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La corriente invisible

Zúñiga ilumina lo que no recogen los libros de historia

Juan Eduardo Zúñiga en su casa de Madrid, en 2010.
Juan Eduardo Zúñiga en su casa de Madrid, en 2010.

En uno de los textos incluidos en Desde los bosques nevados, el libro en el que Juan Eduardo Zúñiga reunió lo que ha ido haciendo sobre los escritores rusos que tanto ama, recuerda que un día de primavera Antón Chéjov salió de caza con su amigo el pintor Isaak Levitán y que “éste disparó a un pájaro que tenía un plumaje muy bello y que cayó herido allí cerca; no supieron qué hacer con el pobre animal y tuvieron que rematarlo, apenados por la evidencia de haber actuado estúpidamente dando muerte a un ser que tenía derecho a la vida”.

Zúñiga cuenta ahí algunos de los avatares que rodearon el proceso de construcción de La gaviota, la primera de las grandes obras de teatro de Chéjov. Habla, por ejemplo, de la cantidad de cosas que el escritor ruso fue tomando de su propia vida para hacerlas revivir en esa pieza con otros ropajes y a través de distintos personajes, y con esa mirada tan suya que atiende a lo secundario, a lo pequeño, a lo intrascendente. Dice Zúñiga que Chéjov exploró en La gaviota maneras que rompían con el teatro que se había hecho hasta entonces, sustituyendo la “clásica línea argumental única” por “varias historias con su propio desarrollo e importancia”. Zúñiga hace suya esa tradición cuando se ocupa de la Guerra Civil.

Los cuentos de Largo noviembre de Madrid, Capital de la gloria y La tierra será un paraíso son justamente eso, “microargumentos”, destellos que iluminan la corriente invisible que no recogen los libros de historia y que muestra cómo fue la vida durante aquellos días y cómo padecieron los hombres y mujeres ese terrible proceso de destrucción que activaron los militares franquistas cuando rompieron con las armas la legalidad de la República. En Zúñiga palpita también ese espíritu que tanto se parece al de Chéjov y su amigo cuando observaron aquel pájaro que acababan de abatir: un íntimo y desolador pesar por la estupidez de una guerra que iba provocando la muerte de todas esas criaturas que “tenían derecho a la vida”.

El ruido de las sirenas y las bombas, las casas devastadas, la búsqueda de sexo para paliar la incertidumbre, los sueños de huir, los amores que se rompen, los afanes (incluso los más miserables) para lograr sobrevivir, y el sonido de la radio como telón de fondo: de pronto, la noticia de la muerte de un joven periodista inglés que colaboraba con las Brigadas Internacionales y que conducía una ambulancia en la carretera de Villanueva de la Cañada cuando algo le estalló caído desde el cielo. “Era miembro de una conocida familia inglesa, se llamaba Julien Bell y tenía 29 años”. Zúñiga contó los excesos del general Kléber o la muerte de la fotógrafa Gerda Taro, y fue levantando aquella atmósfera de ruinas para expresar la soledad, el abandono, el dolor o los sueños frustrados de todas esas personas rotas. En el camino, alguno de sus personajes descubrió que “el fundamental motivo de las guerras es la codicia de algunos, y que si un buen número de manos empuñan los fusiles, otras muchas se curvan sobre joyas y billetes, dando a los rostros un gesto desalmado”.

Juan Eduardo Zúñiga cumplió ayer 100 años. Un siglo entero, ¡qué inmensidad! Buena parte de ese tiempo lo ha ido gastando en agarrar la vida para convertirla en palabras. Muchas felicidades.

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