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Paz lejana

Si las tropas de EEUU abandonan Afganistán sin un acuerdo de paz, condenarán al país a un nueva guerra civil

Militares estadounidenses patrullan en Afganistán, en agosto.
Militares estadounidenses patrullan en Afganistán, en agosto. REUTERS

La retirada de las tropas de Estados Unidos de Afganistán no significa la paz. Más bien puede indicar todo lo contrario. Es una buena noticia que se trate de buscar una salida negociada a un conflicto que ha destrozado el país centroasiático y que se prolonga, en diferentes fases, desde hace 40 años, provocando un sufrimiento humano imposible de medir. Pero si las tropas estadounidenses desplegadas desde 2001 abandonan el país sin un acuerdo de paz claro con los talibanes, que incluya a su vez un pacto entre las milicias radicales y el Gobierno afgano, el país se verá inmerso con toda seguridad en otro conflicto interno en el que solo habrá de nuevo un perdedor: la población civil.

La guerra comenzó en Afganistán en 1979, cuando entró el Ejército soviético para defender a un Gobierno títere comunista, mientras la CIA ponía todos los medios posibles a disposición de muyahidines, más o menos radicales, que acabarían en algunos casos por volverse contra sus financiadores, como ocurrió con Osama Bin Laden. Sin embargo, cuando la URSS se retiró en 1989, el país cayó en una guerra civil mucho peor que todo lo que se había vivido hasta entonces. Los talibanes salieron victoriosos y a finales de los años noventa se hicieron con el 90% del territorio, condenando a los afganos, y sobre todo a las afganas, a un régimen de terror y sometimiento.

Fueron expulsados del poder en 2001, tras el 11-S, no por las atrocidades que cometían, sino por dar refugio al organizador de aquellos atentados, Bin Laden. Desde entonces, EE UU ha combatido una guerra que no puede ganar ni perder, apoyando en Kabul a un Gobierno débil que no controla una parte importante del territorio bajo su responsabilidad. Los talibanes tampoco se han mostrado capaces de ganar, aunque sí de provocar un daño constante e indiscriminado contra los civiles, a golpe de atentados y matanzas. Como en Duelo a garrotazos, de las pinturas negras de Goya, es una guerra en la que los combatientes están condenados a hacerse daño eternamente, sin victoria, ni derrota.

Por eso tiene sentido que se intente buscar un acuerdo de paz, aunque haya que negociarlo con unos actores tan siniestros como los talibanes. Pero si la Administración de Trump se deja llevar por el egoísmo, el cortoplacismo y la información defectuosa, como ha sucedido en Siria, la retirada sería el primer acto de un nuevo conflicto, al que ahora se sumaría el ISIS. Exigir a los talibanes que no vuelvan a albergar a terroristas en su territorio tiene sentido, pero una salida sin un acuerdo global de paz convertiría a Afganistán en un peligroso foco de inestabilidad, regional y global, y al pueblo afgano en víctima de una guerra eterna.

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