COLUMNA
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Te falta empatía

Como escribió Milan Kundera, no hay nada más insensible que un hombre sentimental

Un mendigo, un hombre mayor, pide limosna en los soportales de la plaza Mayor de Madrid.
Un mendigo, un hombre mayor, pide limosna en los soportales de la plaza Mayor de Madrid. CLAUDIO ÁLVAREZ

¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, se preguntaba Groucho Marx, y parafraseando a Raymond Carver es difícil saber de qué hablamos cuando hablamos de empatía. El psicólogo Paul Bloom cuestionaba que fuera algo tan positivo como solemos creer. En su opinión, sentir lo que otros sienten es una aspiración loable y muchas veces útil —por ejemplo, para concienciar y movilizar—, pero en otras ocasiones es contraproducente. Entre los problemas que señalaba está su parcialidad: es más fácil sentir empatía hacia unos tipos de persona que hacia otros. Además, la empatía nos permite centrarnos en un caso concreto —el sufrimiento de una persona—, pero no distingue entre cantidades, y hace que nos conmueva más que algo que afecte a más gente. Bloom defendía que la compasión racional —basada en valorar que el otro sufre, no en sentirlo— era una actitud más interesante.

En determinado nivel, el prestigio de la empatía puede relacionarse con un cierto progreso moral, con una mayor intolerancia al sufrimiento de los demás, con una ampliación de nuestra imaginación ética. Y puede vincularse con la idea del liberalismo de Judith Shklar: el liberal es quien piensa que la crueldad es lo peor que se puede hacer. Pero muchas veces, deriva en una forma de lo que David Trueba ha denominado “tiranía de la ternura”, que combina opiniones gregarias, moralización y sentimentalismo. Jill Lepore ha escrito que la empatía, con su énfasis en el papel de las víctimas, produce distorsiones e injusticias en el sistema judicial estadounidense. Además, sirve para reforzar nuestros instintos tribales. A quien piensa de forma distinta le reprochamos que carezca de esa emoción, y que no tenga esa preocupación por el sentimiento de los demás justifica que no nos importe lo que le pase. Esto ofrece ventajas tácticas: puedes participar o aprobar un linchamiento y al mismo tiempo sentirte bien contigo mismo, que es de lo que se trata. Como escribió Milan Kundera, no hay nada más insensible que un hombre sentimental. Y quizá por eso, en nuestro tiempo piadoso, cuando echan al director de una revista, o una persona se enfrenta a una oleada de incomprensión o a ataques por una opinión impopular, siempre hay alguien que señala su error: “Le faltó empatía”. @gascondaniel

Sobre la firma

Daniel Gascón

Daniel Gascón (Zaragoza, 1981) estudió Filología Inglesa y Filología Hispánica. Es editor responsable de Letras Libres España. Ha publicado el ensayo 'El golpe posmoderno' (Debate) y las novelas 'Un hipster en la España vacía' y 'La muerte del hipster' (Literatura Random House).

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