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Soraya Rodríguez, ¿de la rosa al naranja?

La diputada, que ha abandonado el PSOE tras 38 años, no descarta unirse a Ciudadanos

Soraya Rodríguez

Soraya Rodríguez (Valladolid, 1963) ha abjurado del PSOE tanto como el PSOE parece haber abjurado de ella. De hecho, la noticia de su renuncia al carné de la rosa, justificada por una alergia al sanchismo, fue expuesta a una coreografía de la indignación. Empezando por el secretario de organización del partido, cuya beligerancia verbal retrataba implícitamente la envergadura o el hueco de la exdiputada: “Siento tristeza y horror político”.

El tremendismo tuvo repercusión en otras voces de relevancia. Su colega vallisoletano Óscar Puente hablaba de “cinismo insoportable”. Carmen Calvo remarcaba que un verdadero socialista nunca abandona el barco del PSOE. Y José Blanco, eurodiputado en Estrasburgo, se arrepentía de “haberla apoyado tanto tiempo”. “¿Y los principios? ¿Es mejor abrazarse a la derecha?”, se preguntaba estupefacto el exministro de Rodríguez Zapatero.

Era una reacción preventiva no tanto a la espantá de Soraya Rodríguez, como a la hipótesis de que se alojase en otro partido. Ninguno más propicio que Ciudadanos. La propia protagonista nos confirmaba que el viaje al territorio naranja es una posibilidad verosímil.

Verosímil y dolorosa, toda vez que el carné del PSOE fue para Soraya Rodríguez la manera de celebrar la mayoría de edad. Lo adquirió a los 18 años bajo la devoción a Felipe González. Y como instrumento militante en la lucha del feminismo. Quiso ser fiscal Rodríguez, pero la carrera de abogada le permitió defender a las mujeres maltratadas en la primera casa de acogida que se había creado en Valladolid en 1996. Transcurridos 23 años, Soraya ha madurado la decisión de marcharse después de haber recorrido todos los jalones del escalafón: concejal, eurodiputada, secretaria de Estado, diputada nacional y hasta portavoz en el Congreso.

Provenía del zapaterismo. La promocionó Alfredo Pérez Rubalcaba. Y se ha quedado sin aire en los tiempos del sanchismo. Es verdad que formaba parte de los 84 diputados con que acaba de expirar la legislatura, pero también pertenece a las señorías que protagonizaron la abstención a la investidura de Rajoy (2016). Sánchez renunció entonces a su acta de dipu­tado. Y regresó al trono de Ferraz por medio de unas primarias que le opusieron a Susana Díaz. Soraya Rodríguez se había alineado con la lideresa andaluza. Y se ha alojado en la disidencia conceptual. Porque recelaba del gobierno en minoría. Porque rechazaba los acercamientos al soberanismo. Y porque expuso su indignación cuando apareció en escena la figura incendiaria del “relator”.

Se le había declarado una brecha a Sánchez en el grupo parlamentario y se le habían sublevado contemporáneamente las baronías, empezando por la indignación de García Page en Castilla-La Mancha, de forma que Soraya Rodríguez, cabecilla de la revuelta en los medios, ya asumía entonces que podían represaliarla en las listas de las elecciones del 28 de abril. “Y lo entiendo perfectamente”, señalaba a EL PAÍS. “Tan natural es que yo pueda discrepar de la línea actual del PSOE, como que el PSOE no me considere entre sus recursos políticos”.

Tanto impresionó a Zapatero en un mitin que la ungió como candidata a la alcaldía de Valladolid

El divorcio se precipita después de una relación de 38 años, aunque la carrera adquirió vuelo a finales de los noventa, primero como diputada en Estrasburgo y luego como recurso de la política municipal. Tanto le impresionó a Zapatero en un mitin que la ungió como candidata a la alcaldía pucelana (2007). La apuesta se malogró con la mayoría absoluta de León de la Riva (PP), pero no detuvo la trayectoria de Soraya Rodríguez. El presidente socialista la elevó al rango de secretaria de Estado de Cooperación (2008-2011), y Rubalcaba la escogió como portavoz en el Congreso (2012-2014). Soraya la socialista se enfrentaba a Soraya la popular. Vallisoletanas ambas. “Cuando salía a discutir con ella, me conformaba con empatar”, evoca Rodríguez sobre su contrincante. “Eran tiempos difíciles. El PP era un rodillo. Sáenz de Santamaría era dura, pero nunca intoxicaba los debates”.

Los dos años que han sucedido a la experiencia han sido probablemente los más duros. Y los más expuestos al hostigamiento de los militantes sanchistas. Del primer plano al tercero, Rodríguez representaba más la resignación que la resistencia a la estrategia de Pedro Sánchez. Ha dispuesto de más tiempo para leer —Delibes, Dueñas, novela histórica, poesía—, para estrechar relaciones con el cine español —Coixet, Almodóvar, Bollain—, para disciplinarse con Pilates. Y ha roto el carné del PSOE lejos de toda impulsividad.

“Yo estuve allí”, fue el lema de los socialistas que arroparon a Rubalcaba cuando su rival histórica, Carme Chacón, cuestionó la gestión del PSOE y del Ejecutivo en los estertores del zapaterismo. Firmó Soraya Rodríguez el manifiesto. Y abrió distancias con la exministra de Defensa, pero el lema ha recuperado un valor premonitorio. Estuvo allí, pero ya no está.

“Mi sitio es el constitucionalismo”, concluye. “Si hay partidos que lo representan mejor que el PSOE, no creo que deba escandalizarse nadie, pero me produce tristeza que se me llamé tránsfuga o traidora. Yo no he traicionado al PSOE…”.

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