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joaquin reyes

La nueva informalidad, una movida muy tocha

Un cómico en apuros se planta en una fiesta tratando de adivinar entre los invitados cuál es la mejor manera de presentarse en un acto público. Su investigación le ha permitido descubrir que el fin de la etiqueta es la tendencia

LA SONRISA de un concejal de urbanismo. Esa es la bonita imagen que viene a mi mente cuando me invitan a un cóctel de noche. No son el esmerado catering ni la barra libre de primeras marcas mis principales motivaciones, sino la oportunidad de vestirme para la ocasión y pavonearme desplegando mi encanto manchego.

En mi armario empotrado descansa el traje de las bodas y en cuanto llega la invitación lo oigo canturrear feliz: “Ahí vamos otra vez”. Es de color rojo burdeos —el armario digo; bueno, más bien son las puertas las que están pintadas en ese color—. Las decoré también con un vinilo de mi frase favorita enmarcada en elegantes arabescos: “Cuando deseas algo con mucha fuerza, todo el universo conspira para ayudarte a conseguirlo”.

El traje en cuestión es gris metalizado. Lo suelo combinar con una camisa blanca de cuello italiano (que es el más favorecedor para mi tipo de rostro diamante), con una corbata de color siena (cinco veces tuve que ver el tutorial para lograr hacer el nudo Fishbone, aunque mereció la pena porque aporta algo de fantasía y también lanza un mensaje inequívoco de superación), y remato mi outfit con unos zapatos negros acharolados de pico de pato. Los adquirí en un outlet por 40 ­euros, y si bien es cierto que son medio número menos, obligándome a encoger los deditos, por otro lado aportan a mi caminar un cierto aire pizpireto.

El último sarao al que fui convocado lo organizaba una multinacional tabacalera responsable de un artilugio con el que fumas sin echar humo. Comprobé su eficacia con mi amigo Juanfran; por mucho que se afanaba en succionar, no exhalaba nada de nada. Era bonito y relajante verle boquear como un pez. Juanfran trabaja ahora en Londres. El otro día me llamó a las dos de la madrugada para contarme que estaba muy preocupado porque paga unas facturas muy abultadas a su compañía de telefonía móvil: “¡­Macho! ¡Es un montón de dinero! y no lo entiendo…”, decía. “Es que es mucho, mucho…, ¡una barbaridad!, y no sé a qué se debe… Voy a llamar para quejarme, ¡me van a oír!”, repetía. “Es que son más de 300 euros lo que apoquino. ¡Es que no puede ser que pague tanto!”, y así estuvo su buena hora y media.

No es la incontinencia verbal su principal problema. Juanfran es pelirrojo y se conjunta fatal; se empeña en vestir prendas de color verde. Ya le he advertido mil veces que verde y rojo, patada en el ojo. No me hace ni caso, pasa de mi body.

Perdonen, queridos lectores, la digresión. Se me ha ido la olla a Camboya. ¡Cómo me gustan las expresiones que riman! “Más a gusto que un arbusto”. “Me piro, vampiro”. “Vaya toalla”. “En fin, Serafín”. “Como mola la gramola”. “La caña de España”. “Tengo un hambre que da calambre”… La elegancia también consiste en expresar los pensamientos de una forma bella.

Acudí a la fiesta lleno de expectativas y nada más entrar me topé con un camello; un ejemplar de Camelus bactrianus. Estaba tan tranquilo abrevando. A su lado, un dealer abrevaba también apaciblemente. Los distingo a simple vista porque tienen dos jorobas. Los otros tampoco se me suelen escapar. Este vestía de manera descuidada, con sudadera de capucha gris, camiseta blanca y pantalón vaquero roto por el uso (las prendas parecía que se habían caído desde un tendedero).

El único normal era yo, con mi traje gris metálico, camisa de cuello italiano, corbata siena con nudo Fishbone y zapatos de pico de pato con talla ajustada

Cuál fue mi sorpresa cuando reconocí su cara, era un director de cine muy talentoso. Años atrás habíamos tenido cierto trato. De hecho, en otra fiesta, llegó a prometerme un papel protagonista para una de sus películas: “Quiero que hagas de superdotado”, me dijo. Pasado el tiempo, tararí que te vi.

Hay un término en alemán para mostrar el placer obtenido por la mala suerte de una persona, no era mi caso, yo no estaba schadenfreude en absoluto. Me entristeció, sinceramente, descubrir que se había convertido en un barco a la deriva. Pregunté si me vendía algo, solo por ayudar; se rio en mi cara tomándoselo a broma. “Qué lástima, se ha visto en la obligación de disimular”, pensé. Pero de repente me fijé en la gente que me rodeaba y toda mi reflexión se desmoronó. ¿Cómo iban vestidos los invitados? ¿Qué eran esas prendas inverosímiles? Chaquetas de tactel, pantalones con aberturas laterales, tops, plumíferos… “¡Bambos!”1. Empecé a sentirme languidecer, además, con la espiral de colores que me envolvía. Una especie de delirio que iba desde el magenta al amarillo mostaza, pasando por el azul Klein y terminando en el verde Formentera —sin olvidar el naranja butano—. Esto no era new native. Era una locura “conejil” (aunque lo peor estaba por venir). En ese momento anunciaron la actuación musical estelar, y ante los focos apareció la cantante con un chándal y unos tacones… tra, tra.

Estaba claro que todo el mundo se había vuelto loco y el único normal era yo, con mi traje gris metálico, mi camisa de cuello italiano, mi corbata siena con nudo Fishbone y mis zapatos de pico de pato medio número más pequeños. Me faltaba el aire y estaba a punto de desmayarme. Algo parecido a lo que me pasó cuando me enteré de que la flecha lanzada por el arquero Antonio Rebollo en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, en realidad, nunca aterrizó en el receptáculo. Dirigí mis pasitos pizpiretos hacia el camello, me subí en él y nos alejamos al trote cochinero. No fue ­fácil, el animal no colaboraba. Por un momento pensé que quizá hubiera sido mejor idea encaramarme en el director de cine. En todo caso, ya era tarde. El periplo hasta mi casa duró unos 10 minutos, pero se me hizo larguísimo; llegué a quedarme traspuesto entre las ­jorobas. Soñé con un embajador en chándal, con un premio Nobel en chándal, con Nicolás Maduro en chándal…

Cuando desperté, el camello me había puesto el pijama e introducido en la cama. Volví a desvanecerme…

A las dos de la madrugada, mi teléfono empezó sonar. Era una llamada entrante desde Londres.

—Juanfran, ¿eres tú? —contesté aturdido.

—Sí, tío, me he enterado de una movida muy tocha. ¿Sabes lo que es la nueva informalidad en la moda? Supone el fin de las etiquetas, de las convenciones y la apuesta por la comodidad… Incluso vestirse como un traficante de drogas es tendencia, se llama sleazecore

(1) Bambo: término que utilizo como murciano consorte para referirme a las zapatillas de deporte.