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OPINIÓN i

Cuando el miedo juega la partida

La escuela debe servir para erradicar la idea de que las diferencias biológicas determinan las sociales y acabar con los estereotipos y prejuicios de género

Un grupo de niñas de Perú.
Un grupo de niñas de Perú.

La Real Academia define miedo como la angustia por un riesgo o daño real o imaginario y como el recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. Miedo es lo que padecen 240 millones de niñas que sufren violencia cada día, pero también es lo que experimentan el resto de las millones de niñas y mujeres que viven con la amenaza de enfrentarse a ella a lo largo y ancho del mundo.

La violencia de género presenta magnitudes escalofriantes y tiene una presencia ensombrecedora que se advierte en todo el mundo e impacta a todos los niveles: en el físico, se daña el cuerpo; en el psicológico, la autoestima; en la violencia simbólica, se refuerzan roles y estereotipos tóxicos.

En el Informe Niñas libres de violencia, derecho a la educación, garantía de igualdad se estudia cómo se cruzan con el género otros ejes o factores que conllevan desigualdad: la situación de pobreza, la raza, etnia, diversidad funcional o situación de movilidad forzosa, entre otras. Así, no basta con evidenciar el sufrimiento de la niña, sino que debemos entender el lugar, el contexto, y las implicaciones que las diferentes condiciones en las situaciones que afrontan.

Esta mirada subraya la complejidad de la violencia de género, que se mediatiza por otros factores de discriminación que se suman al de ser niña, y que pueden aumentar exponencialmente su vulnerabilidad.

Las ensordecedoras cifras que nos devuelve esta pandemia global dan cuenta de la gravedad y urgencia de la realidad a la que nos enfrentamos:

  • Al menos 200 millones de mujeres y niñas que viven actualmente han sufrido la mutilación genital femenina. 3,9 millones de niñas fueron cortadas solo en el año 2015 y la mayoría antes de los 15.
  • 120 millones de niñas de todo el mundo (algo más de 1 de cada 10) han sufrido relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas. 15 millones de adolescentes de entre 15 y 19 años han soportado coerción sexual en su vida. Anualmente se registran en el mundo 7,3 millones de partos de adolescentes menores de 18 años en los países en desarrollo, de los cuales 1,1 millón se dan entre menores de 15 años.
  • Más de 750 millones de mujeres que viven actualmente en todo el mundo se casaron siendo con menos de 18 años. Cada año 12 millones de niñas son casadas antes de cumplir 18. Se estima que, en 2018, EL 40% de las mujeres jóvenes entre 20 y 24 años, en los países menos desarrollados (PMA) se han visto obligadas a casarse antes de alcanzar la edad adulta y un 12% lo ha hecho antes de los 15 años.
  • Se estima que de los más de 21 millones de personas que son anualmente objeto de trata, el 20% son niñas frente al 8% de niños. Aquellas que son explotadas sexualmente a menudo quedan atrapadas en espirales de violencia que incluyen violación, tortura, abortos forzados, inanición y amenazas de asesinato a familiares. El 99% de las 4,5 millones de personas traficadas y sexualmente explotadas son mujeres y niñas. La edad media de las niñas objeto de explotación sexual es de entre 11 y 14 años.

La vida de las niñas se ensombrece con el miedo a soportar situaciones de violencia porque vivimos insertas en un modelo o contrato social que privilegia a los niños y que las sitúa en desigualdad. El modelo de organización social, política y económica en el que vivimos se dibuja con la referencia del sujeto masculino: en el poder, la administración de los bienes, la producción de la cultura, el niño futuro hombre sigue siendo la parte privilegiada del contrato.

A pesar del creciente reconocimiento de la importancia de erradicar la violencia hacia las niñas el fenómeno continúa estando poco documentado. La percepción de algunos actos como no abusivos, su aceptación social o la vulnerabilidad en la que quedan a menudo al comunicar su experiencia, en particular el abuso sexual, son algunos de los factores que hacen difícil que se disponga de evidencias rigurosas sobre su dimensión y naturaleza, especialmente en los países en desarrollo.

Entendemos que la violencia no es un comportamiento natural, sino una actitud aprendida socialmente. En el proceso de socialización se adquieren valores y comportamientos en relación con el uso de la fuerza y la violencia muy vinculados a los roles de género. El modelo hegemónico de feminidad y masculinidad se construye sobre categorías opuestas y dicotómicas por las que se le asigna a los varones el rol de proveedores, el protagonismo en esfera del mundo público y la legitimidad para ejercer el uso de la fuerza y de amenazar con su uso, infiriendo ese miedo. Para ellas, queda reservada la esfera privada, el ser para los demás, la reproducción biológica y social y el cuidado de los otros.

Más de 750 millones de mujeres en todo el mundo se casaron siendo con menos de 18 años

En este modelo, la violencia se configura como el abuso del desequilibrio de fuerzas propias de las relaciones sociales y se orienta a controlar y dominar al otro, así quien ejerce el poder se asigna el poder de definir qué es lo correcto, lo incorrecto, lo verdadero, lo falso, lo bueno, lo malo y lo justifica como una forma de educar, poner límites, proteger, disciplinar...

¿La respuesta? Educar en igualdad. Romper el silencio, desnaturalizar, actuar.

La educación juega un papel fundamental en la construcción de un mundo libre de violencia y justo para todas las personas. La educación no sólo refleja las consecuencias de la discriminación de las niñas, sino que también, educando en igualdad podemos revertir las causas de dicha discriminación. La educación puede ser una potente herramienta de cambio: una educación de calidad, equitativa, inclusiva, transformadora, y que se orienta al compromiso por la construcción de sociedades más justas que desnaturalizan y rechazan la violencia.

La escuela debe servir para erradicar la idea de que las diferencias biológicas determinan diferencias sociales, y los estereotipos, prejuicios, roles, comportamientos y normas que se derivan de estas ideas de lo masculino y lo femenino. Debemos caminar encarecidamente hacia un modelo de escuela que integre en su práctica educativa como eje transversal el cuestionamiento y revisión de estos estereotipos y roles atribuidos, fomentando el desarrollo libre e integral de las potencialidades, intereses y capacidades de su alumnado, lo que constituye un ejercicio fundamental para defender los derechos de las niñas y transitar hacia sociedades más igualitarias.

El miedo tiene que dejar de jugar la partida en la vida diaria de la mitad de la población del mundo y para ello tenemos que exigir a aquellas personas que consciente o inconscientemente lo ejercen para que se revisen, lo identifiquen y lo rechacen y entonces se configuren como cómplices de la transformación de este contrato desigual que ensombrece y apaga la luz de millones de niñas y mujeres en el mundo.

Macarena Romero pertenece al área de Ciudadanía de Entreculturas.

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