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Annie Leibovitz desempolva lo mejor de su archivo

La fotógrafa, a punto de cumplir 70 años, repasa sus años de ‘rock and roll’ y sus coqueteos con las drogas en una retrospectiva

Annie Leibovitz, en la galería de Los Ángeles (California) donde expondrá su obra, el pasado miércoles 13 de febrero.
Annie Leibovitz, en la galería de Los Ángeles (California) donde expondrá su obra, el pasado miércoles 13 de febrero. Getty Images

“Tienes que esperar hasta que te mueres. Entonces sí, estará bien”. A un paso de cumplir los 70 (el próximo 2 de octubre), Annie Leibovitz no es que piense ya en la muerte. Pero la ronda como una sombra la realidad de su situación: la de una artista veterana que ha elegido la fotografía como medio de expresión y, por eso mismo, es observada con cierto desdén desde las altas instancias del arte. “Mira por lo que tuvo que pasar Richard Avedon, siempre le hicieron sentirse avergonzado por publicar en revistas”, continúa, refiriendo al maestro de la imagen de moda, héroe personal desde sus días de estudiante. Suerte que la exposición que inaugura el sábado en la galería Hauser & Wirth de Los Ángeles haya sido tramada para cambiar esa percepción.

Annie Leibovitz. The Early Years, 1970-1983: Archive Project No. 1 no es una retrospectiva al uso, o no solo. También (o sobre todo) es la reivindicación del trabajo de una artista cuya obra explica el último medio siglo. “Merece ser contextualizada como una de las grandes creadoras del siglo, junto a pintores y escultores”, arguye Marc Payot, socio y vicepresidente de la galería, abanderada en representar la fotografía como producto cultural. “Siempre he pensado en mi trabajo como arte. Yo sé lo que soy”, zanjaba por su parte la interesada en The New York Times.

En realidad, la muestra se vio hace un par de años en la Fundación LUMA de Arlés (Francia), como parte del programa Living Archive, que integra diversas formas de creación —cine, danza, diseño, fotografía— desde 2011. Ahora la propia Leibovitz se ha ocupado de seleccionar cada una de sus algo más de 4.000 instantáneas, realizando la edición gráfica de lasmás significativas de sus primeros tres lustros de carrera.

“No tenía ni idea de lo que podría suponer abrir semejante caja de Pandora”, concede la fotógrafa al diario. “Me habría encantado ser Cartier-Bresson en tan decisivo momento. La idea era transmitir una sensación abrumadora, contemplar las fotografías no de manera individual, sino como un todo, como una pequeña película sin fin”.

Anna-Lou Leibovitz (Waterbury, Connecticut, 1949) compró su primera cámara en verano de 1968, a poco de empezar a estudiar en el Instituto de Arte de San Francisco. Quería ser profesora de pintura. Hasta que Avedon, Robert Frank y Henri Cartier-Bresson le salieron al paso en una de las clases. Con fotos que tomó en un kibutz israelí el año siguiente, se presentó en la redacción de Rolling Stone, entonces faro contracultural no solo musical, sino también social y político.

Annie Leibovitz, retratando al Papa Francisco en junio de 2018 en El Vaticano. ampliar foto
Annie Leibovitz, retratando al Papa Francisco en junio de 2018 en El Vaticano. CORDON PRESS

“La verdad es que no sabía lo que hacía. Solo me dejé llevar”, dice Leibovitz. “De joven, tenía miedo de obsesionarme y volverme loca. Ahora lo veo como una señal, y esta exposición es mi manera de decirles a los jóvenes fotógrafos que, tarde o temprano, uno encuentra su camino”. El suyo no ha estado sembrado de rosas, en parte por esa obsesión confesa que le sirvió tanto para sumergirse hasta lo más profundo de historias y personajes que retrataba como para dejarse arrastrar por la situación.

De su periplo como fotorreportera de la gira estadounidense de The Rolling Stones, en 1975, no solo quedan las que, probablemente, sean las imágenes más honestas y vulnerables de la banda británica, sino también una espiral de sexo, drogas (duras) y rock & roll difícil de superar. “Trabajando en Rolling Stone, la droga era cultura; la cocaína, nuestro combustible”, reconocía Leibovitz en el documental Life Through A Lens, dirigido por su hermana Barbara a instancias de la cadena PBS en 2018. “Era una adicta total cuyo cuerpo fue depositado sin ceremonias a las puertas del hospital por su camello en múltiples ocasiones”, refiere Jann Wenner, fundador de la revista que le dio su primer empleo, en su escandalosa biografía, Sticky Fingers (Canongate Books, 2017).

“Desearía haber sido más lista”, confesaba cuando inauguró su muestra Women: New Portraits, encargo del banco UBS, en 2016. Es, quizá, su forma de explicar/exculpar sus vicisitudes, como cuando estuvo al borde de la ruina y el desahucio, en 2009, incapaz de hacer frente al préstamo millonario que había pedido para reformar su residencia de Manhattan. Su financiera la amenazó incluso con quedarse con los derechos de su obra. “Voy a tener que enviar a mis hijas a una escuela de negocios, para que no repitan mis errores”, bromeaba a costa de sus retoños, Sarah Cameron (que tuvo en 2001, a los 52 años, por inseminación artificial), y las gemelas Susan y Samuelle (por gestación subrogada, en 2005).

Instalada desde los 80 como retratista de la más glamurosa celebridad, Leibovitz tiene ahora la oportunidad de reencontrarse con su esencia en esta muestra (hasta el 14 de abril). “Soy artista y siento como tal”, sentencia. “Lo único que me ha preocupado siempre es la creación”.

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