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Gobernar con o sin independentistas

El problema catalán explica gran parte de los problemas de gobernanza del país

Pedro Sánchez el pasado viernes en La Moncloa.
Pedro Sánchez el pasado viernes en La Moncloa.

Las elecciones de los próximos meses cerrarán del primer ciclo electoral del nuevo multipartidismo español. Un ciclo caracterizado por el relativo éxito de pactos de gobierno a nivel local y regional, que contrasta con la marcada inestabilidad de los pactos en el nivel nacional. Una diferencia que seguramente se deba a que, en los niveles regionales y municipales los pactos de gobierno no han necesitado del apoyo de los independentistas catalanes para formar coaliciones de gobierno ideológicamente coherentes. La cabezona aritmética parlamentaria generó un equilibrio de poder en el que, si PP o PSOE (o Podemos y Ciudadanos) no querían tener que gobernar juntos por la incompatibilidad de sus proyectos, se necesitaba el apoyo ERC y PDeCAT.

El problema catalán explica gran parte de los problemas de gobernanza del país en los últimos años. Y es probable que también explique su futuro desarrollo en el nuevo ciclo. O los electores hacen un giro ideológico que genere una mayoría absoluta clara en alguno de los dos espacios, o los partidos independentistas catalanes seguirán siendo un actor capaz de vetar y hacer imposible la generación de mayorías con capacidad para implementar reformas de calado. La búsqueda de soluciones al problema catalán es importante, no sólo por lo que implica tener un conflicto de estas características abierto. También porque está dificultando la gobernanza y la generación de alternativas de gobierno en el estado.

El problema es que, como nos han enseñado los últimos años en Cataluña, las personas tendemos a actuar muy condicionadas por nuestro comportamiento pasado. Resulta muy difícil romper las dinámicas de polarización una vez han empezado, especialmente si los votantes les dan su apoyo. La solución del conflicto pasa porque unos y otros reconozcan la imposibilidad de imponer su solución para Cataluña, que se sienten en una mesa y empiecen a buscar espacios de diálogo que permitan volver a la normalidad democrática. Por ahora parece que resulta más rentable electoralmente, y más fácil psicológicamente, negar esta realidad y boicotear cualquier intento de diálogo. Las soluciones no son fáciles, y para muchos resulta más cómodo no buscarlas.

El 28 de abril abriremos un nuevo ciclo electoral, parece que con un partido más en la mesa. Los españoles vamos a tener la primera palabra a la hora de decidir qué lo va a caracterizar. De las elecciones saldrá la respuesta a tres preguntas: ¿Hay una mayoría Vox-PP-Ciudadanos que permita la creación de un gobierno estable de derechas? ¿Hay una mayoría PSOE-Podemos que permita la creación de un gobierno estable de izquierdas? ¿Hay un mensaje claro de los votantes independentistas en favor de abandonar las demandas autodeterminación en la negociación? Si, la respuesta a las tres preguntas es no, nos encontraremos en una situación muy similar a la de 2016, y nuestros representantes volverán a tener la responsabilidad de definir el futuro del ciclo. ¿Forman coaliciones que crucen el centro ideológico? ¿Se abre de nuevo la posibilidad de pacto con los partidos independentistas? El precedente catalán no invita a ser optimistas. Pero todos deberían tener claro que el futuro funcionamiento de la gobernabilidad y la alternancia en España está sobre la mesa.

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