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La quimera de británicos y catalanes

Las negociaciones con la UE han demostrado que reclamar la independencia nacional en un mundo global carece de sentido

El negociador jefe sobre el Brexit, Michel Barnier, durante su comparecencia este martes ante el Congreso de los Diputados.
El negociador jefe sobre el Brexit, Michel Barnier, durante su comparecencia este martes ante el Congreso de los Diputados. EFE

Las mentiras no suelen superar la prueba del tiempo. Menos aún si estas se basan en conceptos obsoletos capaces, eso sí, de inflamar los espíritus. En un mundo globalizado en el que la humanidad ha tejido una maraña de complejas relaciones, una mayoría de británicos se dejó seducir por una quimera: recuperar la soberanía nacional.

La realidad es, sin embargo, tozuda y las complicadas negociaciones con la Unión Europea no solo han evidenciado las falsedades; también la inviabilidad de una independencia propia del siglo XIX doscientos años después. Los jóvenes británicos demostraron con su mayoritario rechazo al Brexit que conocían mejor que sus mayores cuál es el presente y el futuro de un mundo en el que se desdibujan las fronteras, se juega en grandes bloques y la economía, la política y la cultura llevan tiempo adaptadas a un ecosistema global.

El populismo vive de arengar a las masas con vanas promesas. Recoge réditos a corto plazo en las urnas. Pero sus adalides se contradicen desde el primer día. Boris Johnson defiende la recuperación del “control democrático” retirando a su país de los órganos de decisión de la UE. Al tiempo, dice que no se le puede dar la espalda porque Reino Unido es parte de Europa. La semana pasada, en la reunión de seguridad de Múnich, el ministro de Defensa británico Gavin Williamson aseguraba, mientras su Gobierno negocia el Brexit, que hay que permanecer unidos.

El secesionismo catalán abraza la independencia de España y aseguraba en un principio querer que Cataluña se representara por sí sola ante las instituciones europeas. Busca la plena soberanía y autodeterminación, pero recurre a la tutela de Bruselas y a la de los órganos jurisdiccionales europeos al tiempo que rechaza al mejor socio comercial de su patria: el resto de España. A los independentistas, como a los brexiters, las negociaciones reales no les convienen porque ponen al descubierto el sinsentido de caminar contra la historia abrazando el espejismo de la independencia en un mundo en el que ya nadie es señor de su tierra, en el que se comparte la soberanía a través de instituciones supranacionales de todo tipo.

Las dificultades de romper lazos con la UE, a la que Londres se unió hace solo 46 años, no son comparables a las que se han enfrentado y enfrentan territorios entrelazados durante siglos a una nación, como la provincia canadiense de Quebec y, por supuesto, Cataluña. De lograr la independencia, esta devendrá en la práctica en un formalismo desconectado de la realidad.

La buena noticia es que algunos partidos populistas y euroescépticos, como la extrema derecha de Suecia, Francia y Alemania, además de la izquierda gala, han empezado a aparcar sus soflamas de abandonar la UE.

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