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Chovinismo de bienestar

El debate entre nacionalismo y globalismo es una falsa dicotomía

El vice primer ministro italiano, Matteo Salvini, durante una rueda de prensa en Viena.
El vice primer ministro italiano, Matteo Salvini, durante una rueda de prensa en Viena. AFP

Una de las tentaciones de la política es unir a todos los adversarios en uno. Es una manera de economizar y de simplificar la lucha política. Todos mis adversarios pueden definirse con una sola etiqueta. Para la izquierda durante décadas esa etiqueta ha sido el neoliberalismo. Es un fenómeno real, pero a menudo se usa el concepto de manera indiscriminada. Se ha convertido en un sinónimo de capitalismo, y tiene también un sentido cultural: son las reglas del capitalismo tardío, y explica desde la “uberización” de la economía hasta la cultura pop contemporánea.

Todo lo que no le gustaba a la izquierda era neoliberalismo, hasta que llegó una ultraderecha contraria al neoliberalismo, que defiende una democracia auténtica, dice representar a un precariado político que ha perdido la voz, y propone un chovinismo del bienestar: redistribución económica, sí, pero para los de casa. El cierre de fronteras, entonces, se explica tanto cultural como económicamente: es una defensa de los valores nacionales y a la vez una defensa de la clase trabajadora nacional frente a las inclemencias de la globalización.

Esto ha despistado a una parte de la izquierda más materialista, a menudo nostálgica y todavía marxista. Si la ultraderecha es antineoliberal y protege a las clases trabajadoras, sugiere, entonces quizá hay que valorar lo que dice. Es lo que han planteado tres figuras cercanas a Podemos e Izquierda Unida (Monereo, Illueca, Anguita) en un artículo polémico. En él defienden el llamado “Decreto Dignidad” del gobierno italiano, que para los autores “constituye un notable esfuerzo por defender al pueblo italiano contra los señores de las finanzas y de las deslocalizaciones”.

Para los autores, el hecho de que el nuevo Gobierno italiano luche contra el “neoliberalismo” de Renzi es sinónimo de que no es de ultraderecha. Porque si me gusta, no puede ser de ultraderecha. El sector multicultural y más posmaterialista de Podemos, que es el mayoritario, les respondió con dureza y les acusó de blanquear a Salvini y sus políticas autoritarias y xenófobas.

La izquierda radical europea está coqueteando con los argumentos de la ultraderecha. En Francia, Mélenchon dijo hace poco que las élites económicas deberían sentir vergüenza por utilizar la inmigración para hacer presión sobre los salarios y los derechos sociales de los franceses (una postura falsa no muy alejada del “vienen a quitarnos el trabajo”). En Alemania, el movimiento “En pie”, formado mayoritariamente por miembros de Die Linke, apela al votante que se ha ido a la ultraderecha con una mezcla de nacionalismo y proteccionismo.

Es cierto que las clases bajas cada vez se sienten más atraídas por el discurso del populismo de derechas. Hay causas objetivas de descontento. Los Gobiernos europeos no han redistribuido los beneficios de la globalización. Pero el debate entre nacionalismo y globalismo es una falsa dicotomía. La globalización es un hecho, no una elección. El nacionalismo y el repliegue identitario sí que son una elección, y es la peor de todas.

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