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Con un estruendoso aplauso

Los demócratas habían tenido el síndrome de la rana en el cazo. Pensaban que no podía pasar allí, que esto era propio de otras latitudes. Craso error

Un hombre recoge la papeleta en una cabina de un colegio electoral en Sevilla.
Un hombre recoge la papeleta en una cabina de un colegio electoral en Sevilla. EL PAIS

Perder una elección en democracia es normal. Lo que ocurre es que ahora también es normal perder la democracia mediante elecciones. Así ocurrió en aquel país. No hizo falta una asonada militar ni un general a caballo en el Parlamento, bastó con la elección de su nuevo presidente. Desde el ejecutivo, y con amplísimos poderes de emergencia, se pudo afanar en pervertir los dos intangibles que según Levitsky y Ziblatt son claves para sostener la democracia: la tolerancia al pluralismo social y la autocontención desde el poder.

Durante los primeros años de legislatura, el presidente fue usando su posición para ir restringiendo el margen de maniobra a partidos, organizaciones y medios de comunicación que no le eran afines. Pese a las acusaciones de juego sucio, la importante polarización social jugó a su favor. El apoyo de no pocos moderados se coordinó tras las propuestas extremas defendidas por el partido del presidente con tal de no ceder un paso ante el ya considerado “enemigo” político. En la siguiente convocatoria electoral sus políticas fueron refrendadas ampliamente al ensanchar su mayoría de gobierno.

Los demócratas habían tenido el síndrome de la rana en el cazo. Dado que la temperatura fue subiendo poco a poco no se apercibieron de hacia dónde discurrían los hechos, de modo que cuando intentaron reaccionar ya era tarde. Pensaban que no podía pasar allí, que esto era propio de lo que ocurría en otras latitudes, que las instituciones internacionales ayudarían a mitigar esta posibilidad. Craso error.

Pero no sólo importaba el cuándo, también el quién. Gran parte de los sectores críticos con el presidente venían de las familias políticas tradicionales, pero su apoyo social era cada vez más escaso. La razón era sencilla: una parte de los ciudadanos no olvidaban como ellos colaboraron durante años activamente en el deterioro de la institucionalidad pública. Unas élites que, en lugar de levantar cortapisas a su poder, se dedicaron a emplear las instituciones como un instrumento para su beneficio personal y político.

La corrupción, la pérdida de legitimidad de los tribunales de justicia y la degradación de la vida pública generó una desafección creciente. Dado que no pudieron o no quisieron reformar el perímetro de las reglas de juego, la sociedad empezó a ir por su lado y la política por el suyo. Por eso cuando estalló la segunda gran crisis, al presidente no le costó mucho que calara el “¡Que se vayan todos!”. Tenía una cierta racionalidad contestataria para unos votantes que ya no esperaban nada de sus miopes políticos. Y sí, quizá no sabían lo que implicaba ese voto de confianza al presidente, pero una vez llegados a ese punto se limitaron a despedir su libertad con un estruendoso aplauso.

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