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Bolsonaro y el futuro del pluralismo

¿Es la democracia pluralista un accidente histórico, o un equilibrio que resistirá los embates populistas?

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en su toma de posesión, el pasado 1 de enero.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en su toma de posesión, el pasado 1 de enero. REUTERS

Empezó 2019 y a las pocas horas Bolsonaro ya era oficialmente presidente de Brasil. El evento nos ofreció el marco perfecto para formular la pregunta clave del año que empieza: ¿es la democracia pluralista un accidente histórico, o un equilibrio que resistirá los embates populistas?

Invita a ser pesimista el creciente número de países en los cuales un sector de la población con suficiente poder y la intención de conservarlo ha ido desmontando las instituciones que servían como salvaguarda del equilibrio. Una lista no exhaustiva incluiría Filipinas, Rusia, Turquía, Hungría, Polonia, Venezuela, Nicaragua. Pero la competición se ha mantenido en otros lugares: Ecuador, Argentina, EE UU, Reino Unido, Austria o Grecia son todos ellos lugares donde proyectos iliberales se han plegado al peso del conflicto estable y de la consecuente alternancia.

¿De qué lado caerá Brasil? ¿Y México, donde AMLO bascula entre el pragmatismo y la tentación de una hegemonía partidista que recuerda demasiado al PRI que dominó el país durante la mayor parte del siglo XX? ¿Qué sucederá en excepciones que dejan de serlo, como España, donde 2019 terminará con un partido de extrema derecha con plataforma consolidada?

Es probable que no haya una respuesta única para todos estos lugares. Sabemos, por ejemplo, que los cordones sanitarios, las alianzas propluralistas, solidifican un bloque dispuesto a defender las instituciones pero al mismo tiempo refuerzan y alimentan los argumentos antiestablishment. El colaboracionismo de pluralistas y populistas, por el contrario, exigen soluciones a quien creció gracias a un discurso de enmienda a la totalidad. Le demandan la toma de decisiones, el cumplir con las expectativas creadas. A Bolsonaro, por ejemplo, se le pasarán las cuentas a final de año, y lo más probable es que no cuadren. Lo mismo pasará con AMLO. Como tampoco le cuadran a los adalides liberales, por cierto: véase el caso de Macron en Francia. Sin embargo, dar poder a un grupo que aspira a no cederlo jamás tiene el evidente problema de que tal vez lo consiga.

En otras palabras: no hay estrategias sencillas, que sirvan para cualquier ocasión y circunstancia. La consecuencia es que la esperanza del pluralismo, en Brasil y en el mundo entero, reside en que siempre haya alguien dispuesto a quitarle poder a quien lo tenga en ese momento. El conflicto permanente y fragmentado, maldición ineludible de cualquier sociedad humana, es también la única garantía de su éxito. @jorgegalindo

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