Columna
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Cómo salvar nuestra democracia

La sobrerreacción de la izquierda a los pactos con Vox es simétrica a la exaltación de Casado y Rivera contra Sánchez

Intervención de Pablo Casado en el Congreso ante Pedro Sánchez, la vicepresidenta del Gobierno y la ministra de Justicia.
Intervención de Pablo Casado en el Congreso ante Pedro Sánchez, la vicepresidenta del Gobierno y la ministra de Justicia.Jaime Villanueva

La democracia en España no está en peligro. Por eso tenemos que salvarla. Si se deteriora al nivel no ya de Polonia o Hungría, sino simplemente de Italia, las opciones de recobrar una vida democrática sana serán difíciles.

El bucle en el que ha entrado Italia desde hace un cuarto de siglo no es excepcional, sino parte de un patrón bien conocido en todo el mundo. La ley de hierro de los populismos es que, tras un líder electo que, para rescatar al país de una crisis, desprecia a la clase política y coquetea con discursos populistas, viene otro líder todavía más populista. Tras Berlusconi, un hereje del sistema, ha llegado Salvini, un fundamentalista del odio. Y, en Venezuela, tras un Rafael Caldera que se rasgó las vestiduras, abjurando de la élite partidista y apelando directamente al pueblo, ascendió al poder Hugo Chávez. Gran parte de la Europa excomunista ha padecido el mismo fenómeno: políticos que alcanzan el Gobierno con el objetivo de limpiar el sistema y que son sustituidos por detergentes aún más contundentes.

Frente a esta degeneración, los controles constitucionales son necesarios, pero no suficientes. Una democracia requiere que sus actores se comporten siguiendo unas reglas informales. Morales, no jurídicas. En su reciente y ya famoso Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt subrayan dos normas que las élites partidistas deben seguir para proteger a una democracia de reveses autoritarios: la tolerancia mutua y la autocontención institucional.

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Los líderes políticos tienen que tolerarse. Deben respetar a sus adversarios electorales, y considerarlos tan patriotas, ajustados a la ley y decentes como ellos. A grandes rasgos, nuestros partidos mayoritarios se han tolerado recíprocamente desde la Transición, a diferencia de sus antecesores en la Segunda República. Y, por cierto, eso es lo que la mató, no los fusiles. Pero el respeto mutuo se está perdiendo a pasos agigantados. Y las culpas están repartidas. La sobrerreacción de la izquierda a los pactos con Vox es simétrica a la exaltación de Casado y Rivera contra Sánchez. El segundo dique moral frente al caos es evitar acciones que, aunque legales, sean excesivas e imprudentes. Como decretos leyes in extremis o querer aplicar en Cataluña un artículo 155 con esteroides.

Cuando nuestra democracia muera sola, recordemos que entre todos la mataron. @VictorLapuente

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