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Cómo la gripe aviar dio forma a la Gran Guerra

Un siglo después de la gripe española, sabemos que no se originó en España, sino probablemente en Kansas, y que la pandemia no comenzó en humanos sino en aves

Era la primavera de 1918 y los campos de batalla a lo largo de la frontera entre Francia y Bélgica estaban repletos de cadáveres. A estos hombres no los habían derribado proyectiles o balas. Su atacante era un azote invisible, un atacante que vivía en los ríos de lodo, sangre y orina que goteaban de las trincheras, un atacante que flotaba en el aire.

Kaiserschlacht fue el nombre que se le dio a la última embestida de Alemania en la Gran Guerra. El general Erich Ludendorff era un comandante con los ojos hundidos, el bigote torcido de un villano del siglo XIX y una inclinación antisemita. Había enviado a las tropas de Alemania al frente occidental con la esperanza de que pudieran cambiar el rumbo de la guerra antes de que los estadounidenses llegaran para reforzar las fuerzas francesas y británicas. Era un plan sensato. Pero entonces empezaron los contagios.

Los efectos de la gripe eran como hechizos lanzados por una bruja de cuento de hadas cruel e imaginativa. Generalmente, las manos y la cara de las personas se volvían de un tono lavanda pálido, el resultado de una condición conocida como cianosis. Al cabo de unos días, la piel de algunas víctimas se volvía negra, luego se les caía el pelo y los dientes. Otros despedían un olor extraño, como a paja mohosa. Un médico describió haber visto a hombres asfixiándose hasta la muerte, "tenían los pulmones tan inundados de sangre, espuma y moco que cada respiración era como el graznido de un pato". La novelista estadounidense Katherine Anne Porter sobrevivió, pero no antes de que su cabello de ébano se volviera irrevocablemente blanco.

Cómo la gripe aviar dio forma a la Gran Guerra

En las trincheras los contagios fueron catastróficos, no solo para los soldados, también para los ejércitos. Hacia finales de primavera 900.000 soldados alemanes habían quedado fuera de combate, destrozando los planes de Ludendorff (aunque después de la guerra el general culpó de la derrota de Alemania a los judíos desleales). Sin embargo, el virus no respetó ninguna línea de batalla, ideología o alianza: en cuestión de semanas, hasta tres cuartas partes de las tropas francesas también enfermaron y más de la mitad de las fuerzas británicas sucumbieron. Destruyó unidades enteras, llenando hospitales improvisados con soldados febriles. "Teníamos fiebre alta y estábamos tendidos al aire libre con solo una sábana en el suelo", recordó Donald Hodge, un soldado británico superviviente.

La gripe se propagó rápidamente y, según la Organización Mundial de la Salud, "mató a más personas en menos tiempo que cualquier otra enfermedad anterior o posterior". Fue 25 veces más letal que la mayoría de las pandemias de gripe, que ya son muchas veces más mortales que la gripe estacional. Atravesó las trincheras como un reguero de pólvora, que podría haberse extinguido si no hubiera sido por el alto el fuego en noviembre de 1918 que envió a millones de soldados infectados a casa, esparciendo el virus por los cuatro rincones del mundo con eficiencia militar.

A medida que la gripe se extendía por todo el mundo, dejaba un tapiz de escenas espeluznantes a su paso. En Río de Janeiro, los sepultureros no daban abasto para enterrar a todos los muertos: un hombre describió haber visto mientras paseaba un pie humano "floreciendo repentinamente" de la tierra. En una aldea de Alaska no se pudo estimar el número de muertos porque los perros, hambrientos porque sus dueños habían sucumbido a la enfermedad, habían hecho agujeros en las chozas y devorado a los cadáveres.

Según la enfermedad y sus extravagantes síntomas se extendían, adquirió una confusa lista de apodos. Cada nación afectada ideó una etiqueta que echaba la culpa a otro grupo, una manera de evitar ser etiquetados como la fuente de la enfermedad y a la vez, en muchos casos, una manera de añadir notas de superioridad cultural xenófoba. En Senegal era conocida como la gripe brasileña; en Brasil, la gripe alemana. En Alemania era conocido como "Blitzkatarrh", mientras que para los españoles, la epidemia se convirtió en "el soldado de Nápoles". Los soldados ingleses que combatían en Francia usaron el término "Flanders grippe", mientras que los iraníes culparon a los británicos. Los japoneses, curiosamente, culparon a los luchadores: las primeras víctimas del país fueron estrellas de sumo. The New York Times describió el virus en un titular de junio de 1918 como una "epidemia extraña" que arrasó el norte de China.

Miembros de la Cruz Roja llevan a un enfermo de gripe española, en Saint Louis, Missouri (EE UU), en octubre de 1918. ampliar foto
Miembros de la Cruz Roja llevan a un enfermo de gripe española, en Saint Louis, Missouri (EE UU), en octubre de 1918.

Al final, la geopolítica dio al virus el nombre con el que se quedó. Aunque no llegó a España hasta mayo de 1918, el país, que era neutral en la guerra, no tenía ninguna razón táctica para censurar las noticias de muertes relacionadas con la gripe. Mientras británicos, franceses y alemanes fingieron que sus respectivas tropas eran inmunes, los medios españoles informaron abiertamente sobre sus víctimas de la gripe. Un chivo expiatorio se expuso voluntariamente. Por lo tanto, la pandemia mundial fue debida y estratégicamente marcada como una preocupación local: la gripe española.

Cuando la enfermedad se desvaneció casi tres años después, habían muerto hasta cien millones de personas, un número de víctimas superior al de las dos guerras mundiales juntas. El virus mató a más personas en 24 meses que el sida en 24 años; más personas en un año que la peste negra en un siglo. Tal como Laura Spinney, autora de Pale Rider, un libro reciente sobre la pandemia, lo describe, causó "la ola de muerte más grande" que la humanidad ha visto en más de 500 años.

Durante el siglo pasado, historiadores, epidemiólogos y virólogos han estado trabajando para encontrar cuándo y dónde se originó esta enfermedad. Tres teorías dominantes siguen siendo motivo de discusión junto a una pistola humeante.

La primera y más antigua teoría se remonta al siglo pasado. Los médicos militares que trataban a las víctimas en el frente creían que la gripe española provenía de China. "Todo salió del lejano oriente", dice Spinney. "Se creía que los chinos tenían poca higiene". Con el tiempo, se descartó la teoría por ser un estereotipo racista: al fin y al cabo, ¿cómo iba a salir un virus de un país rural relativamente cerrado? Sin embargo, más recientemente los historiadores han argumentado que, al menos, es factible. Los cuerpos de trabajo chinos, a menudo ignorados, eran un grupo de 95.000 trabajadores agrícolas que se ofrecieron voluntariamente para dejar sus aldeas y apoyar el esfuerzo de guerra británico. Muchos trabajaron detrás de las líneas para los Aliados, construyendo proyectiles, reparando tanques... Viajaron en barco a través de Canadá o Sudáfrica, dando la vuelta al mundo: eran el vehículo perfecto para la transmisión de un virus respiratorio.

La gripe se propagó rápidamente y, según la Organización Mundial de la Salud, "mató a más personas en menos tiempo que cualquier otra enfermedad anterior o posterior"

John Oxford, profesor de virología en la Escuela de Medicina Queen Mary en Londres, tiene una teoría diferente: una que señala al paciente cero estaba entre las tropas británicas estacionadas en Francia. En 1914, el ejército británico construyó un campo de entrenamiento en Etaples, Francia. Era un lugar notorio, "un campamento enorme y terrible", como lo expresó el poeta soldado Wilfred Owen, donde los hombres tenían una mirada "más terrible que el terror, como conejos muertos". El campamento tenía 24 hospitales para atender a los heridos y, entre el personal, un equipo de patólogos.

En diciembre de 1916, una epidemia de gripe llegó al campamento y mató a alrededor del 40% de los infectados que, antes de morir, se volvieron de color azul lavanda. Etaples era el hogar de cientos de miles de aves: hay decenas de fotografías que muestran a los hombres desplumando pollos, patos y gansos. ¿Podría haber comenzado en este campo, la incubadora perfecta para que un virus se volviese más virulento y, al mismo tiempo, se hubiese contenido hasta que adquirió la capacidad de transmitirse entre los seres humanos?

La fuente más probable, sin embargo, fue una granja en las zonas rurales de América. En marzo de 1918, Albert Gitchell, el cocinero de la cantina de Camp Funston, una base del ejército de EE UU en Kansas (ahora Fort Riley), se presentó en la enfermería del campamento quejándose de dolor de garganta, dolor de cabeza y fiebre. A la hora del almuerzo, la enfermería estaba llena de soldados que mostraban los mismos síntomas. En un mes, muchos habían informado de que el oficial médico del campamento se había visto obligado a requisar un hangar para albergar a todos los enfermos.

John Barry identificó en su libro de 2004 La Gran Gripe un brote de una enfermedad respiratoria en el condado de Haskell, a unos cientos de millas al este de Camp Funston, dos meses antes. Fue un brote agresivo, tan excepcional que un médico decidió informar de lo que estaba sucediendo: fue el primer registro de todo el mundo de un brote de gripe tan inusual que hasta un médico advirtió a los funcionarios de salud pública de su aparición.

Enfermeras cuidan a enfermos de la gripe española en tiendas al aire libre en Lawrence, Massachusetts (EE UU), en 1918. ampliar foto
Enfermeras cuidan a enfermos de la gripe española en tiendas al aire libre en Lawrence, Massachusetts (EE UU), en 1918.

El condado de Haskell era tremendamente pobre y estaba principalmente poblado por granjeros que vivían muy cerca de sus aves y cerdos. La teoría más convincente sobre el origen de la gripe española es que un joven del condado de Haskell se contagió del virus de algún ave de corral (quizá a través de un cerdo que hizo de intermediario), fue reclutado por las fuerzas expedicionarias y llevó la enfermedad al corazón de la máquina de guerra estadounidense.

Casi un siglo después, hay tres cosas ciertas: que el primer caso confirmado de gripe española no se originó en España, sino probablemente en Kansas, y que la pandemia no comenzó en humanos sino en aves.

Evidencia molecular

Además del argumento logístico sobre cómo se contagió y propagó la gripe española, está la evidencia molecular. Los virus de la gripe son increíblemente móviles y mutan constantemente: esta es la razón por la que actualmente tenemos que actualizar nuestras vacunas todos los años. No obstante, esto también significa que el propio histórico del virus nos permite rastrear su evolución. "Los científicos saben que dentro del huésped el virus acumula mutaciones a un ritmo constante", explica Spinney. "Pueden utilizar ese ritmo de mutación para averiguar qué virus estaban más cerca el uno del otro en el pasado y calcular el árbol genealógico y el origen de una cepa determinada".

Independientemente de su punto de origen, lo que sigue siendo llamativo acerca de esta pandemia centenaria es lo rápido y lo lejos que fue capaz de viajar en un mundo sin viajes aéreos masivos

En la Universidad de Arizona, Michael Worobey ha liderado el trabajo de crear un árbol genealógico de cada virus de la gripe que ha circulado entre humanos y otras especies en los últimos 100 años. A través de este trabajo, sabemos que la cepa que causó la gripe española es muy similar a la cepa que circula en las aves en América del Norte en ese momento. Como el H5N1 y H7N9, el virus de la gripe española encontró la manera de aferrarse a los humanos.

Independientemente de su punto de origen, lo que sigue siendo llamativo acerca de esta pandemia centenaria es lo rápido y lo lejos que fue capaz de viajar en un mundo sin viajes aéreos masivos. Al fin y al cabo, la mayoría de estas muertes ocurrieron en un período de 16 semanas, desde mediados de septiembre hasta mediados de diciembre de 1918.

Spinney cree que el virus se pudo haber adaptado para aprovechar las circunstancias de la guerra. "La mayoría de los virus se moderan para mantener a sus anfitriones con vida el tiempo suficiente para diseminarse a través de la tos y los estornudos", dice. "Pero las circunstancias peculiares de la Gran Guerra, con sus anfitriones apiñados en trincheras, los pulmones debilitados por el gas mostaza y muriendo en medio de multitud de balas y bombardeos de mortero, provocaron que la mejor posibilidad de supervivencia de la enfermedad era volverse inusualmente virulento".

Es probable que entre la primavera y el verano de 1918 el virus mutase a través de miles de rondas de evolución entre seres humanos, siendo cada vez más transmisible y mortal.

Para los epidemiólogos de hoy, la gripe española sigue siendo motivo de amenaza y advertencia. A raíz de la enfermedad, muchos países renovaron sus sistemas y los adaptaron para garantizar que nunca se repitiera.

Antes de 1918, los departamentos gubernamentales de salud dependían del dinero y poder de otros ministerios. Tras la gripe española, muchos se convirtieron en entidades separadas de forma que pudieran gestionar mejor y dentro del tiempo requerido una pandemia. La recopilación de datos de salud se empezó a hacer de forma sistemática. Los médicos ahora están obligados a notificar los brotes de gripe. La epidemiología se convirtió en una piedra angular en la salud pública. Rusia introdujo un primitivo sistema de salud universal en 1920 y otros países pronto siguieron su ejemplo: un reconocimiento de que, en una situación de pandemia, no se puede culpar a un individuo por contagiarse con una enfermedad, o tratarlo aisladamente. La sociedad debe ser tratada como un conjunto.

Este principio no siempre se ha defendido en pandemias posteriores: la crisis del sida, por ejemplo, estuvo marcada por la culpabilidad moral y el ostracismo de sus primeras víctimas, la mayoría de los cuales eran hombres homosexuales y heroinómanos. La primera mención del presidente Reagan sobre la enfermedad fue en 1987, después de la muerte de más de 25.000 personas en Estados Unidos.

Desafortunadamente, los desarrollos en medicina, atención médica y prevención se han visto contrarrestados por otros adelantos que hoy ayudan a que el virus sea más mortal. Nuestras escuelas son incubadoras de enfermedades en niños jóvenes y sanos. Nuestras carreteras, por las que transitan humanos y camiones cargados de animales, se han convertido en vías rápidas que llevan virus de una ciudad a otra. La democratización de los viajes aéreos ha permitido que un virus cruce hemisferios a una velocidad que hubiera sido impensable en 1918.

La pregunta ahora es cómo se podría ralentizar ese virus en un mundo que gira cada vez más rápido.

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