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La ultraderecha se rearma

Progresistas, liberales y conservadores deben atraer de nuevo a los votantes

Viktor Orbán durante su discurso en el Parlamento Europeo.
Viktor Orbán durante su discurso en el Parlamento Europeo. REUTERS

Decía Tsipras la semana pasada en su intervención de Estrasburgo que el caldo de cultivo para el actual chovinismo y el extremismo europeos fue el fracaso a la hora de ofrecer una respuesta democrática a la crisis económica. Su apelación a una revolución democrática frente a un proyecto sitiado por el nacionalismo y la tecnocracia tenía sentido en un pleno del Parlamento Europeo sobre el futuro de la Unión, en un discurso donde resonaron con fuerza las efemérides del funesto rescate al país helénico. Por alguna broma macabra del destino, aquellos que en 2015 temían que fuerzas como Syriza quisieran cambiar Europa se enfrentan hoy a los ultras que desean dinamitarla.

Y es que la extrema derecha se ha convertido en la principal amenaza en su guerra por subvertir los principios fundacionales de la Unión. Nuestra ya deslucida identidad europea, basada en valores como la solidaridad, el humanismo o la justicia, está siendo sometida a una fuerte contestación por tendencias autoritarias que se van generando en países clave de la Unión, nacidas al calor de los nuevos populismos de extrema derecha. Son los alumnos aventajados del descontento y han sabido explotar la acústica emocional del presente. Como salidos de un pasaje de Steinbeck, parecen repetir: “La ira del momento, eso somos nosotros”.

Hace tiempo que los ultras vienen mostrando una asombrosa capacidad para coordinarse, y los Le Pen, Salvini y Orbán presentan ya las próximas elecciones europeas como “una cita con la historia” que podrá “cambiarlo todo”. Ese cambio puede venir de la aritmética parlamentaria que salga de las urnas del 26 de mayo, en el que la correlación de fuerzas tenga el suficiente impacto como para llevar su agenda, abiertamente chovinista y racista, al corazón del proyecto europeo.

Mientras, las fuerzas tradicionales continúan titubeando entre la cooperación y el conflicto, siguiendo el viejo juego de las naciones de Europa, sin que acaben de entender que los grandes retos sobre migraciones, seguridad y economía pasan inexorablemente por una respuesta conjunta. El camino de la autoafirmación a través de la exclusión y el nacionalismo populista no puede ser la salida: ya la transitamos, y nos condujo al desastre.

Es necesario que entendamos las causas del ascenso y el éxito de la retórica de los autócratas, y que se ofrezca una respuesta política a lo que ha provocado este malestar que la reacción explota tan eficazmente. La demonización de la extrema derecha (el viejo cordón sanitario o la respuesta moral del tipo “nosotros somos los auténticos demócratas”) se ha demostrado ineficaz. Por eso, desde las distintas sensibilidades políticas, conservadores, liberales y progresistas deberían ser capaces de presentar un proyecto que resulte atractivo a los ciudadanos, recuperando una relación positiva con el futuro. Se trata de un dilema que Europa comparte con la mayoría de las democracias del mundo, pero nuestra responsabilidad es, si cabe, mayor; al fin y al cabo, nuestra identidad se construyó desde la consideración de Europa como potencia normativa, proyectada como el bastión de los valores ilustrados. Es algo que hoy conviene recordar: la máxima expresión del orden democrático liberal en el mundo ha sido y es la integración europea, y debemos seguir luchando por preservarla.

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