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ANÁLISIS i

Silencio, peligro de chantaje

Lo escandaloso es cómo ha sido posible que el excomisario haya pasado 23 años protegido por diez ministros del Interior mientras grababa un arsenal de bombas de relojería

José Villarejo.
José Villarejo.

Con el caso Villarejo se cumple ese error de fijar la mirada en el dedo cuando alguien señala la luna. Se gastan toneladas de tinta y saliva por unas grabaciones que hoy manchan a una ministra, ayer al Rey emérito y mañana a otros. Lo escandaloso, sin embargo, es cómo ha sido posible que el excomisario haya pasado 23 años protegido por diez ministros del Interior mientras grababa un arsenal de bombas de relojería y, a la vez, blanqueaba dinero, revelaba secretos y gestionaba una organización criminal, presuntos delitos de los que le acusan los jueces.

No hay respuesta de quienes le nombraron, mantuvieron y hasta condecoraron. Lógico, porque están bajo la amenaza de ser extorsionados y, sobre todo, porque el asunto se les ha ido de las manos a todos, incluido el excomisario.

El pecado original fue saltarse esa regla elemental según la cual un Estado debe elegir a hombres limpios para trabajos sucios. Es decir, para esas cloacas que algunos, con grandes dosis de hipocresía, dicen haber descubierto ahora.

El error se cometió en octubre de 1993, cuando la cúpula policial permitió a Villarejo compaginar su trabajo de funcionario con la actividad privada que le ha enriquecido. El desatino se emponzoñó más porque los datos que Villarejo pasaba a la policía se obtenían a veces con métodos prohibidos, como esa agencia de prostitutas que él describió ante la ministra Delgado y al juez Garzón, sin que estos, por cierto, lo criticaran.

Callaron seguramente porque también a ellos se les había ido de las manos la situación. Solo así se entiende que Garzón dijera al entonces comisario: “Eres un mal necesario”. ¿Qué quiso decir?

Interior ha confiado a Villarejo temas muy sensibles, como la fortuna de los Pujol, el disco duro del ordenador de Bárcenas, el patrimonio de Ignacio González, visitas a testaferros en el extranjero, seguimiento de protagonistas de la Gürtel o la actividad de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, amiga del rey Juan Carlos.

Cualquier lector distingue ahí entre encargos de Estado, ajustes de cuentas políticos o gestiones para entorpecer causas judiciales. Y, en paralelo, aún tenía tiempo Villarejo para atender su entramado de sociedades descubierto por este periódico y que incluía investigaciones a destacados empresarios. Demasiados artefactos explosivos de efecto retardado en una sola mano y a tiro de grabadora.

Y pese a todo, el establishment le abría las puertas. ¿Por qué no fiarse de ese “agente encubierto” y “patriota”, como se definía, en el que habían confiado diez ministros seguidos del Interior?

El problema está ahora fuera de control hasta para Villarejo. La difusión de algunas de sus grabaciones solo puede perjudicarle. La información solo es temible cuando no se suelta. Ya es tarde. El excomisario ha provocado a ese Estado que decía defender. Ese Estado no debe admitir chantajes y, por tanto, este asunto ya no se le puede ir de las manos un milímetro más.

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