitos fundadores de la nación del siglo XIX, que reescriben una historia que ignoran totalmente, olvidando que los países se hacen grandes y fuertes por su capacidad para mirar a su pasado de frente, no para idealizarlo.

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